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viernes, 24 de enero de 2014

EL FERRY (reposición)

“Si no cambias, cualquier día me iré en ese ferry para no volver jamás”, espetó Vera a su marido mientras planchaba un pantalón de él encima de la mesa de camilla. A través del ventanal del comedor, la mujer observaba en ese momento la estela blanca que dejaba la embarcación al abandonar la bahía de Santander. Él,  apuraba con grandes bocanadas un Ducados antes de apagarlo en el cenicero. Ante las palabras de ella, se incorporó del sofá y, acariciándole la espalda, optó por decirle “Pero qué tonterías. ¿Dónde vas a estar mejor que conmigo? Ya te dije esta mañana que no volvería a ocurrir. Te lo juro por lo más sagrado”, a la vez que acercaba dos dedos en cruz hasta sus labios para confirmar su juramento.
La noche anterior Fermín volvió a pegar a Vera.
Llegó ebrio, dando trompicones, con la bragueta mojada y maldiciendo su mala suerte. Ese día, 24 de junio de 1975, era el día del cobro en la compañía ferroviaria de vía estrecha donde trabajaba. Fermín era engrasador de vía y, cuando llegó el pagador a la dependencia, propuso tomar unos vinos y echar unas partidas a los demás después de su jornada. En el bar de Mingo, cercano a la estación, estuvieron bebiendo y jugando hasta avanzada la noche. Perdió casi dos mil pesetas de las doce mil que le dieron por su sueldo con los amigotes y compañeros. Pero tal vez lo que más le molestaba, era oír las burlas y risas de ellos  y de algún otro cliente que paraba por allí.

Mientras Vera, ajena a todo, disfrutaba de una estrellada noche de San Juan recreándose con el firmamento y llenando sus pulmones de la brisa fresca que llegaba del Cantábrico. A los pocos minutos se marchó a la cama relajada y tranquila donde entró en un profundo sueño. Sueño que se vio roto con la llegada ruidosa del hombre de la casa. Vera le conocía muy bien y no quiso importunarle. Por eso cuando él encendió la luz del dormitorio y, balbuceando, le dijo “¡me cago en Dios, he vuelto a perder!”, ella intentó consolarle con un “no pasa nada Fermín, acuéstate. Unas veces se gana y otras se pierde”. Le fue inútil. El hombre descargó su furia y su malestar en ella a puñetazos, llegándole a partir el labio de un manotazo. “No, no. No me pegues más, te lo suplico”, repetía Vera entre sollozos al tiempo que protegía la cabeza con sus brazos. Fermín, a sus cincuenta años, era un hombre corpulento, grande, del que era difícil de escapar a pesar de su embriaguez. Tras la descarga de varios golpes sobre ella, se quedó tumbado sobre la cama con la respiración entrecortada. Minutos después, Vera le oía roncar plácidamente. Fue entonces cuando, dolorida y magullada, se incorporó del rincón del cuarto donde había quedado maltrecha. Con paso lento caminó hasta el baño. Presenció en el espejo las mismas heridas de otras veces, las mismas marcas, idénticos moretones, iguales signos de violencia sobre su cuerpo a los que estaba ya tan acostumbrada a padecer. Aquella visión tan repetida hizo que rompiera a llorar desconsoladamente, que enrojecieran y se hincharan sus agrietados ojos verdes.
Pasado un tiempo se lavó la cara y se curó el labio partido. La cabeza parecía estallarle. Se tomó un Optalidón antes de volver con su agresor. Los dolores le impedían conciliar el sueño. Tal vez por eso, sus pensamientos hicieron que recordara el barco. El ferry que todas las tardes veía partir desde su ventana.
Sabía que dicha nave hacía la ruta Santander- Plymouth. Puede que aquella noche, según se decía un tanto mágica, provocase en Vera el firme propósito de escapar, de irse a Inglaterra. Su prima Carmina, conocedora de la situación, le insistía en sus cartas que se fuera con ella a Londres. Que le sería fácil encontrar trabajo de planchadora o de cocinera en algún hotel lujoso de la ciudad. También podría cuidar de alguna anciana dama de los barrios residenciales o simplemente trabajar en cualquier fábrica.
Pasaban las horas. Vera se imaginaba en la cubierta del ferry dejando atrás una vida de sinsabores y lamentos. Parecía sentir desde su lecho el mismo aire fresco y reconfortante que sentirían los ocupantes del barco al dejar la bahía. Con esa sensación placentera consiguió dormirse.
Por la mañana se despertó sobresaltada. Fermín continuaba roncando entre fuertes bufidos. Recordó que ese día a su marido le tocaba librar en el trabajo y dejó que continuara durmiendo. Le inquietaba saber que para viajar sola hasta Inglaterra necesitaba obtener el pasaporte con la autorización de su marido. Y eso tenía claro que no sería posible. Se levantó con los mismos dolores pero aún así, sacó fuerzas para aviar lo más pronto posible la casa. Se empolvó el rostro para tapar las huellas de la paliza e hizo algo de compra en el mercado de abastos. Después, fue a ver a su amiga Enriqueta. Tras contarle lo sucedido la pasada noche, le explicó el complicado plan que tenía en mente.
Sin perder tiempo fueron hasta el consulado inglés y la comisaría central, donde recabaron la información y las solicitudes necesarias. Vera explicó a los funcionarios con absoluta naturalidad que debía ir a Inglaterra para cuidar de una prima enferma que vivía en Londres. A media mañana las dos amigas rellenaban los impresos en la mesa de un kiosco de la playa de la Magdalena. Enriqueta imitó la firma de Fermín con muy buen resultado. Más tarde, brindaron con limonada para que todo saliera bien y se fundieron en un intenso abrazo. Quedaron en tramitar la documentación al día siguiente. Vera prefirió que su amiga se llevara los papeles a casa para evitar que se malograra el plan urdido.
Sería la una del mediodía cuando la ilusionada mujer entraba por la puerta de su casa. El marido continuaba en la cama. “Mejor. Así no tendré que darle explicaciones de dónde he estado”, meditó dibujando una sonrisa en su rostro. El resto del día entre los dos transcurrió de la siguiente manera:
Ella preparó una sopa de verduras y pollo al ajillo para comer. Él se levantó como si no hubiera pasado nada. Ella quitó las sábanas de la cama y las puso en remojo en la pila. Él se afeitó y se aseó. Juntos comieron en silencio. Ella recogió la mesa y la cocina. Él encendió el televisor. Ella le sirvió un café con un chorro de anís. Él se fumó un cigarrillo. Ella terminó de limpiar la cocina. Él vio el telediario. Ella cogió de las cuerdas la ropa tendida. Él continuó sentado en el sofá. Ella dobló la ropa para guardarla. Él volvió a fumar. Ella encendió la radio de la cocina. Él cogió un periódico atrasado y apagó el televisor. Ella fregó y guardó el vaso y la cucharilla del café de él. Él empezó un crucigrama del periódico. Ella zurció dos pares de calcetines. Él pegó una cabezada en el sofá. Ella escuchó su radionovela favorita. Él se despertó y volvió a fumar. Ella se puso a planchar en la mesa de camilla. Él volvió a encender el televisor. Ella vio el ferry por la ventana y continuó planchando. Él estiró los brazos para desentumecerse. Ella le dijo que si no cambiaba, cualquier día se iría en aquel ferry. Él se levantó del sofá para acariciarle la espalda. Ella continuó planchando. Él le contestó que dónde iba  a estar mejor que con él y le juró que no volvería a pegarle. Ella siguió con la mirada la marcha del ferry. Él cogió otro Ducados. Ella guardó la ropa planchada. Él se arregló para salir diciendo que volvería pronto. Ella fue cogiendo todo lo que él dejó por medio. Él paseó tranquilamente camino de un parque cercano. Ella lavó a mano las sábanas que dejó en remojo. Él se acercó a la zona donde unos conocidos jugaban a la petanca. Ella peló unas judías verdes y las puso a cocer. Él volvió a fumar mientras comentaba la partida de petanca. Ella limpió unas sardinas que eran para cenar. Él se despidió del grupo del parque y marchó hacia el barrio pesquero. Ella regó los geranios que adornaban su balcón. Él entró en una taberna de pescadores y se tomó un vino. Ella repasó las sábanas por si necesitaba meterlas en azulete. Él degustó su vino a la vez que fumaba de nuevo. Ella optó por tender las sábanas. Él miró el reloj y pensó en volver a casa. Ella se volvió a curar el labio. El cogió el camino de vuelta sin demasiada prisa. Ella intentó descansar un rato en el sofá acompañada del televisor. Él apareció a los pocos minutos. Ella se sorprendió que llegase tan pronto. Él comentó que quería cenar, que el paseo le había dado apetito. Ella volvió a la cocina y dispuso la mesa. Él se sentó en su sillón para descansar mientras esperaba la cena. Ella le sirvió las judías verdes y le indicó que ya estaban puestas en la mesa. Él se acomodó frente al plato y comenzó a comer. Ella, mientras, frió las sardinas. Él terminaba la verdura cuando ella se sentó a la mesa. Él casi se come todas las sardinas, luego le pidió una manzana. Ella se levantó y le trajo varias para que escogiera. Él se llevó la manzana al sillón para seguir viendo la televisión. Ella terminó de cenar poco después y recogió la mesa. Él reía con una película de Cantinflas. Ella fregaba en la cocina. Él fumaba relajado. Ella se acordaba del ferry. Él estaba atento a la película. Ella sonreía viéndose en la cubierta del barco. Él le pidió que viera con él la película. Ella se sentó en su sitio del sofá. Los dos reían ante el televisor por motivos diferentes.
Al terminar la película se fueron a la cama. Fermín le insinuó hacer algo antes de dormirse. Vera se negó a sus intenciones porque todavía sentía los dolores de los golpes recibidos la noche anterior. Él pareció conformarse, tal vez compadecerse, y se dio media vuelta dándole la espalda.
Vera cayó en ese momento en la cuenta de que había sido mejor no haber podido darle hijos. Aunque nunca se demostró la fertilidad de él. No podía soportar la idea que también hubieran sufrido los maltratos de ese padre. Después su cansancio hizo que se durmiera, no sin antes rezar sus oraciones de todas las noches.
Fermín madrugó para irse al trabajo. Horas después, como acordaron, Enriqueta y ella entregaron la documentación requerida. Todo siguió su curso normal. Volvieron a recordarles que el pasaporte tardaría algo más de un mes en poder recogerse. Vera calculó que para primeros de agosto podría irse. Era cuestión de esperar un poco más.
A finales de julio tenía el pasaporte en sus manos. Volvió a pedirle a su amiga que se lo guardara para no ser descubierto por Fermín. A sus cuarenta y nueve años se la veía más entusiasmada que nunca, dispuesta a cambiar el destino de su vida. Del fondo de una lata metálica de Cola Cao sacó una bolsa de plástico que contenía algunos billetes. Era todo lo que había podido ahorrar en varios años sisando de aquí y de allá. Cerca de veinticinco mil pesetas estaban escondidas bajo el cacao de aquella lata esperando a salir y circular  libremente por el mundo. En eso se parecían a su dueña.
Vera volvió a esconder el dinero y se ocupó, como siempre, de las tareas del hogar. Primero la limpieza, luego la comida, después… Ensimismada en sus labores se reconfortaba pensando en la carta que escribiría  a su prima comunicándole su inminente partida. Debería escribirle antes que él volviera. Por la tarde iría con Enriqueta a la estación marítima para sacar el pasaje del ferry. Se marcharía a primeros de agosto.
No le fue posible. Su marido apareció por casa antes de lo habitual; bebido, apestando a vino y tabaco. Faltó al trabajo y jugó a las cartas perdiendo de nuevo. A ella sólo le dio tiempo a decir “¿qué haces aquí?”, antes de que él descargara sobre ella toda su ira; golpeándole en la cabeza con el atizador de la cocina de carbón mientras le gritaba “¡te importa tres cojones lo que yo haga y cuándo venga!”.
Una fractura en el cráneo, dos costillas rotas a puñetazos, varios hematomas por todo el cuerpo y diversas heridas fueron el resultado del mayor ataque violento provocado por Fermín. Ella estuvo convaleciente y postrada  en el hospital hasta mediados de septiembre. Él tan sólo estuvo quince días en el calabozo por aquella agresión.
EPÍLOGO:

Aunque  Santander este año ha sido más caluroso que de costumbre, la época estival va llegando a su fin. El sol se esconde antes y los días, lentamente, van siendo más cortos. Ya es habitual ver a decenas de bandadas de aves cruzar el cielo de norte a sur, en busca de tierras más cálidas.
Vera, al levantarse de la siesta, camina hasta la cocina con paso inseguro, arrastrando las piernas. Tras beber un poco de agua, se coloca las gafas y se acerca hasta el calendario que hay colgado en la pared. Sabe en el día en que está porque aún no lo tiene tachado en el almanaque. Comprueba que es viernes, 22 de septiembre de 2006. Después vuelve a su cuarto y se viste para salir. Sobre las seis vendrá Pilar, la cuidadora social, para prestarle el servicio diario. Prefiere que hoy no haga nada en la casa y ocupe su tiempo en dar un paseo con ella. Prefiere que la lleve hasta el muelle. Quiere ver cómo zarpan los barcos.
Los barcos.
Son las seis y media de la tarde  del último día del verano. Una mujer anciana solloza viendo partir un ferry que se aleja en lontananza.

 © Ceferino Otálora (Mos).
Enero de 2007
Imágenes tomadas de Internet.

30 comentarios:

Mos dijo...

Bienvenidos a la orilla, queridos amigos.
He rescatado este relato dramático que colgué en el blog en enero de 2012. Lo he hecho porque me ha impresionado saber que fue visto (no comentado), por 3432 visitantes y eso se merece un rescate, salir a la superficie.
Siento no poder pasar tan a menudo por vuestros blogs. El trabajo y otras ocupaciones me impiden cuanto quisiera. Poco a poco iré pululando por ellos, seguro que sí.
Un abrazo grande de Mos.
PD: Parece ser que hay un duende virtual que me ha tenido jugueteando con mi blog más de una hora.

Mos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
maria del carmen nazer dijo...

Hola Mos !! Pensar que esto que has escrito existe y más de lo que uno imagina.Siempre digo y repito : la mujer no debe soportar ni permitir ningún tipo de maltrato, ni un grito. No sé . No entiendo. Mira cómo terminó la pobre Vera ¿cómo es posible que sigan cerca de una bestia como esta, ¡es un horror !
Cuando hay hijos, seguramente es más difícil pero Vera estaba sola.
Mira, me da tanta rabia que pasen estas cosas. Hasta me creo y todo y me parece ver a la pobre Vera y al monstruo del marido. Eso pasa porque está bien escrito. Te identificás con el personaje . Yo hasta veía pasar el ferry.
¡Espantosamente cruel .
Te dejo un puñado de besos azules.
Que tengas un lindo fin de semana con descanso reparador incluído, querido gitano.

Antorelo dijo...

Excelente relato lleno de dramatismo. Ha merecido la pena el rescate.
Un abrazo

Rafa Hernández dijo...

Lo leí en su momento Mos, y has hecho muy bien en reponerlo porque se trata de un relato muy bueno. La prueba como dices, el número que tuviste de visitas. Sí, se ve que hay problemas con esto de Internete. Un abrazo y que pases buen fin de semana.

Fanny Sinrima dijo...

Mos, ¡¡¡impresionante relato!!!Bien escrito,tus palabras se clavan en el alma porque son un vivo retrato de muchos hogares en los que la mujer sufre maltrato.
Muy buena esa relación minuto a minuto de lo que hace cada uno; está perfectamente descrito.
Te felicito por tu sensibilidad sobre esta lacra social, y, como mujer, agradezco este escrito.
Un abrazo.

India Rebelde dijo...

Una entrada muy dolorosa de leer... y muy triste saber que es la entrada mas visitada de tu blog... eso me dice que son muchas las personas que intentar buscar alivio, solucion o respuesta a algun problema similar al del relato, maltrato de genero...

Yo, en mi pais, en mi pueblo y en la industria donde laboro, cordino un frente de mujeres, conozco perfectamente el problema, no por experiencia propia, pero si ajena... y es muy triste, pero mas triste saber, es que hayan mujeres que no tengan la suficiente fuerza para terminar esa relacion dañina, tanto para ella como para sus hijos...

De alguna menera hay que ayudar al que sufre... solidarizandose con estos casos, es una muy biena manera...

Besos Mos... me voy triste.

Gizela dijo...

Qué historia Mos!!
La historia triste de tantas mujeres.
La has narrado maravillosamente y has logrado que esta ficción, tan verdad en demasiadas, muerda alma
Te leo y me siento muy afortunada...
Nada en la vida, ni las más penosas circunstancias, rompen cuerpo y alma en mujeres, como el convivir con un animal, que ejerza su violencia cobarde, sobre ellas.
Y pasan los años...y esta lacra, no disminuye...

Besosss amigo y lindo finde.

TriniReina dijo...

Hay relatos o textos o poemas que merecen ser rescatados del fondo del blog. Éste es uno de ellos. Aunque tras releerlo nos deje un dolor en el alma. L@s hay quiénes nunca se van...

Abrazos

Juan L. Trujillo dijo...

Por lo que a mí respecta ha merecido la pena el "remake" de esta narración.
Hay mucho dolor y mucha ternura en es "ritornello" de El y Ella. Te en gancha y te lleva hasta un final triste pero poético.
Un abrazo.

M.JOSE dijo...

Aún me acuerdo de éste relato Mos y me ha vuelto a sobrecoger.En él reflejas la cruda realidad que muchas mujeres aún hoy, en el siglo XXI, siguen viviendo. Que éste relato sirva para que las leyes cambien y el maltratador pague con creces todo el mal que ocasiona. Un abrazo desde Esquivias.

Innombrable dijo...

Textos xomo este vale la pena reponerlos. Tristemente estan vigentes siempre. La violencia familiar es un tema al que no debemos ser pasivos.
un abrazo amigo y como siempre un placer leerte.
carlos

Tramos Romero dijo...



Deje el comentario se esfumo, prefiero repetirme que no dejar ninguno.

Relato de realidad cruda, sin más mentiras que las suficientes que ya narras y ese final como la vida misma, cuantos Ferrys existen para aplazar...

Besos muchos ♥♥

María dijo...

Siempre está bien ¿por qué no? sacar del cajón de los recuerdos un relato como éste.

Un beso.

Marinel dijo...

Es una historia tan aterradora como la misma verdad, como esa cruda realidad en la que pasan estas horribles cosas sin que se mueva nada, sin que las leyes se muevan a favor de estas mujeres devastadas por insurrectos despreciables.
Me revienta que estos relatos siempre acaban mal para la mujer golpeada, vituperada, defenestrada por esos hijos de p...
Besos.

Maruja dijo...

Es muy triste pero real por desgracia. Un saludo y feliz domingo.

moderato_Dos_josef dijo...

Un relato apabullante, tremendo y tan real... que me sobrepasa en tristeza...
Por eso lo considero genial.Y bueno! Prácticamente todos tus relatos lo son Mos. Porque tienen un toque que los dietingue claramente: el de tu estilo propio.

Un abrazo.

Pedro Luis López Pérez (PL.LP) dijo...

Impresionante Relato, desgraciadamente, aún sigue siendo Noticia y Real.
Anacrónico, troglodita, Inhumano,Visceral, Sin Alma...Individuos llegados desde las Cavernas más Ancestrales.
Yo hice una Poesía, hace unos días similar...Como se dice en Asturias "Da Noxo"(Da asco esas aptitudes de degenerados Agresores Asesinos descerebrados Cro-Magnones.
Un Relato excelente.
Abrazos, Mos.

Luisa dijo...

Hola, Mos.

Estupenda idea rescatar este relato. ;)

Parece que no, pero los trolecillos cibernéticos existen y nos hacen perder el tiempo trasteando en los blog cosa mala.

A ver si nos vemos pronto, compi. Cuídate tú también.

Un besote.

Narci M. Ventanas dijo...

A pesar de haberlo leído en otra ocasión sigue resultándome impactante y terrible, sobre todo por lo que tiene de cotidiano y real.

Besos

Mª Jesús Muñoz dijo...

Mos,no había leído tu relato anteriormente...Lo hiciste real,creible y con una crítica solidaria e interna, que nos llega a todos...A veces es difícil tomar decisiones, pero la vida se escapa en un "FERRARI" y va dando sus toques cada día...Ojalá l@s víctimas sean conscientes de su realidad y de la importancia de tomar decisiones...Mi felicitación y mi abrazo inmenso por tu buen hacer,compañero de letras.
M.Jesús

José Manuel dijo...

Un impresionante relato tan cercano a la cruda realidad, que después de leerlo sientes que entre la prehistoria y el siglo XXI parece que no haya pasado el tiempo.

Un abrazo

Resu dijo...

Hola compy, has hecho un buen rescate. A pesar del tiempo transcurrido parece que lo escribieras ayer; tal vez porque es algo tan cotidiano que desgraciadamente no pasa el tiempo por esa situación. Es más habitual de lo que quisiéramos que fuera.
Los monstruos siguen pululando por ahí sin ningún tipo de justicia.
Es una de las lacras que tiene el mundo civilizado, o tal vez deberíamos decir incivilizado.
Besos miles.

Un Colibrí Viajero dijo...

Un honor descubrir su hogar de letras y quedarse como observadora en la lectura muy atrapante, mis humildes felicitaciones, cordial saludo.

Kasioles dijo...

Ha sido un placer venir hoy a tu espacio y leer algo que me ha mantenido en tensión hasta el final.
Según iba leyendo, inconscientemente pedía que se le lograse el escapar, pero al final he comprobado la triste realidad en que suelen acabar todos los maltratos, muchas mujeres no llegan a contarlo, pero otras, como tu protagonista....
Te dejo mis felicitaciones y mis cariños en un abrazo.
Kasioles

Belén Rodríguez dijo...

Terrible historia la que has imaginado. Más terrible aún cuando la realidad la supera con creces.
Has hecho bien en rescatarla. De alguna manera, todas y cada una de las manifestaciones que se hagan desde nuestros espacios, servirán para avivar las conciencias y para denunciar esta lacra que no tiene fin.
Un abrazo.

Tesa Medina dijo...

Me sigue impactando, Mos, y lo seguirá haciendo porque no es ficción. Conozco historias reales todavía más dramáticas, más crueles, más increíbles en nuestro mundo que nos empeñamos en denominar civilizado.


Hoy no hubiera necesitado el permiso de nadie para marcharse en el ferry, ni siquiera el pasaporte.

Pero en 2013 hubo sólo en España 62 mujeres asesinadas por violencia de género, 50 de ellas por sus parejas: "la maté poque era mía"

Un relato estremecedor y muy bien narrado, Mos.

Un abrazo,

fus dijo...

Es un relato que trasmite la realidad cotidiana de muchos hogares, pero me indigna que este relato siga siendo tan actual, como lo fuè en al año 2012, hasta cuando estaremos padeciendo esta intolerancia maldita.

un fuerte abrazo Mos.

fus

AMBAR dijo...

Hola Mos.
Leer una historia como esta, daña los sentidos, tanto el abuso físico como el sicológico, es un terrible comportamiento de la raza humana, te seguro que se me ha escapado una lagrimota, no lo he podido evitar.
Hace 50 años recuerdo que las mujeres necesitaban permiso del padre o del marido para conseguir pasaporte y permiso para viajar al extranjero, tal vez eso era un añadido a sus limitaciones, no sé cuándo llegará el tiempo en el que el ser humano sepa controlar sus malos hábitos y más cuando son un peligro y amenaza para sus semejantes.
Empieza uno a leer y se mete en la historia como si estuviera dentro de esa casa viendo todo lo que con tanto detalle nos relatas.
Muy triste y muy real, paso del blog de Kasioles y con tu permiso me quedo.
Un abrazo.
Ambar

Albada2 dijo...

Es el día a día de muchas mujeres, por desgracia. Por lo que leído en presente no pierde ni un punto, entre tus puntos.
Todo el rosario es un alegato a romper ese tiempo desacompasado.

..."Él se acomodó frente al plato y comenzó a comer. Ella, mientras, frió las sardinas. Él terminaba la verdura cuando ella se sentó a la mesa."...

Un sludo.