VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

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lunes, 29 de diciembre de 2014

UN LATIDO PARA NAYRA



" Si das la luz para encender la vida  de tu hermano, en ti brillará más esplendorosa."
ALBERT SCHWEITZER (1875-1965). Médico, filósofo, teólogo y músico alemán. Premio Nobel de la Paz en 1952.

Nayra es una niña de cuatro años con una cardiopatía congénita muy difícil de tratar aquí, en España. Hasta su nombre es complicado: Tetralogía de Fallot con atresia pulmonar y Macap. Ello implica que la niña poco a poco vaya perdiendo calidad de vida y apagándose lentamente cuando el corazón no suministre la sangre correctamente al resto de órganos vitales.
Nayra vive en Valencia junto a su hermano y sus padres. Ellos no tienen los recursos suficientes para contar con los 700.000 euros necesarios para el tratamiento y la estancia en los Estados Unidos donde un equipo de cirujanos expertos en dicha cardiopatía les han dado muchas esperanzas de éxito con Nayra.
Os invito a visitar cualquiera de las páginas abiertas para esta causa y recabar información más exacta del día a día de esta niña.
Queridos amigos blogueros, creo que estamos aquí para ayudarnos unos a otros, para dar, para darnos, para repartir esperanza, generosidad, para acercarnos y darnos la mano, para ser solidarios. Por eso cuando vi por televisión el caso de esta niña creí oportuno colaborar y apoyar su causa.
Que Nayra siga latiendo entre todos.

Banco Santander IBAN ES51 0049 2429 44 2394230644

lunes, 24 de febrero de 2014

HASTA QUE NOS VOLVAMOS A VER


Queridos amigos y visitantes: Me alejo de esta orilla  por un tiempo ilimitado. Me tomo un descanso largo para atender varios asuntos personales y familiares que me requieren y que no puedo obviar.
Pero volveré; y lo haré con más fuerza, con cambios en el blog y con más palabras hechas relato y poesía.
Desde aquí agradeceros vuestra presencia, vuestros comentarios y vuestro interés en acercaros hasta este sencillo blog que, desde hace más de cuatro años, lleva impresa la huella de mis letras y mi forma de ser.
Me llevo un gran recuerdo de muchos de vosotros y la satisfacción de haber conocido gente muy interesante que, seguro, volveré a encontrar en cualquier lugar y en cualquier momento. Seguiré visitando vuestros espacios para enriquecerme con vuestro talento y saber hacer.
Desde este punto y aparte os doy el abrazo más sincero a cada uno de vosotros.
Mos.


martes, 11 de febrero de 2014

PALABRA (7 DE 52 PALABRAS DE SINDEL)



7 CITAS SOBRE LA PALABRA:

1) "Una palabra hiere más profundamente que una  espada"
     ROBERT BURTON (1577-1640). Humanista inglés.

2) "Faltan palabras a la lengua para los sentimientos 
      del alma"
     JUAN E. NIEREMBERG (1595-1658). Jesuita español.

3) "El fruto de cada palabra vuelve a quien la ha  pronunciado"
     ABI SHAKUR (siglo X). Poeta persa.

4) "De todas las palabras que se pueden decir con la lengua o con la pluma, las más tristes son éstas:
     -hubiera podido ser distinto-"
      JOSEPH HELLER (1923-1999). Escritor americano.

5) "Hay palabras que sólo deberían servir una vez"
     FRANÇOIS R. CHATEAUBRIAND (1768-1848).
     Escritor, traductor y político francés.

6) "Muchas palabras han recorrido un largo camino a
      pie antes de conseguir sus alas"
     MARIE VON EBNER-ESCHENBACH (1830-1946).
     Escritora austriaca.

7) "La palabra dicha no sabe volverse atrás"
     HORACIO (65-8 a.C.). Poeta latino.

viernes, 31 de enero de 2014

FELICIDAD (5 DE 52 PALABRAS DE SINDEL)



FELICIDAD (Acróstico)

Fugaz momento que, a veces, viaja de incógnito con nosotros.
Error, craso error, considerarla un privilegio inalcanzable.
Luz radiante que difumina todas nuestras sombras.
Irrenunciable derecho que hay que defender cada día.
Cada hora que llenamos con proyectos, sueños y logros.
Instantes únicos, pequeñas alegrías cotidianas, una sensación.
Dicha del que ama a alguien con generosidad y altruismo.
Algo que aleja los sinsabores vividos y nos hace olvidarlos.
Desgraciado aquel que no sepa buscarte, felicidad.


© Ceferino Otálora (Mos)

viernes, 24 de enero de 2014

EL FERRY (reposición)

“Si no cambias, cualquier día me iré en ese ferry para no volver jamás”, espetó Vera a su marido mientras planchaba un pantalón de él encima de la mesa de camilla. A través del ventanal del comedor, la mujer observaba en ese momento la estela blanca que dejaba la embarcación al abandonar la bahía de Santander. Él,  apuraba con grandes bocanadas un Ducados antes de apagarlo en el cenicero. Ante las palabras de ella, se incorporó del sofá y, acariciándole la espalda, optó por decirle “Pero qué tonterías. ¿Dónde vas a estar mejor que conmigo? Ya te dije esta mañana que no volvería a ocurrir. Te lo juro por lo más sagrado”, a la vez que acercaba dos dedos en cruz hasta sus labios para confirmar su juramento.
La noche anterior Fermín volvió a pegar a Vera.
Llegó ebrio, dando trompicones, con la bragueta mojada y maldiciendo su mala suerte. Ese día, 24 de junio de 1975, era el día del cobro en la compañía ferroviaria de vía estrecha donde trabajaba. Fermín era engrasador de vía y, cuando llegó el pagador a la dependencia, propuso tomar unos vinos y echar unas partidas a los demás después de su jornada. En el bar de Mingo, cercano a la estación, estuvieron bebiendo y jugando hasta avanzada la noche. Perdió casi dos mil pesetas de las doce mil que le dieron por su sueldo con los amigotes y compañeros. Pero tal vez lo que más le molestaba, era oír las burlas y risas de ellos  y de algún otro cliente que paraba por allí.

Mientras Vera, ajena a todo, disfrutaba de una estrellada noche de San Juan recreándose con el firmamento y llenando sus pulmones de la brisa fresca que llegaba del Cantábrico. A los pocos minutos se marchó a la cama relajada y tranquila donde entró en un profundo sueño. Sueño que se vio roto con la llegada ruidosa del hombre de la casa. Vera le conocía muy bien y no quiso importunarle. Por eso cuando él encendió la luz del dormitorio y, balbuceando, le dijo “¡me cago en Dios, he vuelto a perder!”, ella intentó consolarle con un “no pasa nada Fermín, acuéstate. Unas veces se gana y otras se pierde”. Le fue inútil. El hombre descargó su furia y su malestar en ella a puñetazos, llegándole a partir el labio de un manotazo. “No, no. No me pegues más, te lo suplico”, repetía Vera entre sollozos al tiempo que protegía la cabeza con sus brazos. Fermín, a sus cincuenta años, era un hombre corpulento, grande, del que era difícil de escapar a pesar de su embriaguez. Tras la descarga de varios golpes sobre ella, se quedó tumbado sobre la cama con la respiración entrecortada. Minutos después, Vera le oía roncar plácidamente. Fue entonces cuando, dolorida y magullada, se incorporó del rincón del cuarto donde había quedado maltrecha. Con paso lento caminó hasta el baño. Presenció en el espejo las mismas heridas de otras veces, las mismas marcas, idénticos moretones, iguales signos de violencia sobre su cuerpo a los que estaba ya tan acostumbrada a padecer. Aquella visión tan repetida hizo que rompiera a llorar desconsoladamente, que enrojecieran y se hincharan sus agrietados ojos verdes.
Pasado un tiempo se lavó la cara y se curó el labio partido. La cabeza parecía estallarle. Se tomó un Optalidón antes de volver con su agresor. Los dolores le impedían conciliar el sueño. Tal vez por eso, sus pensamientos hicieron que recordara el barco. El ferry que todas las tardes veía partir desde su ventana.
Sabía que dicha nave hacía la ruta Santander- Plymouth. Puede que aquella noche, según se decía un tanto mágica, provocase en Vera el firme propósito de escapar, de irse a Inglaterra. Su prima Carmina, conocedora de la situación, le insistía en sus cartas que se fuera con ella a Londres. Que le sería fácil encontrar trabajo de planchadora o de cocinera en algún hotel lujoso de la ciudad. También podría cuidar de alguna anciana dama de los barrios residenciales o simplemente trabajar en cualquier fábrica.
Pasaban las horas. Vera se imaginaba en la cubierta del ferry dejando atrás una vida de sinsabores y lamentos. Parecía sentir desde su lecho el mismo aire fresco y reconfortante que sentirían los ocupantes del barco al dejar la bahía. Con esa sensación placentera consiguió dormirse.
Por la mañana se despertó sobresaltada. Fermín continuaba roncando entre fuertes bufidos. Recordó que ese día a su marido le tocaba librar en el trabajo y dejó que continuara durmiendo. Le inquietaba saber que para viajar sola hasta Inglaterra necesitaba obtener el pasaporte con la autorización de su marido. Y eso tenía claro que no sería posible. Se levantó con los mismos dolores pero aún así, sacó fuerzas para aviar lo más pronto posible la casa. Se empolvó el rostro para tapar las huellas de la paliza e hizo algo de compra en el mercado de abastos. Después, fue a ver a su amiga Enriqueta. Tras contarle lo sucedido la pasada noche, le explicó el complicado plan que tenía en mente.
Sin perder tiempo fueron hasta el consulado inglés y la comisaría central, donde recabaron la información y las solicitudes necesarias. Vera explicó a los funcionarios con absoluta naturalidad que debía ir a Inglaterra para cuidar de una prima enferma que vivía en Londres. A media mañana las dos amigas rellenaban los impresos en la mesa de un kiosco de la playa de la Magdalena. Enriqueta imitó la firma de Fermín con muy buen resultado. Más tarde, brindaron con limonada para que todo saliera bien y se fundieron en un intenso abrazo. Quedaron en tramitar la documentación al día siguiente. Vera prefirió que su amiga se llevara los papeles a casa para evitar que se malograra el plan urdido.
Sería la una del mediodía cuando la ilusionada mujer entraba por la puerta de su casa. El marido continuaba en la cama. “Mejor. Así no tendré que darle explicaciones de dónde he estado”, meditó dibujando una sonrisa en su rostro. El resto del día entre los dos transcurrió de la siguiente manera:
Ella preparó una sopa de verduras y pollo al ajillo para comer. Él se levantó como si no hubiera pasado nada. Ella quitó las sábanas de la cama y las puso en remojo en la pila. Él se afeitó y se aseó. Juntos comieron en silencio. Ella recogió la mesa y la cocina. Él encendió el televisor. Ella le sirvió un café con un chorro de anís. Él se fumó un cigarrillo. Ella terminó de limpiar la cocina. Él vio el telediario. Ella cogió de las cuerdas la ropa tendida. Él continuó sentado en el sofá. Ella dobló la ropa para guardarla. Él volvió a fumar. Ella encendió la radio de la cocina. Él cogió un periódico atrasado y apagó el televisor. Ella fregó y guardó el vaso y la cucharilla del café de él. Él empezó un crucigrama del periódico. Ella zurció dos pares de calcetines. Él pegó una cabezada en el sofá. Ella escuchó su radionovela favorita. Él se despertó y volvió a fumar. Ella se puso a planchar en la mesa de camilla. Él volvió a encender el televisor. Ella vio el ferry por la ventana y continuó planchando. Él estiró los brazos para desentumecerse. Ella le dijo que si no cambiaba, cualquier día se iría en aquel ferry. Él se levantó del sofá para acariciarle la espalda. Ella continuó planchando. Él le contestó que dónde iba  a estar mejor que con él y le juró que no volvería a pegarle. Ella siguió con la mirada la marcha del ferry. Él cogió otro Ducados. Ella guardó la ropa planchada. Él se arregló para salir diciendo que volvería pronto. Ella fue cogiendo todo lo que él dejó por medio. Él paseó tranquilamente camino de un parque cercano. Ella lavó a mano las sábanas que dejó en remojo. Él se acercó a la zona donde unos conocidos jugaban a la petanca. Ella peló unas judías verdes y las puso a cocer. Él volvió a fumar mientras comentaba la partida de petanca. Ella limpió unas sardinas que eran para cenar. Él se despidió del grupo del parque y marchó hacia el barrio pesquero. Ella regó los geranios que adornaban su balcón. Él entró en una taberna de pescadores y se tomó un vino. Ella repasó las sábanas por si necesitaba meterlas en azulete. Él degustó su vino a la vez que fumaba de nuevo. Ella optó por tender las sábanas. Él miró el reloj y pensó en volver a casa. Ella se volvió a curar el labio. El cogió el camino de vuelta sin demasiada prisa. Ella intentó descansar un rato en el sofá acompañada del televisor. Él apareció a los pocos minutos. Ella se sorprendió que llegase tan pronto. Él comentó que quería cenar, que el paseo le había dado apetito. Ella volvió a la cocina y dispuso la mesa. Él se sentó en su sillón para descansar mientras esperaba la cena. Ella le sirvió las judías verdes y le indicó que ya estaban puestas en la mesa. Él se acomodó frente al plato y comenzó a comer. Ella, mientras, frió las sardinas. Él terminaba la verdura cuando ella se sentó a la mesa. Él casi se come todas las sardinas, luego le pidió una manzana. Ella se levantó y le trajo varias para que escogiera. Él se llevó la manzana al sillón para seguir viendo la televisión. Ella terminó de cenar poco después y recogió la mesa. Él reía con una película de Cantinflas. Ella fregaba en la cocina. Él fumaba relajado. Ella se acordaba del ferry. Él estaba atento a la película. Ella sonreía viéndose en la cubierta del barco. Él le pidió que viera con él la película. Ella se sentó en su sitio del sofá. Los dos reían ante el televisor por motivos diferentes.
Al terminar la película se fueron a la cama. Fermín le insinuó hacer algo antes de dormirse. Vera se negó a sus intenciones porque todavía sentía los dolores de los golpes recibidos la noche anterior. Él pareció conformarse, tal vez compadecerse, y se dio media vuelta dándole la espalda.
Vera cayó en ese momento en la cuenta de que había sido mejor no haber podido darle hijos. Aunque nunca se demostró la fertilidad de él. No podía soportar la idea que también hubieran sufrido los maltratos de ese padre. Después su cansancio hizo que se durmiera, no sin antes rezar sus oraciones de todas las noches.
Fermín madrugó para irse al trabajo. Horas después, como acordaron, Enriqueta y ella entregaron la documentación requerida. Todo siguió su curso normal. Volvieron a recordarles que el pasaporte tardaría algo más de un mes en poder recogerse. Vera calculó que para primeros de agosto podría irse. Era cuestión de esperar un poco más.
A finales de julio tenía el pasaporte en sus manos. Volvió a pedirle a su amiga que se lo guardara para no ser descubierto por Fermín. A sus cuarenta y nueve años se la veía más entusiasmada que nunca, dispuesta a cambiar el destino de su vida. Del fondo de una lata metálica de Cola Cao sacó una bolsa de plástico que contenía algunos billetes. Era todo lo que había podido ahorrar en varios años sisando de aquí y de allá. Cerca de veinticinco mil pesetas estaban escondidas bajo el cacao de aquella lata esperando a salir y circular  libremente por el mundo. En eso se parecían a su dueña.
Vera volvió a esconder el dinero y se ocupó, como siempre, de las tareas del hogar. Primero la limpieza, luego la comida, después… Ensimismada en sus labores se reconfortaba pensando en la carta que escribiría  a su prima comunicándole su inminente partida. Debería escribirle antes que él volviera. Por la tarde iría con Enriqueta a la estación marítima para sacar el pasaje del ferry. Se marcharía a primeros de agosto.
No le fue posible. Su marido apareció por casa antes de lo habitual; bebido, apestando a vino y tabaco. Faltó al trabajo y jugó a las cartas perdiendo de nuevo. A ella sólo le dio tiempo a decir “¿qué haces aquí?”, antes de que él descargara sobre ella toda su ira; golpeándole en la cabeza con el atizador de la cocina de carbón mientras le gritaba “¡te importa tres cojones lo que yo haga y cuándo venga!”.
Una fractura en el cráneo, dos costillas rotas a puñetazos, varios hematomas por todo el cuerpo y diversas heridas fueron el resultado del mayor ataque violento provocado por Fermín. Ella estuvo convaleciente y postrada  en el hospital hasta mediados de septiembre. Él tan sólo estuvo quince días en el calabozo por aquella agresión.
EPÍLOGO:

Aunque  Santander este año ha sido más caluroso que de costumbre, la época estival va llegando a su fin. El sol se esconde antes y los días, lentamente, van siendo más cortos. Ya es habitual ver a decenas de bandadas de aves cruzar el cielo de norte a sur, en busca de tierras más cálidas.
Vera, al levantarse de la siesta, camina hasta la cocina con paso inseguro, arrastrando las piernas. Tras beber un poco de agua, se coloca las gafas y se acerca hasta el calendario que hay colgado en la pared. Sabe en el día en que está porque aún no lo tiene tachado en el almanaque. Comprueba que es viernes, 22 de septiembre de 2006. Después vuelve a su cuarto y se viste para salir. Sobre las seis vendrá Pilar, la cuidadora social, para prestarle el servicio diario. Prefiere que hoy no haga nada en la casa y ocupe su tiempo en dar un paseo con ella. Prefiere que la lleve hasta el muelle. Quiere ver cómo zarpan los barcos.
Los barcos.
Son las seis y media de la tarde  del último día del verano. Una mujer anciana solloza viendo partir un ferry que se aleja en lontananza.

 © Ceferino Otálora (Mos).
Enero de 2007
Imágenes tomadas de Internet.

martes, 14 de enero de 2014

FUTURO (3 DE 52 PALABRAS DE SINDEL)



                                          FUTURO
                                          Yo escribiré una gran novela.
                                          Tú prepararás una suculenta tarta.
                                          Él pintará un enorme mural.
                                          Ella ayudará a los desfavorecidos.
                                          Nosotros viajaremos por el mundo.
                                          Vosotros investigaréis el cáncer.
                                          Ellos lucharán por sus ideales.
                                          Por qué
                                          confiarnos
                                          tanto en el mañana
                                          cuando
                                          lo único real
                                          es el presente.

                                         © Ceferino Otálora (Mos)
                                         Imagen tomada de internet

martes, 7 de enero de 2014

CIELO (2 DE 52 PALABRAS DE SINDEL)



CIELO
El cielo despunta en tu rostro
 cada mañana.
Apacible y claro.
 Sin tormentas ni borrascas.
Y yo, nubarrón de otoño,
disuelvo mis grises
 entre sus azules.

© Ceferino Otálora (Mos)
Imagen tomada de internet.

sábado, 4 de enero de 2014

LAS CARTAS DE MARÍA DEL CARMEN NAZER Y JUAN LÓPEZ TRUJILLO



He escogido la carta de MARÍA DEL CARMEN NAZER por la sensibilidad que desprende, la dulzura de alma de su autora, por esa  emotividad que a todos nos llega, la belleza poética que emplea en cada palabra, la sencillez con que nos transporta a la niñez. Por ese AMOR con mayúsculas que perfuma cada renglón de su carta desde la madurez de su autora.
Gracias, María del Carmen, por hacerme sentir tu magia.



Queridos Reyes Magos:
 Siempre que recuerdo lo hago a través de la desmesura de mis emociones, pero hoy mis recuerdos tienen el sabor de la infancia y  sueños con alas para que se abracen a mis añoranzas.
Yo soy aquella niñita de cabellos ambarinos y ojos del color de la ambrosía quemada que tejía cada año su propia novela con Ustedes. Nobleza obliga. Debo decir que fueron harto generosos conmigo, hasta diría que exageradamente pródigos. Hoy, pasada la friolera de setenta y un años 
voy de un recuerdo a otro y compruebo que Ustedes cubren un amplio retazo de mi historia, repetida en mis hijos y luego en mis nietos. Esa maravillosa sensación de esperar el regalo de Reyes toda una noche, con el corazón en un puño, vuelve a repetirse a lo largo de la vida , con alguien
como yo, que cree en los sueños y sigue jugando con las palabras inventando realidades, llevada por la fantasía… Me da mucha ternura recordar las noches que pasaban por mi casa y colocaban cerca de mis nuevecitas guillerminas lo que sea que me traían y que yo había pedido en una cartita, escrita trabajosamente a partir de los cinco añitos, una cartita untada de ingenuidad. Hoy vuelvo a escribirles para pedirles algo que nunca me trajeron o quizás, nunca me atreví a decir,...¿ podrían hacer que mi mamá venga de donde sea que esté, para que una noche, una sola, antes de dormir me arrope y me cuente un cuento? Un cuento de hadas y princesas. Un cuento de luces.
Porque... ¿saben... queridos Reyes?, a estas alturas después de tantas lágrimas, ya tengo urgencias de cielo y me gustaría emprender el viaje definitivo con el deseo cumplido y las cuentas a mi favor.
Me despido como me enseñaron a hacerlo en aquellas viejas cartitas.
Saludo a ustedes muy atentamente.
María del Carmen Nazer.


He escogido la carta de JUAN LÓPEZ TRUJILLO por su brillantez lingüística, la humanidad que desprende entre sus párrafos, las reivindicaciones que exige, la sensibilidad que emana en el trasfondo de la historia que cuenta, por esa mezcla perfecta de realismo mágico y la más absoluta de las realidades que ha sabido conjuntar en esta su carta que más de uno suscribimos como nuestra.
Gracias, Juan, por darle sentido a la utopía.


Queridos Reyes Magos: ahora que vais de vuelta a casa quiero daros las gracias. Como todos los años, habéis repetido el milagro de poner sonrisas en las caras de los niños. Como siempre, conseguís que sus miradas nos enseñen ese candor auténtico que solo habita en los corazones puros.
Al principio, trataba de recoger los momentos de mis nietas en las mañanas del 6 de enero, con una cámara fotográfica. Al poco, desistí. Era un momento mágico e irrepetible que no podía meterse en las estrecheces técnicas de un visor.
Gracias también porque a pesar de mis muchos años, sigo emocionándome en estas mañanas con olor a chocolate, cadencia de sonidos nuevos, paletas de colores brillantes, gritos de alegría y besos emocionados.
Gracias, repito.
* * *
Haced un alto en vuestro camino de regreso. Quiero contaros una cosa.
Veréis: la Valdepeñas que me vio dar mis pasos de niño, es una ciudad famosa por sus vinos. Seguro que habréis oído hablar de ella. Bien.
Después de las faenas de la vendimia, es decir de la recolección de las vides, cuando ya todo ha terminado y los lagares están repletos de uva para molturar y el epicentro del trabajo ha pasado de los majuelos a la bodega. Cuando el campo se queda huérfano de cantos, suspiros, cansancios y sudores, entonces, es cuando empieza “la rebusca”.
Es entonces cuando los que nada tienen, los que solo son visitados por el hambre, van a los campos y recogen los racimos perdidos, los olvidados y mustios, la pobre resaca que va quedando rezagada después de la opulencia y la plenitud. Los racimos que se han caído de las “capachas” con el traquetear de los tractores, los que han quedado en la cepa escondidos de la vista del presuroso vendimiador, el que se quedó a medio camino entre saciar el hambre y la mirada del manijero.
Pues bien, queridos magos de oriente, con esa paupérrima cosecha de advenedizos, hay familias que pueden dar de comer a sus hijos durante unos días.
Os preguntareis a cuento de qué viene esta historia. Os lo explico.
Nadie más consciente que vosotros mismos, de que vuestro trabajo, a pesar de desprendido y brillante no llega a todos los niños. Diría yo que son más los que se quedan sin la alegría de vuestra visita que los afortunados. Y no creo que esto sea justo.
Cuando lleguéis a vuestros almacenes, después de un merecido descanso, mirar por todos los rincones, hacer una rebusca, con la cual puedan sonreír más niños de los que lo hacen.

Vender el oro, que es solo sirve como representación de vuestro poder, pero no como respaldo de vuestra magnanimidad. Rebuscar en las cámaras, seguro que encontráis tesoros de incalculable valor, bajo una patina de polvo e indiferencia. Cerrar esos faraónicos templos donde es imposible el recogimiento y usar el incienso para que purifique la casa de los que no tienen.
Quitar el oro y las piedras preciosas de todos los costosos ropajes que hacen más pequeño y empobrecido al que necesita de pan y cariño.
Rebuscar en los templos, en los palacios, en las cajas fuertes, en las catedrales, en ese centro mismo de esa cristiandad que adoráis y seguro que podéis hacer otra ronda de donaciones a esos niños que no solo necesitan regalos, sino los necesarios alimentos para seguir subsistiendo.
Vosotros que tenéis el don de la ubicuidad, rebuscar en los salones de los consejos de administración, arrebañad lo que podáis de los presupuestos para la guerra y el odio, estad ojo avizor en los consejos de ministros y vigilad el Ibex 35, el Nasdaq, el Dow Jones, el Nikei, el Cac 40, todos esos índices que siempre señalan a favor de los poderosos. Usad de verdad vuestra magia.
No sé si vosotros tendréis la potestad para hacer lo que pido, pero al menos intentarlo.
Lo hago por egoísmo. Siempre que disfruto con las sonrisas de mis nietas al abrir sus regalos, se me congela la felicidad pensando en aquellos que no tienen nada.
A pesar de que yo, ya he hecho mi rebusca, he podido comprobar que no ha servido para mucho.
Es por eso por lo que os pido ayuda. Vosotros, con vuestra magia y amor sí que podéis conseguirlo.
Juan López Trujillo.