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domingo, 31 de marzo de 2013

LA SENTENCIA DE SU DESTINO (Reposición)


“Ni aun permaneciendo sentado junto
  al fuego de su hogar, puede el hombre
  escapar a la sentencia de su destino”.
  ESQUILO DE ELEUSIS (525-456 a. de C.)
  Dramaturgo griego.



1). Nochevieja de 1962.


Cuando Bruno Spiteller entró por la puerta del casino de Bariloche, en la nochevieja de 1962, no sabía las consecuencias trágicas que aquello le iba a suponer.
Esa noche, después de las campanadas, la ciudad festejaba con alegría la llegada del nuevo año. La gente se abrazaba, reía, bailaba por todos los rincones. Los fuegos artificiales, junto al lago Nahuel Huapi, iluminaban el cielo estrellado y su reflejo en el agua hacía del acontecimiento, un espectáculo multicolor inigualable. La Navidad coincide con el verano austral en esa parte del mundo pero no por ello se celebra con menos entusiasmo. Bariloche, ciudad nevada en agosto, de bajas temperaturas y paisaje invernal, se encuentra en diciembre y enero con los días más limpios y las noches más cálidas de todo el año.
La apertura del casino era un acontecimiento muy esperado entre la población más adinerada de toda la provincia de Río Negro.  Bruno Spiteller se podía considerar uno de esos privilegiados; por eso, después de celebrar con los suyos la llegada del nuevo año, se dirigió al Gran Casino que se inauguraba esa misma noche. Su esposa prefirió no acudir con él y ultimar, junto a sus amigas, los preparativos del baile de Año Nuevo que anualmente recogía fondos para las familias más necesitadas de la ciudad.


2). La llegada.


Había llegado a Argentina con treinta y seis años de edad en febrero de 1947. Formaba parte de una partida de emigrantes suizos como tantos otros europeos que arribaron, en busca de una vida mejor, a las prósperas tierras americanas.
Ya en el Principessa Giovanna, el buque italiano que le trajo desde Génova hasta Buenos Aires junto a cerca de doscientos suizos y otros tantos alemanes, contactó con un grupo numeroso de paisanos que le hablaron de las colonias suizas y alemanas de San Carlos de Bariloche, en la Patagonia. Esos mismos pasajeros, entusiasmados, le transmitían todo lo que sabían de esa región. Decían que era como no haberse movido de Suiza: cumbres nevadas, grandes lagos y bosques, verdes prados, casas de madera y piedra en un entorno natural inmejorable. Pensó que ese podía ser un buen destino para él. Allí podría dar clases de alemán y francés a los hijos de los colonos, o trabajar en cualquier actividad ganadera en la que destacara la provincia.
Así pues, sus comienzos fueron de profesor en la Escuela Alemana de Bariloche, hasta que se casó en septiembre de 1948 con Estela Saavedra, hija de un ranchero criador de ovejas de la zona que le introdujo en el mundo de la ganadería ovina y la industria textil de la lana. Después vinieron los hijos, Bruno y Graciela, con los que formaban una familia muy querida y respetada en la ciudad. Se podía decir que los  Spiteller, perfectamente integrados, seguían el curso de los años teniendo una existencia placentera y honorable en Bariloche.
Todo eso cambió en unas cuantas horas; justo cuando Bruno Spiteller se quitó la vida. 

3). Hacia el casino.


            Prefirió ir andando hasta el casino. Tenía tiempo suficiente para llegar a la inauguración y entrar con el resto de personalidades. La noche salpicada de estrellas, con la luna llena iluminando el gran lago y la ciudad con la fiesta en las calles, invitaba a caminar y disfrutar del ambiente navideño. El trayecto desde su casa le ocuparía casi media hora con paso tranquilo. Bordearía el lago por la avenida de Exequiel Bustillo hasta llegar al casino en Playa Bonita. Todo le iba bien; muy bien. Sonreía y fumaba dando fuertes bocanadas a un magnífico puro habano. Durante el recorrido recordó la cita que tanto le gustaba de Séneca: “Si quieres que tu secreto sea guardado, guárdalo tú”. Él había sabido guardar su secreto, su vida anterior. Olvidarse por completo de su pasado, asumir y vivir el presente sin levantar sospechas. Mientras caminaba recordó su trayectoria: sólo los inteligentes sabían amoldarse a los tiempos y él lo era.
Bruno Spiteller se llamaba en realidad Karl Wasser.

Karl Wasser, oficial alemán de la SS, era comandante del campo de concentración de Gross-Rosen en Polonia el 12 de enero de 1945. Contaba entonces con treinta y cuatro años. Alertado esa misma mañana por su fiel ayudante Wilder del avance de las fuerzas soviéticas y su próxima llegada al campo, intuyó lo que sospechaba desde hace tiempo: el ocaso de Hitler, el declive de la Alemania nazi, la pérdida de poder de un país cada vez más cercado por las tropas enemigas, donde todos serían prisioneros y los mandatarios arrestados y ajusticiados. Tal vez por eso, el comandante Wasser ordenó a su ayudante que le proporcionara un uniforme y la equipación de un soldado regular de infantería. Horas más tarde salían del campo en automóvil con dirección a Berlín. Fue en dicho trayecto donde Karl Wasser ideó su plan de supervivencia. A partir de entonces viviría en el anonimato más absoluto con respecto a su pasado. Y así fue.
Antes de llegar a la capital alemana asesinó de un tiro en la nuca a su ayudante, destruyó toda la documentación que le pudiera imputar como oficial nazi, se disfrazó de soldado de infantería, fue apresado y hecho prisionero por una patrulla del ejército ruso a quién explicó que había desertado de su batallón. Tuvo suerte en no ser reconocido por ningún oficial durante todo el tiempo que estuvo retenido con otros prisioneros alemanes en la cárcel de Spandau.
El 30 de abril se suicidó Hitler. A mediados de junio los aliados liberaron a todos los prisioneros. Desconocían la identidad verdadera de Karl Wasser y éste dio, en un primer momento, el nombre de Otto Meyer.
            Su padre, Heinrich Wasser, era un rico empresario de maquinaria agrícola favorecido por el III Reich que simpatizaba con el régimen aunque por ello, no temía represalias de los aliados ni de las investigaciones que se abrieran en la construcción de la nueva Alemania. En los últimos años había sabido poner a salvo parte de su fortuna en un banco suizo con sede en Ginebra: el Kroneng Bank. Eso serviría para adaptarse a los nuevos tiempos aunque, era evidente,  la vida de su hijo Karl corría peligro siguiendo allí. Le aconsejó que se fuera del país.
            Karl Wasser antes de ser comandante de Gross-Rosen, campo de concentración donde murieron cerca de setenta y seis mil judíos polacos, fue jefe médico del campo de Auschwitz, también en Polonia. Llegó allí en 1943; fue recomendado para el puesto dado sus conocimientos de medicina y antropología, conseguidos en brillantes carreras en las universidades de Viena y Munich. Allí, cuando llegaban los trenes cargados de prisioneros a la estación del campo, se personaba Wasser para seleccionar los más aptos para los trabajos y la experimentación. También decidía entonces quién iría directamente a las cámaras de gas que solían ser ancianos, niños, incapacitados y mujeres embarazadas.

            Los supervivientes de Auschwitz que conocieron a Karl Wasser, lo describían como un oficial muy apuesto, que siempre iba perfumado, de gestos aristocráticos, educado y sonriente, pero con una ferocidad morbosa a la hora de decidir quién vivía o moría. Una característica notoria de Wasser era el exagerado espacio entre los dientes frontales superiores y otra, la práctica de toda clase de deportes lo cual hacía de él, un hombre atlético y en forma.
           Karl Wasser, entonces Otto Meyer, cruzó hasta Suiza y se instaló en Zurich. Allí pasó cerca de dos años dando clases particulares de alemán y francés, idioma que hablaba a la perfección, entre los niños del barrio donde residía. Lo cierto es que Karl vivía intranquilo; temía ser reconocido y denunciado por alguien. Sabía que había personas dedicadas a la captura de criminales de guerra, entre los que él se encontraba. Por eso tomó la determinación de marcharse a Argentina. Aquel vasto país necesitaba mano de obra y ofrecía la posibilidad de vivir y prosperar a todo el que llegara con ganas de trabajar. Sería un perfecto destino para pasar desapercibido. Informó de sus planes a sus padres y contó con su beneplácito. Se mantendrían en contacto con la mayor discreción.
          Antes de partir hacia América, Wasser acudió a un renombrado odontólogo que le arregló la separación dental que tanto destacaba cuando sonreía. También cambió el aspecto de su peinado, dejándose un pelo más largo y una barba espesa y cerrada. A decir verdad, Karl Wasser nunca fue el prototipo de la raza aria. Tenía una estatura media, pelo castaño oscuro, ojos marrones y piel morena. Perfectamente podría ser un ciudadano español o italiano.
             Nunca reveló su verdadero nombre a nadie; siempre meditaba todos sus actos antes de ponerlos en práctica. Tampoco le gustaba Meyer: era muy germano. Por eso Wasser, escogió un apellido muy común en algunos cantones suizos: Spiteller. Un comisario de Zurich, amigo de la familia y simpatizante del Reich, le consiguió la documentación y el pasaporte suizo con el nombre definitivo de Bruno Spiteller. Días después el comisario apareció ahogado en el lago de la ciudad.
           Con ese nombre embarcó el 10 de enero de 1947, desde el puerto de Génova, rumbo a Buenos Aires.


4). La buena suerte.


            En los jardines previos a la entrada del casino, una gran banda de música amenizaba con sus melodías el acto inaugural. Tras el discurso pertinente del alcalde de la ciudad, rodeado de otras personalidades de la región, éste dio por inaugurado el local tras cortar una gran cinta roja. El público asistente irrumpió en aplausos celebrando el evento. Bruno Spiteller se sumó a los integrantes del acto, saludó al alcalde y a parte del grupo de invitados que tenían la enorme suerte de ser los primeros clientes del Gran Casino.
             El Gran Casino de Bariloche había sido construido usando el mismo modelo arquitectónico que el casino de Montecarlo. El edificio, aunque de menor tamaño, contaba con una fachada en granito blanco majestuosa; flanqueada por dos torres isabelinas de igual material y decorada con dos figuras de dioses griegos adosadas en la entrada. Encima de ésta un gran reloj, donado por la Sociedad de Maestros Relojeros Suizos con sede en Ginebra, era testigo de la multitud reunida en la escalinata de mármol tras la cual, se entraba a los salones de juego.
Todo era lujoso en aquel establecimiento. Las amplias salas estaban decoradas con bellos frescos murales en sus paredes; los bajos relieves mostraban efigies de los dioses de la mitología más representativos; las esculturas y cariátides por las que se pasaba al salón principal lucían colores dorados que hacían más majestuosa su presencia. El suelo, entarimado de maderas nobles, dotaba de elegancia al edificio. Al igual que la impresionante lámpara de araña de cristal checo que colgaba del techo de dicho salón.
            Esa noche sólo el grupo acreditado de cien invitados, más acompañantes, disfrutarían de los juegos de azar del casino. Bruno Spiteller estaba exultante; no visitaba una sala de juego desde los tiempos en que era alto cargo de la SS. En Berlín era un asiduo cliente del casino, restringido entonces a los seguidores de Hitler. Conocía perfectamente el funcionamiento de cada juego y el método a seguir en las apuestas. Por tanto, pasaría una gran velada y apostaría como cualquier otro jugador.
             Acompañado por amigos y conocidos, deambuló por las distintas estancias del local. Cambió un buen fajo de billetes por fichas para poder jugar. Comenzó por la ruleta donde, después de contemplar el ambiente de las apuestas, apostó a 12 números y ganó. El premio era el doble de lo apostado. Parecía que la noche estaba siéndole favorable. Pidió que le sirvieran un Jack Daniel´s y encendió otro cigarro habano. Continuó apostando en partidas intermitentes. La buena racha le seguía: ganó jugando a 4 números; esta vez era 8 a 1. En total, en poco más de una hora, había conseguido ya 50 pesos argentinos de la época. Eso equivalía entonces a 6700 dólares americanos. Spiteller estaba eufórico; era felicitado por todo el mundo y, viendo su buen momento, quiso probar fortuna en un nuevo juego del que había oído hablar: el blackjack. Dicho juego era una variante del póker donde el jugador, tiene que juntar 21 puntos mediante la suma de los valores de sus cartas. El blackjack, aunque con sólo un año de vida, era un juego de azar muy solicitado en todos los casinos. Tras varias partidas de cartas donde fue cogiendo la habilidad necesaria,

Bruno Spiteller volvió a estar en racha. Apostó con más fuerza y fue tocado de nuevo por la buena suerte. Esta vez logró ganar 520 pesos, equivalentes a casi setenta mil dólares. El público del casino y la dirección del mismo, no daba crédito a la rapidez y destreza con la que su conocido “vecino” se había embolsado tal fortuna. Todos los asistentes fueron invitados por Spiteller a que se acercaran a la elegante barra de bar del casino y consumieran lo que quisieran. En esos momentos le hubiera gustado que Estela, su esposa, estuviera con él. Sin embargo, quién se acercó a felicitarle por sus triunfos fue Simon Wiesenthal.


5). Simon Wiesenthal.



          Simon Wiesenthal era un superviviente del Holocausto que, tras ser liberado por las tropas americanas en el campo de Mauthausen, se prometió buscar y capturar a todos los criminales nazis que tuviera constancia de ellos. Mientras estuvo en los campos de exterminio, logró anotar en una libreta el nombre de todos los oficiales y altos cargos que participaban en el genocidio. Hasta su liberación, estuvo en más de doce campos distintos y pasó por toda clase de torturas. Sufrió la pérdida de 89 miembros de su propia familia y en más de una ocasión, intentó suicidarse.
En 1947 Wiesenthal fundó el Centro de Documentación Judío. Con las aportaciones que hacían un gran número de judíos de todo el mundo e Israel, podía dedicarse a sus investigaciones. Eso hacía que tuviera que viajar a cualquier país, durante largas temporadas, para localizar a los criminales nazis escondidos tras identidades falsas.
En 1960 fue detenido en Buenos Aires Adolf Eichman, el hombre que planificó la deportación y muerte en masa de millones de judíos en Europa. Trasladado clandestinamente a Israel, fue finalmente sentenciado a muerte en 1961 y su juicio transmitido por televisión. Todo fue fruto de las investigaciones de Wiesenthal, el hombre que llevaba más de dos años en Argentina intentando capturar al mayor número posible de criminales de su lista. Entre los cuales figuraba el nombre de Karl Wasser, la persona afortunada de aquel casino, a quién había felicitado por su buena suerte y que no alcanzó a reconocer.


6). Acorralado.


             Bruno Spiteller tras el encuentro con Wiesenthal sintió un escalofrío por todo su cuerpo. En medio de la expectación levantada en torno a su figura y sus apuestas, se abrió paso hasta el cuarto de baño para refrescarse la cara. Estaba pálido, tembloroso; el corazón le palpitaba deprisa. Sentía que todo se iba abajo y se derrumbaba su mundo. Conocía por la prensa el rostro y el oficio de Wiesenthal; sabía de sus éxitos atrapando criminales de guerra. Su última presa fue Eichman en Buenos Aires. Y ahora era él su siguiente captura. Se preguntaba cómo había entrado en el local si esa noche era sólo para invitados selectos. Seguro que el director del casino tenía mucho que ver con eso. Se decía que Osvaldo Neuman, el director, era judío. Intentaba reponerse de todo aquello, cambiar sus pensamientos y salir del baño sin que nadie apreciara su malestar. Con un poco de suerte podría huir. Al fin y al cabo, había conseguido una buena suma de dinero.
Salió del cuarto de baño sonriente, agradeciendo las felicitaciones y los saludos de todos. Pidió al croupier de su mesa que le cambiase las fichas por dinero. Insistió en retirarse ya por aquella noche; dijo que, por el momento, dejaba la fortuna en manos de otros. Pudo ver como Wiesenthal hablaba por teléfono con alguien y como, poco después, se acercaba el director a él e intercambiaban unas palabras. Le pareció que le miraban mientras conversaban y sonreían. Apuró el último trago a su tercer whisky e intentó calmarse. Sentía una opresión en la cabeza con el bullicio de aquel ambiente, las luces, el humo, las apuestas, los saludos y, sobretodo, con la presencia de su enemigo tan cerca de él.
             Cuando volvió el croupier con su dinero en un maletín, Spiteller le gratificó con una buena propina. Acto seguido, se despidió de sus compañeros de mesa y excusó su marcha. Antes de bajar la escalinata, el director del casino quiso despedirle y, al mismo tiempo, agradecerle su visita y felicitarle por su suerte. Bruno creyó notar en las palabras del director cierta ironía. El mismo director se ofreció para llevarle de vuelta a casa. Ese gesto de Osvaldo Neuman hizo que Spiteller sospechara aún más de cierta conexión entre el director y Wiesenthal. Dedujo que ambos querrían saber si verdaderamente volvía a casa. Comenzó a sudar de nuevo por su espalda, a sentirse acorralado; no obstante, aceptó la propuesta de ser llevado a su domicilio.
               El trayecto hasta su casa lo hicieron en apenas unos minutos. Bruno Spiteller intentaba mostrarse pletórico y disimular su desasosiego. El señor Neuman vio como se secaba la frente varias veces con el pañuelo; pensó que la noche tan emocionante y afortunada del señor Spiteller, y el alcohol que consumió, se abrían paso entre sus poros.
             Cuando el automóvil de Neuman paró frente a la casa, eran casi las seis de la mañana. Ambos hombres se despidieron con un apretón de manos. Bruno salió del coche y caminó hacia la entrada. Antes de abrir la puerta, se giró y vio como Neuman se alejaba. Imaginó que podrían estar vigilándole desde cerca.


7). Búsqueda fallida. 


               En Villa Cóndor, la residencia de los Spiteller, todos dormían a esa hora. Bruno dejó el maletín del dinero sobre la mesa del salón, se despojó de la chaqueta y la corbata y volvió a refrescarse la cara en el cuarto de baño. Viéndose ante el espejo, se sintió derrotado, abatido. Pensó que todo había sido inútil: el cambio de identidad, la barba, el pelo más largo, el arreglo de sus dientes, abandonar la actividad deportiva, el aumento de peso, renegar de su país, de su profesión, de sus ideas. Era consciente de que Simon Wiesenthal le había encontrado, que le entregaría a tribunales comprados por los judíos donde saldría a relucir todo su pasado. Y no estaba dispuesto a pasar por todo eso. Volvió al salón; tenía la camisa empapada y la mirada perdida. Subió las escaleras que conducían a la planta de arriba. En el fondo del vestíbulo de la misma, había colgado un gran cuadro. Spiteller caminó hacia él. Tras el lienzo se escondía una caja fuerte con varios documentos, algún dinero y un pequeño frasco. Lo cogió y volvió hacia abajo. Sus labios dibujaron una leve sonrisa antes de beber su contenido. En pocos minutos el cianuro ingerido, llevaba a Karl Wasser a la muerte.


               El reloj de la fachada del casino marcaba las seis y diez cuando su director entraba por la puerta. El local seguía con la misma actividad de antes. Todos comentaban la buena suerte de Spiteller. Al ver al director, Simon Wiesenthal se dirigió a él para despedirse. Le agradeció el apoyo prestado y lamentó que sus pesquisas no hubieran servido para encontrar a Karl Wasser en aquella ciudad. También le comentó a Neuman que su equipo de detectives, en la llamada telefónica que hizo, le informaron de un hombre con las características de Wasser visto en Tucumán. Debía seguir buscándolo; contrastar esa nueva pista.

Abandonaba Bariloche sin conseguir su objetivo.


© Ceferino Otálora (Mos)
Octubre de 2007

sábado, 23 de marzo de 2013

UNA ORILLA INUNDADA DE MÚSICA (17): LA PRIMAVERA, VIVALDI.

LA PRIMAVERA

El concierto nº 1 en Mi Mayor, RV. 269 más conocido como “La Primavera”  es uno de los conciertos para violín y orquesta que forman parte de “Las cuatro estaciones”. En  esta obra, publicada en 1726, Vivaldi introdujo en la partitura explicaciones escritas de aquello que describe mediante la música: el canto de los pájaros, los truenos…

Esta obra está compuesta para violín solista y orquesta barroca de cuerda: violines, violas y lo que llamamos el bajo continuo (línea de bajo que se extiende a lo largo de toda la pieza), formado por violonchelos, contrabajos y clavicémbalo. Consta de tres movimientos: 1º: Allegro, 2º: Largo, 3º: Allegro. Uno de los recursos compositivos de Vivaldi es la repetición de un estribillo, llamado ritornello. A continuación se presentan los tres movimientos de “la primavera”.
Primer movimiento: Allegro Con un sonriente tema de tres compases la orquesta anuncia la llegada de la primavera. Eco de este tema. Aparición del solista acompañado por un par de violines que imitan el canto de los pájaros. Luego, ondulantes figuras de dobles corches describen el agua brotando libremente de una fuente. Súbita aparición del solista sugiriendo una tormenta, nuevas exposiciones del tema con eco y fin del movimiento. La orquesta anuncia la llegada de la primavera. Aparece un solista al que acompañan otros dos violines que simulan el canto de los pájaros. Después podemos notar la descripción del agua que brota de una fuente. De pronto aparece de nuevo el solista sugiriendo una tormenta.
Segundo movimiento: Largo Sobre el verde campo y a la sombra de un frondoso árbol un pastor de cabras duerme una placentera siesta, cerca de él su perro ladra. En este movimiento la formula rítmica está a cargo de los violines, el ladrido del perro es remedado por la viola con dos notas repetidas: do-do….sol-sol. Ausencia de voces graves.

Tercer movimiento: Allegro (Danza pastoril) En el campo y bajo el cielo azul pastores y ninfas danzan gozosos por la llegada de la primavera. Musicalmente la escena se desarrolla sobre un compás de 12/8 con figuras rítmicas iguales para todas las cuerdas a excepción de las prolongadas notas largas de las cuerdas graves.

Información extraída del blog “En clave de niños”:
ANTONIO VIVALDI, músico veneciano nacido en 1678, fue el principal compositor del Barroco tardío y una de las figuras claves de la música clásica. Compuso más de 770 obras dentro de las cuales están 46 óperas y 477 conciertos.
Para más información os recomiendo pasar por Wikipedia:

Para acompañar esta entrada musical os dejo la reposición de estos haikus que escribí hace unas cuantas primaveras. Deseo que la primavera que ha llegado a este lado del mundo nos traiga ilusión y buenas vibraciones. Y que esas vibraciones lleguen a todos los amigos del otro lado del planeta.
Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras y la música.

HAIKUS ENCADENADOS DE PRIMAVERA
Coro de  trinos:
gorjean  los pájaros,
juegan los niños.

Niños alegres
bajo el cielo azulado.
Cerezos en flor.

Flor que despunta
dibujando colores.
Agua de nieve.

Nieve que funde,
sol, luz y calor, vida.
Intenso verdor.

Verdor que brota
por dentro y por fuera, sí.
Con savia nueva.

Nueva etapa
que sigue al crudo invierno.
Abro ventanas.

Ventanas, sueños,
mariposas que vuelan
ríos de tinta.

Tinta en mis manos
brotando sentimientos,
penas y dichas.

Dichas de marzo,
late abril, luce mayo:
Es primavera.

Primavera al fin.
Un torrente de letras
llega a mi orilla.

© Ceferino Otálora (Mos).
 21 de marzo 2011.

viernes, 15 de marzo de 2013

AL OTRO LADO DEL RÍO


Una vez más nuestro amigo Jorge del Nozal ha sido todo generosidad a través de su blog. A todo el que le haya enviado un poema o texto le ha obsequiado con el audio correspondiente donde él recita y da vida con su voz a nuestras palabras. Yo le envié dos poemas y él ha escogido “Al otro lado del río”.  Pinchad en el audio para escuchar el poema.
Gracias Jorge por este regalo que es único y sensible como tú.



 


“Al otro lado del río”, acrílico sobre tela. © Fermín Ramírez de Arellano.


    
                                AL OTRO LADO DEL RÍO

Te buscaré al otro lado del río,
el remanso del agua no contesta.
Pregunté a la lluvia, al sol, al frío
y siempre la callada por respuesta.

Aunque sé que existes, no te he soñado,
entre juncos cantabas aquel día;
en mi corcel leguas he galopado,…
¿dónde la hembra?, ¿y la melodía?

Árboles, piedras, orilla, sendero,
aguas cristalinas, campo de mayo
os lo ruego, decidle que la quiero.

Al otro lado del río me hallo,
vuelve otra vez mujer, aquí te espero
yo, tu gitano, la luna y mi caballo.

             © Ceferino Otálora (Mos). Septiembre de 2006.
                                   

domingo, 10 de marzo de 2013

TRES CITAS SOBRE LA LITERATURA



1. “La literatura nos puede llevar a todas partes, a condición de que empecemos a andar”
     ABEL F. VILLEMAIN (1790-1870). Escritor y político francés.

2. “La literatura es mentir bien la verdad”
     JUAN CARLOS ONETTI (1909-1994). Escritor uruguayo.

3. “La literatura está llena de cosas inútiles absolutamente necesarias”
   ROSA MONTERO (1951). Escritora y periodista española.


 Imagen tomada de: http://www.lavozdeutrera.com/wp/?p=7758

domingo, 3 de marzo de 2013

PACO ATÚN

Lo que nuestro compañero Paco tenía con el atún era una verdadera obsesión. Si no de qué un hombre de cincuenta años, casado y con dos hijos mayores de edad, se iba a presentar, en los días previos a las vacaciones de verano, con dos grandes atunes tatuados en los brazos y con las cuatro letras de su nombre insertadas en rojo en cada uno de los peces.
A todos nos había dicho en alguna ocasión que llevaba más de veinticinco años alimentándose básicamente de tal pescado azul: a diario una cucharada de aceite de atún en ayunas;  para comer y cenar un plato donde siempre dicha especie fuese el ingrediente principal. Consiguió  convencer a su familia de ingerir dicho alimento con la misma frecuencia que él, hecho totalmente constatable porque Paco solía traer porciones de empanada, tortilla, pastel, ensaladilla o cualquier otra vianda cocinada el día anterior a base de la susodicha criatura marina. Ni qué decir tiene que casi todas sus conversaciones giraban en torno a las propiedades y beneficios de tan preciado pez. En el colegio ya nadie desconocía  que los túnidos eran ricos en omega 3, altos en proteínas y bajos en grasas, que aportaban gran cantidad de vitamina B12 y otros nutrientes esenciales. Hasta los padres de los alumnos, cuando tenían alguna reunión con él, eran informados de las ventajas de alimentar a la familia con dicho pescado. Así que era obvio que toda la escuela le llamase Paco Atún, apodo que a él le llenaba de orgullo viniera de quien viniese.
Lo innegable es que Paco gozaba siempre de la mejor salud. Las analíticas que nos mostraba de vez en cuando con cierta arrogancia, no daban lugar a  error: todo, absolutamente todo, en los niveles óptimos para un hombre de su edad y eso, la verdad, nos fastidiaba bastante por tener que darle la razón; ¿y si tan buena salud se debiera realmente al atún? Fuera como fuese el caso es que varios  profesores fuimos imitando un poco, o bastante, sus  gustos alimenticios. Tanto era así que el bocadillo más solicitado por los docentes en la cafetería del colegio fue el de atún con pimientos. También fuimos cambiando gran parte de nuestros menús caseros, hecho que él alabó con grandes dosis de verborrea “atunera”.
El día en que se presentó tatuado con sus peces favoritos, nos informó exultante de su plan de vacaciones. ¿Dónde creéis que iría?, ¡¡¡a Zahara de los Atunes!!! Allí, tras unos días de descanso y playa con la familia, se enrolaría en algún barco pesquero  rumbo a la costa marroquí para ver de cerca a sus entrañables amigos. También dejó dicho que a la vuelta nos invitaría a un restaurante japonés donde podríamos deleitarnos con sashimi  de atún rojo, un plato exquisito a base de pescado crudo. En la última reunión del claustro de profesores hicimos toda clase de chanzas y burlas ante los tatuajes y planes de nuestro querido Paco.
A los pocos días de su partida nos llegó la trágica noticia: nuestro compañero había desaparecido en el océano. Consiguió, previo pago de una importante suma al patrón, acompañar en sus faenas a una docena de pescadores con rumbo a la costa africana. Cerca del continente encontraron un banco considerable de atunes que alegró el semblante y levantó el ánimo de los marineros. El pescador más veterano saludó a Paco efusivamente argumentando que les había traído suerte.
Nuestro compañero  no daba crédito al tamaño de algunas capturas. Se sentía tan pletórico como todos ellos; tanto que incluso se abrazó a un ejemplar enorme que se retorcía entre las redes que asomaban por estribor, el cual,  demostrando su fuerza, consiguió escapar de nuevo al agua.  Parece ser que Paco perdió el equilibrio por un golpe de mar inesperado y cayó tras él. En cuestión de segundos se hundió en las profundidades. Alguien insinuó que pudo haberse abalanzado libremente al agua. Lo lamentable es que nada pudieron hacer por su vida ni los pescadores ni los equipos de salvamento alertados por el suceso. Su familia insistió en la búsqueda del cuerpo para poder darle sepultura, pero todos los rastreos en días posteriores fueron infructuosos.

Ayer hizo un año de su desaparición. Varios  compañeros decidimos hacerle un homenaje y acudir  a un restaurante japonés para degustar el preciado sashimi que tanto nombraba. Al final, cuando ya estábamos brindando en su memoria, una voz airada de mujer tres mesas más allá y un gran revuelo, nos sobresaltó. Aseguraba que los trozos de pescado crudo de su plato tenían un color rosado muy extraño; que lo único rojo que tenían aquellos lomos de atún eran una P y una A pintadas en la superficie. Pidió al camarero con notable insistencia el libro de reclamaciones. Antes de abandonar el establecimiento pudimos oír a la enojada señora cómo vociferaba al maître en tono despectivo: “¡Qué desfachatez!, cobrar a precio de atún rojo de almadraba, un simple atún de piscifactoría”.

© Ceferino Otálora (Mos).Febrero 2013
Imágenes bajadas de internet. © Sus autores.