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martes, 26 de noviembre de 2013

CINCUENTA Y TRES AÑOS

Dentro de unos minutos habré llegado a mis 53 años. “El tiempo pasa” dice la canción de Mercedes Sosa y Pablo Milanés que he encontrado en este video tan literario y artístico. Y yo, revisando unas cuantas fotografías,  doy fe de ello. Lo cierto es que sigo pensando que lo importante es cumplir años y poder contarlo. Y sentirte querido según vamos haciendo camino. Y yo, de veras, me siento muy querido por los míos y por un montón de gente que me ha ido conociendo por este tránsito vital de cincuenta y tres años.
Os recomiendo que veáis el video y oigáis la canción porque es una maravilla.
Un abrazo de Mos desde esta orilla que es la vuestra.

10 MESES

7 AÑOS

17 AÑOS

22 AÑOS

32 AÑOS

41 AÑOS

45 AÑOS

52 AÑOS




sábado, 23 de noviembre de 2013

PERROS PARLANTES (reposición)



Cuando Paco y la pequeña Lola vieron entrar a su dueño en la cocina,  supieron que su vida de perros sibaritas pasaría a ser una vida de perros; sin más.


Los dos chuchos callejeros, adoptados hace siete años en aquella casa, adquirieron un buen día la extraña habilidad de repetir los sonidos que escuchaban. Algo así como los loros y las cacatúas pero con más nitidez.  Aquella destreza les hizo famosos y tener cierto caché. Eran reclamados continuamente por las televisiones y sus amos sacaban pingües beneficios de los shows que contrataban.

La culpa de aquel infortunio perruno la tuvo el paté de oca que había en la mesa. La dueña solía premiarlos con tal delicatessen  cuando decían algunas frases  extensas y, a su juicio, más ocurrentes de lo normal. Sin embargo, en dicho almuerzo, el matrimonio conversaba haciendo caso omiso a los dos canes que, sin remedio,  se les hacía la boca agua con los efluvios provenientes del preciado manjar. Por ello Lola comenzó a dar saltos ante su ama y a proferir palabras en alto de lo más…, cómo diría yo, de lo más ¿escuchadas?

—¡Oh, pero…qué lindo! —emitió la perrita con una dulce voz femenina de marcado acento dominicano—. ¡Me encantan la esmeraldas! ¿Significa esto, mi amor, que vas a dejar a la estúpida de tu mujer?

 Los comensales, un tanto atónitos, dejaron de probar bocado y, ejem, no les quedó otra que oír a sus queridos perros parlantes.
—Cómo puedes dudarlo, morena mía. —Ahora era Paco el que hablaba con la misma voz que su amo—. El anillo no es nada. Tienes que tener paciencia; sabes que sí, que me iré contigo al fin del mundo. Anda, chatunga, vuelve a la cama y hazme otra vez eso tan rico que tanto me gusta.

La mujer, con gesto iracundo, le tiró el plato del paté al marido y después se levantó sin mediar palabra. Él, con la cara desencajada, corrió tras ella intentando salir airoso de aquel marrón. Los perros, cómo no, devoraron en un santiamén la sabrosa pasta de oca untada por el suelo. Al tiempo que se relamían  tras el festín, oyeron un fuerte portazo. Los dos canes fueron hasta la cocina y, subiéndose la esbelta Lola encima de Paco, pudo ver cómo la dueña se alejaba en uno de los coches de la familia. Instantes después aparecía el dueño con un bate de beisbol por la puerta. El instinto canino les dijo que algo no había salido del todo bien, que mejor esquivar al amo y salir de allí por patas. Y así lo hicieron.

No deambularon demasiado. Esa misma tarde fueron reconocidos por un tipo millonario, excéntrico y amante de la ópera. Los metió en un todo terreno y los condujo hasta una finca de su propiedad a varios cientos de kilómetros de allí.

Paco y Lola siguen viviendo a cuerpo de rey con su nuevo amo.  Aunque lo que peor llevan, creedme, es tener que responder ahora al nombre de Plácido y Montserrat si quieren algún premio extra.  Eso y hacer gorgoritos todos los sábados por la noche cantando para él “La Traviata”.

© Ceferino Otálora (Mos). Noviembre 2010.
Imagen tomada de Internet. © Su autor.

domingo, 10 de noviembre de 2013

GALIMATÍAS


GALIMATÍAS

No es fácil referir aquí,

en un puñado de versos vestidos de insomnio,

cuanto acontece a uno.

Tal vez porque mi cabeza es un embrollo,

un galimatías de pensamientos,

un aquelarre extraño donde las brujas

se reúnen con los ángeles y el demonio

platica  cordialmente con los apóstoles

mientras yo les invoco a todos ellos.

Qué puedo decir…

Cómo describir que, a veces, ni yo me entiendo.

El tiempo pasa veloz, indiferente, casi cruel,

ante los sueños y las vidas que conformamos.

Y otro noviembre cubre de hojarasca mi retrato,

lo que ya soy y lo que nunca seré.

Siempre me sentí forastero, desubicado;

huésped de un mundo que me acoge sin más

pero que también me ignora.

Aunque he oído demasiadas veces

que todo es relativo, que si uso mucho el gris

en la mirada, no sabré contemplar otros colores.

Es complicado ahora y en este país vislumbrar

el arco iris, la vida en rosa y los brotes verdes

que tanto vociferan los políticos desde su 

poltrona.

(Perdón, no quería escribir hoy de política.

Será mejor que vuelva a mi galimatías).

Tengo varios defectos y algunas virtudes

que aquí, en este pasaje público, huelga

nombrar.

No sé si estoy luchando contra el desánimo

o librando de nieblas este episodio vital

en el que hoy me encuentro.

Quiero continuar gastando tinta,

plasmar luces y sombras en cada párrafo,

el norte y el sur de las gentes;

mi propio vaivén si cabe.

Apuesto por seguir respirando palabras,

desmadejando este embrollo de letras

que quieren quedarse conmigo.

Y seguir; aguantar  entre mis papeles

la sensación de desastre que me invade.

Solo yo puedo salir de la tormenta silenciosa

que convive en mi interior y me naufraga.

Renovaré el pasaporte para continuar el viaje

por el mar de los poemas y el país de los

cuentos.

Pero no puedo prometer nada; lo siento:

soy una vasija de barro porosa y frágil,

un jardín sin abonar, un juego sin alicientes,

un cruce de caminos a ninguna parte,

un creyente sin dioses que venerar.

Tengo sueño; debo dormir un poco más.

Pronto amanecerá jovial un nuevo día.


© Ceferino Otálora (Mos). 9 de noviembre de

 2013

Imagen tomada de Internet. © Su autor.