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domingo, 27 de enero de 2013

MATAR A ERNESTO

Miró por la ventana. Tenía que hacerlo; esa era la única solución a todos sus problemas. Sí, tenía que hacerlo, pero ¿cómo?, ¿cómo matar a Ernesto?

Los vecinos oían gritos y discusiones de vez en cuando. Decían que Isabel llevaba más de dos meses humillándole donde más le puede doler a un hombre cabeza de familia: en su dignidad masculina, en su amor propio. —Aquí sobras estúpido, estás perdiendo el tiempo. Pero si ni Roberto ni Efrén son hijos tuyos que me he acostado con otros mientras tú estabas trabajando; que lo sepas, pelele de mierda, que no vales ni para follar —le repetía continuamente entre risotadas.
Ernesto e Isabel vinieron de algún pueblo de  Extremadura hace cuatro años. Entonces ambos, rondaban los treinta y tantos. Él trabajaba en la construcción, a destajo; llegaba siempre tarde y, parece ser, ganaba mucho dinero. Ella sólo ejercía de ama de casa. Ponía a todas horas canciones de Isabel Pantoja, canturreaba y presumía de parecerse a ella. Muy pronto en el vecindario, se le empezó a llamar la Pantoja.
Al poco de instalarse llegaron los niños. Primero Roberto, luego, dos años después, Efrén. Y todo parecía ir bien entre la pareja. La verdad es que ninguno era demasiado sociable, al menos con los vecinos. El típico hola y adiós cuando te cruzabas con ellos en el portal o el hasta luego al salir del ascensor. Ernesto, de baja estatura, pelo rizado y castaño, de complexión fuerte y piel quemada por el sol, presentaba un aspecto bonachón aunque algo enmascarado por su timidez e introversión. Sin embargo Isabel, de estatura media, pelo largo y ojos negros, ancha de hombros y algo corpulenta,  siempre se mostró más decidida y vivaracha que él. Se podría decir que ella era la que llevaba los pantalones en esa relación. Y nunca mejor dicho porque la Pantoja, además de mandona y dominante, gustaba siempre de lucir pantalones y blusas sueltas o se plantaba un chándal y zapatillas para salir a la calle confiriéndole un aspecto poco femenino.
Los problemas en la pareja aparecieron con la llegada de Laura.

Laura, separada y con dos hijos, era una amiga de Isabel del mismo pueblo, con rasgos físicos muy diferentes a ella: más alta y más delgada, casi esquelética, pelo corto y teñido de rojo; casi siempre vestía ropa vaquera y le gustaba lucir grandes collares, pulseras y adornos como complemento. Solía salir maquillada sabiendo sacarle partido a su rostro del que destacaban sus grandes ojos azules. Con la llegada de su amiga, Isabel se mostraba más agradable y sonriente que de costumbre. Se las podía ver a las dos con sus respectivos hijos entrar o salir del edificio con mucha complicidad y como lo que eran: dos buenas amigas encantadas de reencontrarse.
Todo podría estar dentro de la normalidad si no fuese por los comentarios que se oían entre algunos vecinos. Al parecer, en una ocasión que Ernesto faltó casi un mes por trabajar con su empresa en la costa gaditana, ambas amigas dormían juntas en el mismo lecho. Los dueños del piso colindante comentaron que era una vergüenza lo que se oía a altas horas de la madrugada: jadeos, risas, gritos de placer exagerados entre las dos mujeres sin ningún pudor. Y cuando aquella situación se repetía con bastante asiduidad y les llamaron la atención, fueron despachados sin miramientos aduciendo que de puertas para adentro cada uno podía hacer en su casa lo que le viniera en gana. La actitud de las dos mujeres fue motivo de habladurías entre el vecindario y su comportamiento tachado de pecaminoso por la mayoría.
A partir de aquellos días a Ernesto se le podía ver llegar a casa tras volver del  trabajo y salir de ella, minutos después, con aire aún más taciturno. Hubo quien le vio más de una vez sentado en el rellano, fumando a altas horas de la madrugada sin atreverse a entrar en su propia casa. Otros, decían habérselo encontrado haciendo tiempo en los bares del barrio hasta que éstos cerraban. Es muy probable  que las dos amigas hicieran un frente común contra él intentando agotar su paciencia. Alguien se enteró que el bueno de Ernesto dormía últimamente en el salón; que apenas le dirigían la palabra y que, incluso,  le mostraban sus apetencias sexuales sin ningún rubor.
—Mira Ernesto, esto es lo que hay. Laura y yo nos queremos desde hace muchos años, ¿vale? Ella se fue del pueblo, se casó y ahí se acabaron mis ilusiones. Por eso me junté contigo. Y para callar la boca de las arpías que me tachaban de machorra. Pero ahora es diferente; a ella le ha ido mal en su matrimonio y aquí no nos tenemos por qué esconder. Lo mejor para todos es que nos separemos, que cojas la puerta y te vayas si no te gusta lo que ves. Es una tontería que te importe lo que digan en el pueblo; yo lo que digan me lo paso por aquí. A los niños los podrás ver cuando quieras, mejor dicho, cuando me venga bien a mí; no me des la vara con eso. Ah y otra cosa, los niños son tuyos so tonto. Sólo de pensar en acostarme con otro tío, me da asco. Anda, vete y date una vuelta. Y que sea larga guapo, que hoy es viernes y mañana no trabajas; piensa en lo que te he dicho y dame pronto una respuesta que estoy harta de tantas discusiones y la paciencia se me acaba. Qué, ¿ya vas a llorar? Si ya me lo decía tu hermana que eras un flojo. Venga vete y danos un tiempo antes de volver. —le aconsejó Isabel al tiempo que le abría la puerta invitándole a irse.
Esa noche las dos mujeres retozaron de nuevo en la cama, dando rienda suelta a sus instintos. Laura se quedó dormida instantes después; Isabel, algo inquieta, se levantó para buscar su paquete de Ducados. Miró por la ventana. Tenía que hacerlo; esa era la única solución a todos sus problemas. Sí, tenía que hacerlo, pero ¿cómo?, ¿cómo matar a Ernesto?
Amaneció el sábado y él aún no había vuelto. Isabel llamó a su móvil pero estaba apagado o fuera de cobertura. Tampoco apareció el domingo. Ambas amigas disfrutaron libremente y como quisieron del fin de semana.
         El señor Julio, vecino del quinto, llamó a la puerta del matrimonio a eso de las diez de la noche del domingo. Según relató, bajó a los trasteros del sótano para guardar la bicicleta de su hijo y notó un fuerte olor a putrefacto que provenía del trastero contiguo que era el de ellos. Cuando bajaron de nuevo e Isabel abrió la puerta del trastero, se encontraron a Ernesto colgado de una tubería que pasaba por el techo. Tenía la lengua fuera y desprendía un olor insoportable. La policía científica dijo que llevaba muerto desde la noche del viernes.
 Isabel y Laura, al día de hoy,  siguen viviendo juntas bajo el mismo techo. Es habitual encontrártelas por el barrio tranquilas, incluso alegres;  haciendo una vida de lo más  normal.


© Ceferino Otálora. (Mos)
Junio de 2010.
Imagen tomada de internet. © Su autor.

domingo, 20 de enero de 2013

HUMBERTO, BELÉN E ISABEL: TRES ENCUENTROS

Apreciados amigos blogueros, en los últimos treinta días he tenido la suerte de conocer en persona a tres de vosotros. Me estoy refiriendo a  Humberto Dib, Belén Rodríguez e Isabel Martínez Barquero.

A través del blog de Humberto, http://humbertodib.blogspot.com.es/ , supe que él viajaría desde Argentina hasta Europa y pasaría por Madrid. Intercambiando  correos, quedamos la tarde del 21 de diciembre en la Puerta del Sol para conocernos.
Humberto es un tipo genial que si me ganaba con el talento de sus relatos, más me ha ganado con su sencillez, respeto y conversación. Estuvimos en una cafetería cercana departiendo algo más de dos horas que se me hicieron cortas. Fue una charla amena sobre nuestros escritos, el mundo de los blogs, las personas que hay tras ellos; supimos de nuestras vidas y aficiones, hablamos de España, de Argentina, de seguidores comunes, de los peligros de la Red,... Los dos nos interrumpíamos porque queríamos hablar demasiado; apurar el tiempo sin dejar cabos sueltos (algo harto imposible en una sola tarde). Me dio muchos y buenos consejos y, sobre todo, me sentí escuchado con afecto. Terminé aquel encuentro con la sensación de haber conocido a un escritor brasileño, afincado en Argentina, muy valioso e interesante en muchos aspectos.

Belén Rodríguez fue una de las ganadoras en el reto METAMORFOSIS que planteé en el blog. Por ese motivo contacté con ella a través del correo para pedirle la dirección y poder enviarle el libreto con los textos recopilados de aquel reto. Así supe que éramos casi vecinos. Ni qué decir tiene que le llevé el libreto en persona y la sorpresa fue mutua porque nunca habíamos coincidido por el barrio. Tras ese primer encuentro en su portal, recibí un correo suyo donde me invitaba a reunirnos de nuevo, con nuestras respectivas parejas.
Ese nuevo encuentro ocurrió el pasado 26 de diciembre. Mientras los cuatro tomábamos unas cervezas distendidamente, Belén me habló de sus gustos literarios, de su predilección por la poesía, de su blog http://pueblopoeta.blogspot.com.es/ y, desde luego, por el amor que siente a su pueblo, Montesclaros, y sus aficiones entre las que hay que destacar el senderismo y todo lo que tenga que ver con la naturaleza. En su blog tiene colgadas varias fotos de plantas que, cuidadas con mimo por ella, florecen con una gran variedad de colores. Esa misma tarde nos dimos nuestros teléfonos y los dos sabemos que habrá más reuniones.

El último encuentro que cito fue el pasado viernes 18 con Isabel Martínez Barquero. Desde su blog http://elcobijodeunadesalmada.blogspot.com.es/, ha ido informando de las distintas presentaciones de su libro de relatos, LINAJE OSCURO, por varias ciudades de la geografía española. La tarde invernal de ese viernes tocaba presentarlo en Madrid.

El mítico Café Libertad 8 fue el lugar para tal evento. Tras entrar hasta el fondo del local y acomodarme en una mesa cercana a la tarima donde sería la presentación, busqué la presencia de Isabel. Estaba de espaldas a mí en una mesa contigua charlando con tres personas más (al poco me enteré que uno de ellos era su marido). Al dirigirme a ella se levantó de inmediato y soltó un “tú eres Mos, ¿verdad?” entre besos y una efusividad muy sincera. Más tarde pude comprobar su excelente memoria fotográfica: sabía perfectamente quien era cada uno de los presentes por el recuerdo que tenía de ellos a través de las fotos insertadas en los comentarios en su blog. Y a cada uno regalaba el mismo afecto sincero.


Creo que mi paisana Isabel se sintió entre amigos en dicho acto. Ella, en un ambiente distendido, nos leyó varios relatos del libro y todos nos quedamos con ganas de más. Hubo también una rueda de preguntas, en la que yo participé activamente, que Isabel contestó con mucha naturalidad. Recomiendo que os hagáis con su libro porque tiene historias muy impactantes y comprobaréis, sin dudarlo, que Isabel ha nacido para escritora.
Tendría mucho más que contar de estos tres encuentros porque me ha quedado un gratísimo recuerdo de los mismos. Me quedo con la sencillez de estas tres personas, su respeto, su talento y la calidez de sus palabras y sus abrazos.
Y eso, queridos míos, vale mucho en los tiempos que corren.
Un abrazo para todos desde esta orilla que es de todos vosotros.
Mos.


domingo, 13 de enero de 2013

HISTORIAS DE LOLA (Reposición)


Mi vecina Lola no tenía ni idea de internet ni de los chat, pero poco a poco le fue picando el gusanillo de la curiosidad y ahora es una experta informática. Todo comenzó en Kaliyuga, la tienda hindú de su amigo Manuel, donde acudía desde hace varios meses para ayudar en la contabilidad del pequeño comercio. Pasaba las tardes tomando té, entre aromas de incienso, música de relajación y largas parrafadas. El bueno de Manuel, de cincuenta y pocos años, se conectaba a la red de vez en cuando por si sonaba la flauta por casualidad. Lola, de verle, fue cogiendo el truquillo a todo aquello que le ofrecía el ordenador y los “chateos” y una calurosa tarde de verano que se quedó sola en la tienda, se metió en el mismo chat que entraba Manuel. Conectó con una simpática separada de su misma tierra natal, Murcia, que, a través de otros sucesivos encuentros furtivos por la red, le brindó la oportunidad de pasar unos días con ella en un apartamento alquilado en La Manga.
Ella, ni corta ni perezosa, accedió a visitarla. Sería una forma barata de estar en la playa y pasar unos días de vacaciones con poco dinero. Mi vecina Lola tiene un físico muy peculiar. Debido a un desequilibrio hormonal, unas alergias extrañas y otras enfermedades que padece, se atiborra a medicamentos los cuales le confieren un aspecto hinchado, sobretodo en el abdomen y en la cara. Ya un día Inocenta, la cotilla del octavo, le preguntó si estaba esperando un bebé. “¡Qué bebé ni qué ocho cuartos!, si ni siquiera tengo novio. Tengo retención de líquidos y grasa acumulada en la tripa por culpa de tanta pastilla como tomo. ¡Tiene usted unas cosas!”, le recriminó con desaire. E Inocenta, la detective de barrio, se tuvo que morder la lengua una vez más.
Pero Lola, aunque pronto cumpliría los cuarenta, era consciente que parecía una embarazada de, digamos, unos siete meses o más. Difícilmente podría ligar en la playa con esa pinta. Pero estaba decidida a hacer aquel viaje; al menos ligaría bronce en su piel blancucha. Reservó los billetes de ida y vuelta en el Talgo de Cartagena para emprender al día siguiente la partida.
Miró su raquítico fondo de armario y guardó en la maleta sus prendas más atrevidas, algo informal, algo de fiesta, algo de bisutería y algún preservativo por si acaso; sus cremas, sus perfumes de imitación, sus mejores sujetadores y algún picardías. Todo lo que una auténtica mujer coqueta pudiera servirle para seducir. Estaba ilusionada; fue a la peluquería y se plantó unas mechas rubias que le hicieran más joven. Cuando faltaba una hora para salir le entró uno de sus ataques de pánico. El miedo le hizo pensar que tal vez era muy atrevida en irse a conocer a alguien con quien sólo había intercambiado unos pocos correos electrónicos, unas cuantas llamadas y poco más. Superada la primera fase de temores, decidió seguir adelante. Al fin y al cabo, sus tíos, sus primos y una abuela vivían en Murcia y siempre podría visitar a su familia. “Nunca he sido una cobarde”, se dijo mientras cerraba la puerta de su casa.
La aventura empezó mal en el viaje de ida. A su lado tenía a un agradable señor de unos cuarenta y pocos años muy apuesto y educado. Sentía cierto cosquilleo con aquel acompañante tan atento que le invitó a tomar algo en la cafetería. Lola no paró de hablar y hablar con cierto nerviosismo en casi todo el trayecto. Veía posibilidades de llegar a algo más con su atractivo compañero de viaje, que apenas había abierto la boca en todo el camino. Cuando faltaba poco para llegar a Cartagena, le echó valor y le dio una tarjeta con su dirección y teléfono por si podían verse en Madrid a la vuelta. A lo que él contestó “Con mucho agrado cogeré su tarjeta, señora (lo de señora ya no le gustó). Soy párroco de la iglesia de San Antonio en Bravo Murillo; me ha parecido una persona muy interesante y no me importará volver a verla cualquier día por mi parroquia y que pueda colaborar con nosotros voluntariamente en alguna actividad”. “¡Tierra, trágame –pensó ella-. Vaya ojo que tengo con los hombres!”.
Al bajar del tren, se encaminó a la estación de autobuses y sacó el billete para La Manga. No tenía ni idea en qué parte tenía que apearse; su móvil estaba sin batería y no se sabía de memoria el teléfono de su amiga. Le volvió a entrar el pánico; ¿le habrían gastado una broma? Recordó que su anfitriona le comentó algo de bajarse cuando viera no sé qué fuentes. A las siete de la tarde estaba bajo un sol abrasador en una solitaria parada de autobús, presa de un nerviosismo incontenible al no ver a nadie esperándola. Poco después, se acercó una mujer con una niña de unos dos años. Era ella, Isabel, la desconocida del chat.
Según me contó, pasó una semana inolvidable: días de playa tumbadas al sol, aperitivo en el chiringuito, comiendo y cenando fuera, tardes de piscina, noches de terraza y algún que otro bailecito; pero de ligar nada. Volvía con la cuenta corriente haciendo aguas, pero con un color tostado envidiable.
El último día de su estancia allí tenía todo controlado para su regreso. Todo menos el sopor que les entró después de una copiosa comida que las obligó a echarse una tranquila siesta. Siesta que hizo que perdiera el autobús de vuelta a Cartagena. Y lo peor es que no podía quedarse porque era también el último día de su amiga en los apartamentos. Así que llamó a un taxi y tuvo que pedirle sesenta euros prestados a Isabel para tal imprevisto.
El conductor era un taxista esmirriado a punto de jubilarse; un asalariado que conducía un flamante Mercedes. “Por favor, corra todo lo que pueda. A la estación de Cartagena. No puedo perder el Talgo de Madrid”. El pobre hombre hacía lo que podía, corría, sí, pero con precaución y un poco agobiado, tal vez por no dañar el flamante coche y sufrir la consiguiente regañina de su jefe. Lola estaba histérica viendo como avanzaban las manecillas del reloj entre tanto atasco. “¡Que no llego, que no llego!”, repetía entre gritos. El hombre sudaba como nunca en aquella tarde de agosto a pesar de tener el aire acondicionado puesto. La desesperación de aquella “loca” le violentaba. “¡Señora, cállese ya joer que vamos a tener un accidente!”. Al llegar le pagó la carrera y le arreó veinte euros más por ayudarle con los bultos hasta el tren; en total ochenta euros. El tren efectuaba su salida a las 18.30, desde la vía 3. Cuando entraron en dicho andén, el convoy iniciaba su marcha. Lola y el servicial taxista emprendieron un sprint final cargados con un maletón con ruedas, un neceser y una bolsa de viaje repleta y pesada. Los dos corrían con la lengua fuera a toda prisa. Ella gritó desesperadamente “¡detengan el tren, detengan el tren!”. El jefe de estación se percató, a lo lejos, de aquellos dos individuos y, algo asustado, desplegó el banderín rojo que hizo que el tren frenara en seco su marcha. Lola abrió como pudo la puerta del último vagón y lanzó el equipaje al interior. Entre jadeos y la respiración entrecortada dio un par de sonoros besos al taxista y al jefe de estación que se acercó para ayudar. Hasta allí acudió también el interventor del tren, que cerró la puerta e intentó calmar a aquella pasajera tan sofocada, tan colorada que parecía que iba a estallar. Viendo su estado de avanzado embarazo le acomodó en primera clase y cargó con su equipaje. Le dijo que no se preocupara de nada y pidió una tila doble para calmar a tanto manojo de nervios con forma de mujer preñada que tenía ante él.
Pasados varios minutos, Lola no pudo menos que sonreír. “Por los pelos”, pensó. Poco a poco fue recobrando la normalidad. Le pareció interesante ver la película que iban a poner en el tren. Era de su actor preferido, Tom Cruise, “Misión Imposible”; “para misión imposible la mía” espetó con un fuerte suspiro. El interventor le obsequió con una apetitosa merienda y, de vez en cuando, aparecía para interesarse por ella. “Señora no debió darse esa carrera en su  estado. Sólo faltaba que se pusiera de parto en pleno viaje”. Ella siguió el juego de su embarazo, insinuando alguna molestia. No le faltaron los agasajos, las bebidas, más tila,...incluso apareció una caja de bombones que ella no desdeñó. Es más, a la llegada a Madrid, el amable interventor quiso acompañar a Lola hasta la parada de taxis cargando otra vez con el pesado  equipaje. Mi vecina puso una excusa absurda para no coger ninguno y despedir al jefe del tren en la misma parada. En realidad, según me dijo, le quedaban sólo cinco euros en el bolso. Cuando el uniformado agente desapareció, se dirigió a las taquillas de cercanías para sacar un billete hasta Orcasitas. Llamó a Isabel para decirle que todo había salido bien y que ya estaba en Madrid; que cuando cobrara le mandaría sus sesenta euros. Puso cara de circunstancias y consiguió que un joven, bastante cachas, le ayudara  con sus pertenencias hasta el andén de su nuevo tren. Con su aspecto y algo de teatro, le cedieron el asiento en un tren de cercanías que iba abarrotado. Desde entonces, explota su falso embarazo cada vez que le apetece sentarse en los transportes públicos. Conociéndola, no me extraña en absoluto. En fin, son historias de mi vecina Lola alguien muy particular pero adorable. Hay muchas más anécdotas de ella que os podría contar. Tal vez en otra ocasión. Siempre que, claro está, vosotros queráis escucharlas.

 ©  Ceferino Otálora Rubio (Mos).

                    Febrero-Marzo de 2005

                    Imágenes tomadas de Internet.

domingo, 6 de enero de 2013

DESIDERATA (Max Ehrmann)



Camina plácido entre el ruido y las prisas
y recuerda la paz que puede haber
en el silencio.
En cuanto sea posible, y sin rendirte,
llévate bien con todas las personas.
Di tu verdad de una manera serena y clara
y escucha a los demás,
incluso al torpe e ignorante;
también ellos tienen una historia que contar.
Evita a las personas ruidosas y agresivas,
son vejaciones para el espíritu.
Si te comparas con los demás,
puedes volverte vanidoso o amargado,
pues siempre habrá personas
mejores y peores que tú.
Disfruta de tus éxitos
lo mismo que de tus planes.
Conserva el interés en tu profesión
por humilde que esta sea;
es una posesión real
en los turbulentos cambios de la fortuna.
Sé precavido en los negocios
porque el mundo está lleno de astucias.
Pero que esto no ciegue tus ojos
ante la virtud que existe:
muchas personas luchan por altos ideales
y en todas partes
la vida está llena de heroísmo.
Sé sincero contigo mismo,
sobre todo, no finjas afecto.
Tampoco seas cínico con el amor
porque, ante la aridez y el desencanto,
es tan perenne como la hierba.
Acepta dócilmente el consejo de la edad
y renuncia con elegancia
a las cosas de la juventud.
Nutre la fortaleza de tu espíritu
para que sea tu escudo
ante la desgracia inesperada.
Pero no te turbes con negras fantasías;
muchos temores nacen
del cansancio y la soledad.
Más allá de una sana disciplina,
sé tolerante contigo mismo.
Eres una criatura del universo,
no menos que los árboles y las estrellas,
tienes derecho a existir.
Y tanto si lo ves claramente como si no,
el universo evoluciona tal como debe.
Por lo tanto, vive en paz con Dios,
no importa cómo Lo concibas;
y sean cuales sean tus afanes y aspiraciones
en la bulliciosa confusión de la vida,
vive en paz con tu alma.
Con todos sus fraudes,
su rutina y sus sueños rotos,
éste es un mundo hermoso.
Sé alegre. Lucha por ser feliz.
                             Max Ehrmann (1872-1945)