VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

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lunes, 29 de abril de 2013

30 DE ABRIL: TREINTA PRIMAVERAS JUNTOS

ATENCIÓN: Podéis escuchar el poema "QUERÍA DECIRTE" en la voz de Nerim que gustosamente ha querido incluirlo en su blog de audio lecturas pinchando sobre él en la columna de la derecha o yendo hasta su bloghttp://audiolecturas-nerim.blogspot.com . Gracias, amiga Mirentxu, por este detalle.

                  A MI COMPAÑERA

Como aire fresco
ha llegado hasta mi
el sonido de tu risa.
Has roto mi letargo,
mi yermo silencio,
con el despertador
de tu alegría.
Y, contagiado por ella,
he moldeado para ti
este pequeño poema.
Mil hojas en blanco
he cubierto,
con la tinta de tu nombre,
con el cielo de tus ojos,
con el sol que hay en tu pelo...
¡Me faltaba papel
para explicarte!.
Tras ese instante
me he sentido,
sin dudarlo,
el más dichoso
de los hombres.
Alumbras la noche
de todos mis días...
Edificaré mi futuro contigo;
taparemos las grietas
que vayan surgiendo
con parches de amor.
Y si aparece de nuevo,
                            la tristeza en mi rostro,
sé que tú, mi compañera,
la otra mitad de mi ser,
mi viento de otoño,
te llevarás muy lejos
cualquier sombra
en mi mirada;
                            cualquier  lágrima
                            viajando por mi vida.

 © Ceferino Otálora (Mos).
Octubre 2000.


QUERÍA DECIRTE

Después de tanto tiempo
compartiendo este camino,
quería decirte que aquí estoy,
que aquí me tienes.
Con mis carnes, con mis años,
con mi carácter y mis rarezas.
Es el lastre acumulado
en este viaje compartido.
Puede, eso dicen,
que sea lo normal:
rasgos propios de la madurez
que se marcan y curtimos.
Que nos curten.
Y, ya lo ves, así soy ahora;
así me tienes.
Con mi inseparable tabaco,
mi tozudez y esa desgana
que, a veces, me acompaña.
Aunque no te creas,
también tengo mis pequeños
buenos momentos.
Y este debe ser uno de ellos
porque algo da saltos en mí,
galopa como caballo ganador
al recordarte.
Porque por dentro me inunda
un fuerte sentimiento
abriéndose paso
que me hace ser apasionado
con lo que anhelo,
con lo que tengo,
con lo que siento;
y que emana más fuerte contigo.
Quería decirte
demasiadas cosas;
inundarte de palabras bellas,
pronunciadas y leídas
en exceso:
amor, corazón, vida, abrazo,
amiga, beso, sonrisa, amada,
y otras muchas tan socorridas,
pero te las he dicho
en tantas ocasiones,
que las escribo y me parecen
muy gastadas esta vez.
Quería decirte,
¡qué quería decirte!,
nada que no sepas;
que dame tu mano,
que tienes mi alma,
que brinco por dentro,
que me completas,
que qué bueno encontrarte.
Que te miro
y te veo igual que antes,
que me gustas, que…,
Querer. Decir.
¡Qué diablos, ya basta!,
es muy fácil:
quería decirte
que te quiero.

 © Ceferino Otálora (Mos)
30 Agosto 2007


ELLA
No hallo las palabras que iluminen
a quien da luz a mi ser. No.
Sólo puedo esgrimir bocetos,
pequeñas hechuras,
remiendos cosidos de vocablos
para mostrar la belleza invisible
de su espíritu, el resplandor
de nieve de su alma
y dejar correr un caudal de tinta
que convierta en elogio sincero
la osadía de este papel en blanco.

¿Ella? Ella es licenciada en amor,
doctora honoris causa
por la universidad del cariño
y yo, su alumno incondicional.

© Ceferino Otálora (Mos)
Noviembre 2010





lunes, 22 de abril de 2013

SOÑEMOS

Jorge del Nozal me pidió hace tiempo que escribiera lo que me sugiriese un cuadro suyo. El caso es que me envió un óleo muy onírico al que él llamó ATMÓSFERA. El resultado de esta colaboración es el poema SOÑEMOS que él, gentil como siempre, ha tenido a bien ponerle voz. Pinchad en el audio y le podréis oír. A mí me ha encantado escuchar su voz una vez más. Espero que a vosotros también.

ATMÓSFERA. UN ÓLEO DE JORGE DEL NOZAL

http://duendepoeta.blogspot.com.es/2013/04/desarrollando-un-sueno.html




SOÑEMOS
Ven amor,
déjalo todo y ven junto a mí; soñemos,
soñemos los dos en otro mundo diferente.
Cierra los ojos y junta tu mano con la mía;
no temas:
volverá la primavera a nuestros labios,
daremos un brinco más allá de los cielos
tú y yo.
Con la calma de los años, sin metas imposibles;
como globos de niño volando a la atmósfera
bajo una bóveda celestial de colores tranquilos.
Soñemos.
Dejaremos atrás árboles estériles, sombras,
desiertos, largos inviernos de incertidumbres,
las crueles pesadillas que forjaron otros.
Bebamos, sí,
de la alegre copa del elixir de la esperanza;
desprendámonos de ataduras y  sinsabores
y de algunas ideas demasiado geométricas.
Porque hasta las pirámides se desmoronan
con la fuerza de los vientos y la lluvia.
Apostemos,
¡por qué no!,  por un lugar distinto, hermoso.
Más allá de la utopía nos espera el arco iris,
el sitio de nuestro recreo, vida mía,
Ven conmigo, cierra los ojos, dame la mano;
volvamos a empezar.
Soñemos.

© Ceferino Otálora (Mos)
     Abril 2013




jueves, 18 de abril de 2013

MÁS QUE UN SENTIMIENTO (MORE THAT A FEELING): FINAL


           A la mañana siguiente, cuando desperté, él ya no estaba en el dormitorio. Antes de levantarme intenté analizar lo ocurrido la noche anterior. Comprendí que mi amigo Fran era marica. Recuerdo que empleé esa palabra en mis pensamientos mientras dudaba qué determinación tomar. Me sentí sucio por dentro y por fuera. Fui hasta el cuarto de baño, eché el pestillo y me duché.  Decidí que lo mejor sería volver a Madrid ese mismo día.  Quería evitar tensiones entre los dos el resto del tiempo que estuviéramos  juntos. Deduje que la relación de amistad que manteníamos no sería igual a partir de entonces. Y no me equivocaba del todo.
Lo encontré en la cocina, fumando. Al verme agachó la cabeza mientras apagaba el cigarrillo en un cenicero repleto de colillas. Sin mirarle a la cara le informé de mi decisión. Volví al cuarto para preparar el equipaje. Minutos después apareció por la puerta para decirme, con voz temblorosa, que lo sentía. Luego me rogó que lo escuchase si todavía éramos amigos.  Nos sentamos en las camas el uno frente al otro y volvió a lamentarse por lo sucedido diciendo que era un imbécil y lo había estropeado todo. Me explicó que llegó al internado con muchas dudas sobre sus preferencias sexuales; que las chicas se mezclaban con los chicos en sus sueños pero que allí, entre tanto compañero masculino, se dio cuenta de sus preferencias, de lo que realmente  le atraía. Me contó que la entrevista con Don Antolín le hizo mucho daño y que yo, con mis consejos, le enseñé a pasar desapercibido y no mostrar realmente sus sentimientos. Que aquella tarde de cine se dejó llevar y quiso probarme; que tenía ganas de contármelo pero no sabía cómo. 

Me confesó que yo le atraía por mi forma de ser, por tener los mismos gustos y también por mi físico. Que me seguía en todo para que yo fuera su mejor amigo. Con voz entrecortada y temblorosa declaró que en  la mayoría de los internos era común hacer chistes de  maricas, usar esa palabra como un insulto y hacer ostentación de su hombría. Por eso prefirió no hacerse notar y evitar comentarios. Me afirmó que nadie lo sabía, ni siquiera sus padres; sólo yo. Para todos era un chico normal que incluso tenía éxito entre las chicas. Después añadió, más abatido si cabe, que no sabía cuánto tiempo podría ocultar su verdad. Volvió a pedirme perdón por abusar de mi confianza y entendía que no siguiéramos siendo amigos. Tenía ante mí a un joven derrotado, envuelto en lágrimas, que me había desvelado su parte oculta, su secreto. Comprendí que necesitaba mi apoyo y mi perdón. Por eso me fundí en un abrazo con él e intenté calmarlo. Le dije que no era conveniente que lo supieran en la escuela; que podrían expulsarlo o hacerle la vida imposible. Que más adelante, cuando estuviéramos trabajando, sería  libre para contarlo si quería. Pareció estar de acuerdo.
Tras escuchar esa mañana a Fran, seguí creyendo en la conveniencia de regresar a Madrid. Él lo entendió. Entre los dos nos inventamos una excusa creíble que explicase a los demás mi  inesperada partida. De camino a la estación hablamos de los proyectos para el último curso en el internado. Haríamos menos deporte y emplearíamos más tiempo en crear nuevas canciones para el grupo y en perfeccionar nuestro estilo. Fran se mostró animado con esa propuesta. Me despedí de él hasta que nos volviéramos a ver en el internado con un intenso abrazo. Desde la ventanilla del tren que daba a mi asiento pude ver sus ojos llorosos mientras alzaba su brazo en señal de despedida.
A los pocos días de mi regreso a Madrid recibí la terrible noticia: Fran se había ahogado en el Tormes. Según contó la guardia civil, algún remolino del río pudo arrastrarlo hasta el fondo y dejarlo atrapado entre la maleza. Quedé destrozado durante varios días por la pérdida de mi mejor amigo; incluso perdí las ganas de volver al colegio. Se marchó sin poder manifestarle todas las sensaciones y momentos felices que viví junto a él. Sin saber casi nada del mundo oculto que se atrevió a desvelarme.
Mis padres me convencieron para terminar mis estudios; también el apoyo de Susana y el hecho de que ella estuviera allí, en Galicia,  esperándome. Cuando llegué al internado todos conocían lo sucedido. Volvieron a repetirse escenas de llanto e impotencia entre los compañeros. Pronto los salesianos organizaron una misa en su nombre. Precisamente fue Don Antolín quién ofició la misma; él, que abusó con su poder de la inocencia de Fran, el mismo que le recriminó la sinceridad de sus respuestas hasta hacerle culpable por su forma de ser. Me asqueé con toda aquella hipocresía religiosa que tanto influye en las conciencias.
Comenzó para mí un tercer año muy diferente a los anteriores. El resto de mis colegas no podían suplir la carencia de “el Paliducho” y eso que lo intentaban.
A mediados de octubre volvió Don Vicente, el director, de unas jornadas eclesiásticas en Roma. Debieron de informarle del trágico suceso porque esa misma noche, en la misa diaria, rogó por el alma de Francisco.  Al día siguiente volvió a encargarse del reparto de la correspondencia entre los alumnos como era habitual en él. Lo hacía desde la escalinata del pórtico antes de entrar a comer; gritaba el nombre del que había recibido alguna carta y el interesado se acercaba hasta él para recogerla. Siempre terminaba con un “ya no hay más cartas por hoy, mañana será otro día”. Cuando me disponía a subir al comedor me choqué con su espalda. Le pedí disculpas por ello a la vez que él refunfuñaba por el empujón. Posteriormente oí cómo me llamaba a voces: “señor Sánchez Alcalá, le espero en mi despacho después de comer”. Me acuerdo que apenas comí pensando en la reprimenda que me esperaba. No hubo tal bronca. Me llamó para darme un paquete a mi nombre que le llegó a primeros de agosto. Me explicó que, al no estar yo por esa fecha, lo guardó hasta que volviera al internado. Luego ocurrió lo de su viaje a Roma; por eso la tardanza en dármelo. “Toma, qué raro, me dijo, viene sin remite. El matasellos es de Salamanca. Por la forma parece un disco”. Creí que sería un envío de los padres de Fran. Al abrirlo salí de la duda. 
El paquete contenía el disco de Boston  acompañado de una breve carta en la que reconocí la letra de mi amigo. La misma carta que hoy, después de tanto tiempo, aún conservo. La he vuelto a leer decenas de veces, algunas junto a Susana, y puedo repetir cada una de las palabras que contiene:
Salamanca, 4 de agosto de 1977. Querido amigo Carlos: Espero que sepas perdonarme por lo que ocurrió el día de mi cumpleaños. Te regalo mi disco de Boston que tanto hemos escuchado juntos. Ahora ya sabes que es MÁS QUE UN SENTIMIENTO lo que siento por ti, pero somos distintos y te respeto. Espero que sepas guardar mi secreto. A veces creo que en mi interior hay un alma solitaria, condenada a la incomprensión y el desprecio. No hay un billete para mí en el tren que quería coger. Y prefiero anular el viaje. Agradezco haberte conocido en estos dos años. Seguiré siempre a tu lado. Fran.

Tengo ganas de terminar la jornada. Una vez más el recuerdo del suicidio de Fran me ha entristecido  tanto como entonces. A raíz de aquel suceso siempre tuve la convicción de que a mi amigo lo matamos un poco entre todos. Al menos la sociedad rígida e intolerante que coexistía en nuestra adolescencia.   Los compañeros me preguntan qué me pasa, que no tengo buen aspecto; yo les respondo que me duele la espalda. Es curioso, a algunos de ellos los conocí en el internado, estudiamos juntos. En el tiempo del bocadillo les he oído criticar a un presentador gay de la televisión. Varios opinaban que les era repugnante la libertad con que se mostraba en público; que los maricones deberían estar todos colgados. Con esas palabras lo han dicho. Luego le han imitado exagerando sus gestos y algunos han reído estrepitosamente.  
Miro a mi alrededor, observo las caras, las risas burlonas de mis compañeros y me niego a que nadie ensucie el  nombre de Fran. Han pasado treinta y dos años ya de aquella carta pero intuyo que su secreto debe seguir guardado.


 © Ceferino Otálora (Mos)
     Septiembre de 2009.
     Imágenes tomadas de Internet.





martes, 16 de abril de 2013

Y ENTONCES SERÉ


ESTA ES MI PARTICIPACIÓN EN LOS “SUSURROS DE ABRIL” DE ÁNGELES MEDINA



Y ENTONCES SERÉ
Decidme, ¡oh, nubes!, ¿podría irme con vosotras?

Hoy quisiera saberlo, despejar la gran incógnita

que me planteo cada mañana al contemplaros.

Tal vez quiera escucharme el viento poderoso,

el mismo que os pasea por el cielo hasta mis ojos;

quizá hoy se apiade y me arrastre a vuestro lado.

No, no estoy loco. Los locos son los demás. Ellos.

Los que siempre pisan con los pies en la tierra.

Los que  guardaron las utopías en el viejo desván.

Los que tanto tienen y más quieren y tan poco valen.

Llevadme con vosotras y seré vida, seré agua;

un hijo en vuestro vientre, manantial de lluvia nueva.

Bajad a por mí, haceros niebla entre mis brazos.

Y entonces seré. Seré por fin lo que nunca pude ser.

© Ceferino Otálora (Mos). Abril 2013

domingo, 14 de abril de 2013

MÁS QUE UN SENTIMIENTO (MORE THAT A FEELING) PARTE 3

Fran y yo llevábamos bien los estudios. Eso nos permitía tener más tiempo libre para salir a Villagarcía los sábados y domingos por la tarde. Solíamos ir al Pin- Club, unos recreativos con billares, mesas de ping-pong y máquinas de pinball donde jugar unas partidas. Nos solían acompañar Manolo y Pedro, compañeros de curso y amigos. Allí conocimos a varias chicas que también se hicieron amigas nuestras. Con ellas paseábamos por el puerto o por la playa, fumábamos, reíamos y tonteábamos. En los años siguientes con ellas íbamos a Tótem, la discoteca más visitada por los estudiantes del internado. Nos divertíamos bailando las canciones rápidas, después las lentas. Y nos besábamos con besos inexpertos pero apasionados, prometiéndonos amor eterno. Muchas noches cogíamos el autobús de vuelta al colegio con más de un calentón entre las piernas. Luego en la cama recordábamos aquellos cuerpos femeninos, su fragancia, la tersura de sus pechos y sucumbíamos en solitario al placer. Para una de ellas, Susana, mis promesas fueron reales y varios años más tarde nos casamos.

En el segundo curso todo fue más fácil. Teníamos más experiencia de cómo manejarnos en el colegio, nos gustaban las prácticas de taller y mostrábamos interés en las materias relacionadas con el ferrocarril. Fran y yo formamos nuestro propio grupo, los Expresos, y teníamos varios seguidores que nos animaban en las fiestas. También ganamos algunos trofeos deportivos en las competiciones de atletismo y natación. Crecíamos  casi sin darnos cuenta. Sólo éramos conscientes de ello delante del espejo: desaparecieron los granos, comenzaba a marcarse la incipiente barba, el cuerpo cogió un aspecto más atlético gracias al deporte, ganamos algunos centímetros. También la voz fue cambiando a un timbre más adulto. Pronto cumpliríamos los diecisiete y deseábamos que el mundo siguiera siendo así para nosotros cuando dejáramos aquel lugar.
Creo recordar que por abril de ese año, 1977, Fran subió un sábado de Villagarcía completamente eufórico: se había comprado el disco de Boston y no cabía en sí de emoción. Estuvimos escuchándolo toda la tarde en la sala donde ensayábamos con el grupo. Una de las canciones, “Más que un sentimiento”, nos la sabíamos de memoria de tanto oírla por la radio. Mi amigo convenció a Don Ramón, el Jefe de Estudios, para que ese LP fuese el que nos despertara a la mañana siguiente. Y así fue; abrimos los ojos con los acordes de guitarra de dicho tema sonando in crescendo


Los dos nos abrazamos al levantarnos por haberlo conseguido. Mientras nos aseábamos y hacíamos la cama, canturreamos el resto de las canciones dando saltos por la estancia. “Paliducho, Madriles, estáis como una cabra”, le oí decir a Esteban, el pelota de la clase, al que todos llamábamos “Bolita” por su redondez. “Calla Bolita, no está hecha la miel para la boca del asno”, le gritó nuestro amigo Manolo “el Vasco” y todo el dormitorio aplaudió tal respuesta.

El 24 de mayo de ese año día de  María Auxiliadora, la patrona, “Los Expresos” tocamos en la fiesta que hubo en el salón de actos junto a otros grupos. Terminamos con “More than a feeling” cantada por Fran. Su voz era ideal para aquella canción. Noté que de vez en cuando me miraba, como si la canción fuera dirigida a mí. Yo hacía los solos de guitarra y entre todos cantábamos el estribillo. El público estaba tan entusiasmado como nosotros y coreaba al unísono. Nos dedicó la mayor de las ovaciones. No puedo describir las sensaciones que sentí en mi interior encima de aquel escenario. Demasiado mágico para describirlo con palabras.

El segundo curso en el internado agotaba sus últimos días. A mediados de junio todo el alumnado partía hacia sus lugares de origen. Yo quedé con Fran en ir a visitarlo a Salamanca  ese verano. Los dos habíamos aprobado todas las asignaturas sin dificultades y teníamos tres meses por delante para olvidarnos de nuestros estudios. Me hizo prometer que iría a finales de julio, por su cumpleaños. Así lo hice.

Nunca había estado antes en Salamanca. Fran me llevó de acá para allá por los lugares y monumentos más importantes de la ciudad.  Me gustó mucho la Plaza Mayor y la Casa de las Conchas. 

No me fue fácil descubrir la rana en la fachada de la Universidad, pero la encontré. Decían  que a los estudiantes, encontrarla, les daba suerte en los exámenes. También  me presentó a su pandilla. Me explicaron que sabían de mí porque siempre estaba en la boca de Fran, que era poco menos que Dios para él. Me cayeron bien tanto ellas como ellos. Casi todas las tardes nos íbamos a una playa fluvial en el Tormes para aguantar mejor el calor. Cuando nos cansábamos de nadar y jugar en el agua, Fran y yo amenizábamos al resto tocando la guitarra y cantando. Después, por las noches, quedábamos para tomar algo.
El día de su diecisiete cumpleaños comimos con sus padres y su hermana pequeña en un restaurante de la ciudad. Por la tarde ellos se marcharon para pasar el fin de semana con unos amigos de un pueblo cercano. Se entusiasmó con mi regalo: el disco “Arrival” de Abba. Sabía que le gustaría porque siempre me hablaba de él; incluso hizo una versión acústica de “Dancing Queen” con la que nos entretenía en la escuela. 
 Sus amigos salmantinos también le agasajaron con todo tipo de regalos en el que, según declaró, fue un cumpleaños inolvidable. Nos llevó  a todos a un pub muy original. Los asientos imitaban a las tazas del váter, las mesas tenían  forma de bañeras y servían la cerveza en recipientes semejantes a las cubetas de guardar las escobillas del inodoro. Estuvimos bailando en una de las pistas, bebiendo y fumando, jugando varias partidas de dardos, contando chistes en lo que fue una gran velada entre amigos. Pasadas las dos de la mañana decidimos abandonar el local. A todos nos brillaban los ojos y, gracias al alcohol, nos reíamos por cualquier tontería que dijera alguno del grupo. Al llegar a su casa todos nos despedimos hasta el día siguiente.
Los dos dormíamos en la misma habitación aunque en distinta cama. Recuerdo que volvimos cansados y algo aturdidos de tanta fiesta. Hacía calor y abrimos la ventana de par en par.  Fran puso el disco de Abba de fondo para relajarnos mientras cogíamos el sueño. Nos tumbamos en calzoncillos encima de las sábanas. Fumamos algún cigarro y me habló de lo bien que lo había pasado ese día. De vez en cuando me pedía la opinión del resto de sus amigos. Yo, medio dormido, respondía  intentando prestarle atención. Al rato le pedí que apagase la luz. Una farola cercana iluminaba el dormitorio con claridad, permitiendo reconocernos perfectamente en la penumbra. Le oí decirme si quería escuchar a Boston. Yo asentí con la cabeza  y me di la vuelta hacia la pared para dormirme. Boston sonaba más lejano mientras dormitaba. Noté que Fran, en ese momento, se acostó a mi lado. Sentí como acariciaba mi espalda pasando su mano de arriba abajo. Luego me dio un beso suave en la nuca. Eso me hizo estar alerta  y salir de mi duermevela. Mantuve la calma haciéndome el dormido. Mi amigo se incorporó y quitó la música; después volvió a mi lecho. Sus manos rozaban uno de mis muslos y subían de nuevo a la espalda. Yo, disimulando, permanecía inmóvil mientras analizaba la situación. Deduje  que lo mejor sería aguantar su manoseo durante unos minutos y no estropearle el día de su cumpleaños. Me puse boca arriba en un intento de persuadirle en sus tocamientos. No lo logré; el tacto de sus dedos surcó mi cuerpo muy delicadamente: formaba círculos sobre mi pecho, jugueteaba con mis pezones, recorría el rastro de mi vello por el pubis. Después, comenzó a palpar mi sexo por encima del calzoncillo con suavidad. 
Me di la vuelta de nuevo. En ese instante él dejó de tocarme. Mi corazón latía deprisa, muy deprisa. No sabía qué hacer ni cómo terminaría aquello. Fran continuó en su empeño deslizando sus manos por mis nalgas. El roce de sus dedos hizo que yo tuviera una erección. Me giré otra vez para arriba deseando que aquello terminara. Una de sus manos exploró mi pene, luego los testículos. Siempre con movimientos delicados y precisos. Mi respiración, entrecortada, denotaba una situación placentera. Aquella escena teatral pedía a gritos que nos quitáramos la máscara. Fue entonces cuando, en un impulso, le dije que siguiera, que lamiera mi pene y que acabara lo que había empezado. Al poco tiempo cada uno se masturbó a sí mismo. Todo terminó con gritos contenidos de placer mientras eyaculábamos sobre nuestro vientre. Después llegó la calma. Fran intentó explicarse. Preferí que no dijera nada en ese momento. Aquella noche dormí inquieto y avergonzado.
                                                                 CONTINUARÁ...
© Ceferino Otálora (Mos)
    Septiembre de 2009.
    Imágenes tomadas de Internet.

viernes, 12 de abril de 2013

MÁS QUE UN SENTIMIENTO (MORE THAN A FEELING) PARTE 2

El internado contaba con la figura del padre espiritual. Se llamaba don Antolín y hacía las veces de confesor, psicólogo, consejero espiritual y profesor de ciencias naturales. Uno a uno fuimos pasando toda la promoción por su despacho a lo largo de distintas semanas. Él, muy amablemente, intentaba ganarse nuestra confianza creando un ambiente distendido y agradable. Comenzaba preguntando qué nos parecía el colegio, si había algo que echáramos en falta, qué opinión teníamos de los profesores, que aficiones teníamos…, y nosotros respondíamos sincera e inocentemente a todo. Don Antolín, entre sonrisas y alguna que otra caricia en la cabeza o en las manos, iba anotando las respuestas que dábamos en una especie de ficha personal. Según avanzaba la entrevista, las preguntas tomaban un cariz más íntimo y privado: cuántas veces te masturbas, en quién piensas cuando lo haces, con qué frecuencia, qué fantasías te gustaría cumplir…, todo ello en un clima de complicidad y quitándole  trascendencia a la veracidad de las respuestas de todos nosotros para luego, implacablemente, sermonearte usando todos los recursos morales y religiosos de los que era capaz. Fui testigo como muchos de mis compañeros salían de la reunión con la cara desencajada y los ojos hinchados de haber llorado. Fran fue uno de ellos.
Horas después, tras dejar que se calmara, le pregunté qué había pasado en aquella reunión con Don Antolín y él fue relatándome todos los pormenores de la entrevista. Comenzó en un tono distendido y cordial: qué te parece el internado, los profesores, los compañeros, qué materias te gustan más... Luego avanzaba con quiénes son tus mejores amigos, qué hacéis cuando bajáis a Villagarcía, quedáis con chicas del pueblo, qué sueños eróticos tienes, cuánto te masturbas, en qué piensas cuando lo haces…A Fran le pareció raro esa serie de preguntas pero le daba confianza aquel cura tan afable; por  eso contestó sinceramente a todas. Dijo que le gustaba el internado, que se sentía bien allí, que los profesores eran algo duros y que los mejores eran Don Antonio, el de Lengua, y Don Tomás, el de Dibujo. Que no soportaba a Don Vicente, el director, que daba Formación Humanística y se mofaba de los fallos y defectos de algunos alumnos. También comentó que sentía nostalgia de su barrio y sus amigos salmantinos pero que, sin embargo, tenía muy buenos amigos en la escuela entre los que me encontraba yo. Que sí, que se masturbaba bastante, que pensaba en chicas que conocía y en actrices famosas. También le dijo que, en algunos sueños, se abrazaba conmigo y tocaba mi cuerpo; que se despertaba con una sensación placentera que le gustaba. Que esos sueños se repetían con frecuencia y que estaba hecho un lío.
Aquellas respuestas provocaron la ira del padre espiritual. Al parecer le manifestó que a los ojos de Dios era un pecador, que sentía vergüenza y repugnancia por él, que tenía una mente sucia e insana, que qué pensarían sus padres si supiesen todo aquello, que masturbarse era un acto cobarde de egoísmo, que soñar con chicos era poco menos que ser un  apestado, que su alma estaba manchada y costaría mucho limpiarla de tantas impurezas. Le propuso que confesara cuanto antes sus pecados y, cuando Fran rompió a llorar, intentó calmarlo diciéndole que todavía estaba a tiempo de enmendar sus errores. Para ello le propuso que hiciera más deporte, que rezara a María Auxiliadora, la patrona salesiana, cuando tuviese tentaciones de masturbarse, que considerase si quería ser un hombre de bien alejado de las tentaciones carnales y los malos pensamientos. Que él, a pesar de todo, sabía que era un buen muchacho aunque algo confuso. Y que con la oración y su ayuda encontraría el camino para ser un hombre auténtico, de verdad. Luego, antes de salir, le hizo jurar ante la Biblia que siempre que cayera en tentaciones, iría a confesarse.
Cuando Fran me contó el contenido de tal interrogatorio se me puso un nudo en la garganta; me asusté. Pensé en el mal rato que había pasado mi amigo y también me sorprendí por esos sueños en los que decía que aparecía conmigo y me acariciaba. Los dos teníamos amigas en nuestras ciudades de origen y también allí. Solíamos comentar quién nos gustaba a cada uno y cuál de ellas estaba más buena. Tal vez por eso dejé de darle importancia a esos sueños de Fran.
Esa noche no pude dormir pensando en cómo superar la dichosa entrevista cuando me tocara a mí. Tras muchas conjeturas sobre cómo actuar, decidí que lo mejor sería no contar toda la verdad y decir lo que el padre espiritual querría oír. Eso hice cuando me reuní con él: no tenía ningún problema en la escuela, los profesores eran correctos y sabían premiar nuestro esfuerzo, me gustaba el deporte y las actividades, la comida estaba bien, respetaba a mis compañeros, rezaba todas las noches, me masturbaba poco y me sentía mal cuando lo hacía, sabía que Dios nos quería limpios de mente y de cuerpo, acudía animado a misa y respetaba a las chicas que conocía. Di una imagen de chico perfecto que él, supongo, no se creyó del todo. El caso es que no me hizo ningún reproche y salí airoso de aquella sala de tortura. A mi amigo Fran le dije que usara mi misma estrategia en las siguientes entrevistas, que intentase no exagerar para no meter la pata  y que aquel cura preguntón creyera que había conseguido su objetivo. Poco a poco y con mi ayuda, la opinión de Don Antolín fue cambiando con respecto a Fran. Y ambos pudimos seguir siendo lo que éramos: unos jóvenes con las hormonas alborotadas, adolescentes descubriendo el mundo, nuevas sensaciones, idealistas, alegres, despiertos y llenos de vida.

En medio de todo eso el curso y los días fueron pasando. En noviembre de ese año murió Franco; nos dieron unos días de permiso y volvimos a casa. Después las vacaciones de Navidad, más adelante las de Semana Santa. Recuerdo que por esas fechas me ocurrió algo con Fran que, entonces, me molestó bastante y le di demasiada importancia. Algunos años después comprendí mejor los motivos y el alcance de aquella experiencia.

Ocurrió en el salón de actos un sábado por la tarde durante la proyección de Ben-Hur. El salón, con sus butacas, hacía las veces de cine. Entre estudiantes, profesores y monjas, el aforo de la sala estaba casi completo. Los dos ocupábamos dos asientos contiguos en uno de los laterales de las últimas filas. En mitad de la película Fran, sentado a mi izquierda, posó una de sus manos sobre mis piernas. Yo ni me inmuté por aquello. Luego siguió acariciándome los muslos suavemente, jugueteando con sus dedos. Tampoco hice caso en esa ocasión a sus repetidas caricias. Minutos después subió hasta mi bragueta; entonces sí que le aparte la mano y le hice un gesto de reproche. El compañero de la butaca de al lado estaba atento a la película y no se percató de nada. Fran seguía, de vez en cuando, jugueteando con mis muslos; también por mi entrepierna. Comencé a estar incómodo y le advertí que no siguiera, que le iban a pillar. Él paró de tocarme durante unos minutos; después se quitó la cazadora que llevaba y la colocó tapando sus piernas y las mías. Acto seguido continuó rozando mis muslos con disimulo. Me pareció un juego atrevido, incluso sonreí con aquella temeridad de mi amigo al que yo, casi rindiéndome, me presté. Bajo la cazadora siguió palpando mi sexo motivo por el cual hizo que tuviera una erección; que sintiera una mezcla de placer y temor con aquella situación un tanto disparatada. Podrían pillarnos en cualquier momento y echaríamos al traste nuestro futuro. Tragué saliva y le dije que estaba loco, que lo dejara. Fran retiró su mano y me susurró al oído si nos íbamos a los servicios. Con semblante serio y enfadado le contesté que no, que ya bastaba de tocamientos. El resto de la película transcurrió con normalidad, atentos a la pantalla.Al salir de la sala le recriminé su actitud y osadía. Incluso me atreví a preguntarle si le gustaban los tíos; así, directamente. Visiblemente molesto contestó que no; que él era tan macho como yo, que no sabía por qué lo había hecho y que no volvería a ocurrir. Aquel asunto pronto quedó  olvidado y nuestra amistad siguió avanzando. Tanto como los meses y los estudios.
                                                                                                              CONTINUARÁ...


© Ceferino Otálora (Mos)
Septiembre de 2009
Las imágenes están tomadas de Internet.







miércoles, 10 de abril de 2013

MÁS QUE UN SENTIMIENTO (MORE THAN A FEELING) PARTE 1

Esta mañana en la radio, camino al trabajo, han dado la noticia del suicidio de Brad Delp, vocalista del grupo Boston. Al parecer, murió respirando monóxido de carbono. Junto a él había una nota que decía: “Soy un alma solitaria”. Después ha sonado “More than a feeling” a modo de homenaje. Los acordes de la canción me han hecho pensar en Fran, en aquel  verano del 77 en Salamanca y en la profunda amistad que nos teníamos. 
Lo conocí en septiembre de 1975 al ingresar en el internado ferroviario de Villagarcía de Arosa. Dicho colegio se elevaba sobre una colina a las afueras de la villa gallega en dirección a Santiago. Los dos teníamos entonces quince años, como la mayoría de nuestros compañeros de promoción. Los sesenta nuevos alumnos procedíamos de todos los rincones de la geografía española y allí permaneceríamos durante tres años hasta completar nuestros estudios técnicos ferroviarios. Dicho de otra manera, de allí saldríamos con un oficio y un puesto de trabajo fijo en RENFE.
Coincidimos en el dormitorio que nos asignaron. Nuestros padres  se saludaron, nosotros también. “Hola, ¿qué tal? Me llamo Carlos y vengo de Madrid”. “Hola, yo soy Fran, de Salamanca”. La estancia estaba compuesta de unas treinta y dos camas de ochenta, distribuidas de dos en dos con un cabecero común, separadas de las siguientes por un cuerpo de cuatro taquillas metálicas adosadas a éstas. Al final del dormitorio una doble puerta daba paso a los servicios: unos doce lavabos, unos seis retretes y otros tantos urinarios.  Fran compartía conmigo el cabecero de mi cama; es decir, dormía al otro lado de la mía. Tras guardar nuestras ropas y enseres nos acercamos hasta el  vestíbulo de la entrada. Seguían llegando nuevos alumnos con cara de circunstancias; también los veteranos de otros cursos pero con otro semblante. Entre ellos se abrazaban efusivamente después de todo un verano sin verse. Dos de esos alumnos veteranos nos enseñaron algunas de las estancias de la escuela: el salón de actos con sus filas de butacas, donde proyectaban cine los sábados y domingos, el comedor que nos pareció inmenso, la biblioteca, el gimnasio, la zona de clases, la lavandería y la cocina (de las que se encargaban monjas) y el patio trasero porticado desde donde se divisaba toda la ría de Arosa y una isla pequeña en el centro llamada Cortegada. 
El paisaje era espectacular en aquel día soleado. Los ojos de los presentes se saturaron de la perfecta armonía del verde de los prados  junto al azul del mar en calma y del cielo despejado de mediados de septiembre. Para mí aquel lugar empezaba a ser maravilloso. Poco después, el padre de Fran dijo que en sitios así se hacían muy buenos amigos. Estaba en lo cierto.
Nos despedimos de nuestros mayores sin poder atravesar el portón de hierro que nos aislaba del resto del mundo. Hubo muchos besos y abrazos en aquella despedida; también lágrimas. Nosotros, muchachos de quince años, era la primera vez que dejábamos nuestra casa, nuestro barrio, los amigos de antes, lo conocido, por labrarnos un porvenir en la empresa de nuestros padres. Después, con el paso del tiempo, esa sensación de abandono, de pérdida, de indefensión, se iría perdiendo en lo que, seguramente, serían los mejores años de nuestra vida dentro de aquel internado regido por salesianos.

Por aquel entonces, los padres salesianos eran muy estrictos con sus métodos de enseñanza. Impartían la educación bajo los principios de autoridad y disciplina acordes a las reglas del orden y la moral impuestas en la nación por el Dictador. Nada de llevar el pelo largo, nada de conversaciones reaccionarias ni dudar de la existencia de Dios. De lunes a viernes había que ir a misa antes de cenar y los domingos antes de desayunar. A los alumnos se nos nombraba por nuestros apellidos y siempre de usted. A Fran, por ejemplo, había que llamarlo Francisco; nada de diminutivos ni confianzas de camaradería. Para los educadores religiosos de aquel centro yo era Sánchez Alcalá; él, Ramos García. Y así el resto de los doscientos estudiantes de los tres cursos. Esa rigidez educativa, un tanto prepotente, fue cambiando en los años sucesivos con la llegada de la democracia y la España de los derechos y las libertades.
Físicamente ambos éramos unos adolescentes espigados, con acné intermitente, barba débil e incipiente y un cuerpo en continua evolución. Fran tenía el pelo rubio, rizado, los ojos verdes y una tez blanca que le daba un aspecto enfermizo. Pronto le pusieron el apodo de “el Paliducho”. Yo, sin embargo, lucía  pelo negro y liso, piel morena y ojos castaños. Al poco tiempo casi todo el mundo me llamaba “Madriles” por venir de la capital.
Los dos éramos bastante sociables y agradables; eso hizo que nuestra pandilla de amigos fuera lo suficientemente amplia para sentirnos bien allí. Algunos eran amigos comunes, otros no; aunque lo cierto es que como mejor lo pasábamos era estando juntos. Eso no suponía un gran esfuerzo porque, aparte del dormitorio, compartíamos la misma mesa en el comedor, la misma clase (1º B de Electricidad) y las mismas aficiones. Nos  encantaba el fútbol, la natación y las carreras de velocidad. También nos unía el gusto por la lectura y el cine y, sobre todo, la pasión por la música. Recuerdo que los dos nos apuntamos a clases de guitarra para emular a nuestros ídolos de entonces. También para formar algún grupo como los que tocaban en el internado en las misas cantadas de los domingos o en las celebraciones y fiestas que había durante el año. 
Por las mañanas el alumnado se despertaba con música. Por los altavoces de los dormitorios sonaban los Beatles, Simon y Garfunkel, Mocedades, Nino Bravo, Supertramp y un amplio etcétera de músicos y estilos diferentes. El salesiano de turno iba pasando por las habitaciones y, dando fuertes palmadas, avisaba que teníamos media hora para asearnos y hacer la cama antes de ir a clase para la hora de estudio. Por la noche, al acostarnos, volvía a sonar la música pero esta vez más relajante. Era el momento de escuchar la orquesta de Ray Coniff, la de Paul Mauriat o cualquier sinfónica interpretando a Beethoven y al resto de los clásicos. Según avanzaban los días, los meses, nos sabíamos casi todo el repertorio musical del colegio. Fran y yo les pedimos por carta a nuestros padres que, en alguna de las visitas que hicieran, nos trajesen de casa el radio casete y varias de las cintas que teníamos como propias. Así fue como descubrimos a Mike Oldfield, Queen, Pink Floyd, Triana o a Camilo Sesto en Jesucristo Superstar, entre otros. Pasábamos parte del tiempo libre grabando nuestras canciones favoritas de la radio para luego escucharlas tranquilamente a la menor ocasión. Era muy habitual, si el tiempo acompañaba, bajarnos los sábados por la tarde cinco o seis amigos hasta la orilla de la ría y tumbarnos a escuchar la música que nos gustaba. Allí charlábamos, fumábamos a escondidas, reíamos, cantábamos juntos, inventábamos juegos,  nos relajábamos con el tranquilo oleaje del mar y el aroma de los eucaliptos cercanos. Y entre estudios, actividades, curas, monjas, días grises, días lluviosos, más días lluviosos, compañeros y amigos, iban pasando los días. 
                                                               CONTINUARÁ

© Ceferino Otálora (Mos)
Septiembre de 2009.
Imágenes tomadas de Internet.