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miércoles, 19 de diciembre de 2012

AQUEL NIÑO

Queridos amigos visitantes: Deseo que estas Navidades sean alegres y entrañables para todos vosotros. Espero que el 2013 sea también un año con más alegría y bienestar para nuestros paisanos y para el resto del mundo. Que la ilusión, los sueños y todos nuestros proyectos se hagan realidad.
Os dejo el primer relato que escribí. Fue en un taller literario al que me apunté en 1994. Llegué cuando ya llevaban dos meses escribiendo y Nora, la profesora argentina, me dijo que escribiera lo primero que se me ocurriera. Aún hoy recuerdo el gesto emocionado de aquella excelente mujer cuando lo leyó, gracias al cual puede que hoy siga escribiendo historias.
¡Fuerza, amigos!
Mos.

AQUEL NIÑO

    Han pasado ya varios años desde entonces y aún recuerdo aquellos ojos. Aquellos ojos tristes que me miraban; que miraban mis manos cargadas de bolsas con juguetes y regalos.
       Eran los ojos de un niño de unos seis o siete años. Mendigaba arrodillado en la Puerta del Sol, en una de sus amplias aceras, con un cestillo que contenía algunas monedas y un cartón escrito que decía: " Soy huérfano. Tengo hambre. Ayúdame.".


   La plaza era un hervidero de gente. Yo era uno más entre aquella multitud con prisas. Múltiples bombillas de colores saturaban de luz las retinas de los transeúntes. Conocidos villancicos sonaban por todos los rincones, llenando el aire de alegres melodías navideñas. Me detuve por un momento ante él; solté las bolsas, busqué en los bolsillos y deposité unas monedas en el cesto. Fue un instante fugaz y eterno a la vez. Sus ojos desdichados se cruzaron con los míos, traspasaron mi retina...Me acordé de mis hijos.
      Cogí una de las bolsas y revolví en su interior. "Este le gustará"- pensé, mientras soltaba entre sus manos infantiles uno de esos robots mecánicos de infinidad de piezas.
     "Gracias señor, feliz Navidad", me dijo con una amplia sonrisa; después me fui.
       Olía a castañas asadas y a lo lejos se oían panderetas. Las gentes se agolpaban en los semáforos para cruzar; por las bocas del metro subían y bajaban decenas de seres humanos con bufanda; un gran abeto, vestido de navidad, presidía el lugar en aquella tarde ya anochecida. Antes de salir de allí quise contemplar al pequeño. Un inocente, ajeno a todo, jugaba entusiasmado con su robot.

© Ceferino Otálora (Mos). Diciembre de 1994.
Imágenes tomadas de Internet.

domingo, 16 de diciembre de 2012

SONETO DE NAVIDAD (EN CRISIS)




SONETO DE NAVIDAD (EN CRISIS)

Las felices y blancas Navidades

se tornarán grises sin pretenderlo:

penurias, desahucios, calamidades,

despensas vacías sin merecerlo.

Juro que intento  ser más optimista

pero no puedo con tanto recorte;

para mí que a este gobierno clasista

ni tú, ni yo, ni el pueblo ya le importe.


El Niño Jesús nació en un pesebre,

hace de esto ya más de dos mil años.

Dudo que si regresa lo celebre

con tanta pobreza sin aledaños.

Hoy, ya ves, mis versos no son de orfebre:

culpa de la crisis y los escaños.


©Ceferino Otálora (Mos). Diciembre 2012.

Viñeta tomada de Internet.

martes, 11 de diciembre de 2012

TRES CITAS SOBRE LA CULTURA



1) “Lleva tu cultura discretamente, como llevas el reloj en el bolsillo, sin sacarlo a cada instante para demostrar que lo tienes. Si te preguntan qué hora es, dilo; pero no lo proclames continuamente y sin que te lo pregunten, como hace el sereno”

LORD CHESTERFIELD (1694-1773). Estadista y diplomático inglés.

2) “Sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe…Sólo la cultura da libertad…No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamiento. La libertad que hay que darle al pueblo es la cultura”
MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936). Filósofo y escritor español.

3) “Cultura es lo que queda después de haber olvidado lo que se aprendió”
ANDRÉ MAUROIS (1885-1967). Escritor francés.

martes, 4 de diciembre de 2012

EXTRAÑO


       Los primeros rayos del sol le despertaron súbitamente. Carlos Rivas abrió los ojos aturdido, acompañado de una molesta jaqueca. Al incorporarse de la cama sintió algo que mojaba sus pies. Una botella de whisky, medio derramada, yacía junto al lecho acompañada de un cenicero lleno de colillas. Sintió náuseas por el ambiente tan cargado que se respiraba en la estancia y abrió las ventanas. La luz cegadora que invadió el lugar hizo más pronunciado su dolor de cabeza. Pero necesitaba ventilar la buhardilla, el lugar donde vivía desde hacía tres años. Le costó reaccionar ante tanto desorden. Él siempre había sido muy cuidadoso; sin embargo, ahora su hogar aparecía irreconocible: varias botellas vacías de vino, de whisky, una taza de café volcada sobre la mesa junto a decenas de fotos desperdigadas, un plato de pasta ya reseca sin probar; el televisor encendido aunque silenciado, varios estantes de la librería con los libros revueltos.
Con paso inseguro se dirigió al cuarto de baño; mientras orinaba se preguntó cuántos días llevaba así. Después se miró en el espejo. Fue  entonces cuando se percató que había dormido sin desvestirse. Su rostro mostraba un aspecto tan lamentable como la estancia: amplias ojeras, barba de cuatro o cinco días, y un hematoma multicolor en una de sus sienes. Eso le hizo recordar el accidente automovilístico que sufrió hace unos días y del que salió milagrosamente ileso.
Volvía de Segovia a altas horas de la madrugada, agotado después de una jornada intensa de trabajo. Carlos era fotógrafo profesional, trabajaba para una revista de viajes. Esa noche cenó copiosamente con unos amigos y terminaron la velada en un bar de copas. Ya de vuelta hacia Madrid la digestión, el alcohol y el cansancio hicieron que cerrara los ojos por unos segundos y perdiera el control de su coche. Colisionó contra un robusto árbol en un fuerte impacto. Recordando el suceso pensó en la suerte que había tenido por estar vivo, a la vista de cómo había quedado el Golf. “Aunque viendo todo esto y la pinta que tengo, se ve que me ha afectado más de la cuenta”-se repetía a sí mismo.
Eran poco más de las siete de la mañana en el reloj  de su muñeca cuando abría el grifo del lavabo e intentaba despertarse del todo. Volvió a mirar el caos que reinaba en la buhardilla. Aquella situación extraña debía terminar; ni siquiera tenía noción del tiempo. Su móvil tenía la batería descargada y se le ocurrió mirar el teletexto para enterarse en qué día vivía. Sábado, 13 de mayo de 2006, 7 horas 12 minutos. El día se presentaba soleado y limpio desde lo alto, desde su buhardilla en pleno barrio de Salamanca. Tenía todo una jornada por delante para disfrutar. Pero antes tenía que devolverle a aquel “antro” la apariencia acogedora que siempre tuvo; por eso, tras poner a cargar el móvil, se dispuso a limpiar y hacer desaparecer el desorden acumulado.
Hacer de aquel sitio un lugar habitable le llevó más de dos horas, tiempo en el cual su jaqueca fue mitigando. Después se lavó los dientes para quitarse el regusto a resaca, se afeitó y se dio una tonificante ducha. Más tarde se aplicó una ampolla antifatiga que suavizó los rasgos cansados de su rostro. Sonrió ante el espejo mientras se peinaba al verse con mejor aspecto. Cogió ropa informal del armario y organizó todo lo necesario que debía llevar en su bolso. El móvil ya estaba cargado; lo encendió. Le pareció extraño que no tuviera ninguna llamada ni mensaje de los últimos días. “Mejor, así podré disponer de este sábado para hacer lo que quiera”-pensó. Volvió a mirar el paisaje que se divisaba de la capital desde lo alto.
  Madrid estaba radiante en aquel día primaveral. Eso le hizo preparar su Leica; imaginó que podría presentarse una instantánea maravillosa en cualquier momento, digna de ser fotografiada por unas manos expertas como las suyas. Tras asegurarse que llevaba encima todo lo necesario, abandonó su domicilio.
Ya en la calle, fue hasta la cafetería más cercana para desayunar. Volvía a ser el Carlos jovial y dispuesto de siempre. Reposó el desayuno echándose un placentero cigarrillo. Dudaba qué hacer, hacia dónde dirigirse; no quería llamar a nadie ni pasarse por la editorial. “Visitar el Retiro puede ser un buen comienzo, -arguyó-, siempre podré disparar alguna foto”. De nuevo en la vía pública, paró a un taxi que le llevó hasta la entrada principal del parque. Le encantaba aquel pulmón verde de la ciudad; se conocía perfectamente todos sus rincones recogidos en decenas de instantáneas.
Allí se encontró con ella. La joven miraba las aguas tranquilas del estanque; observaba las parejas que remaban en las barcas y las carpas que devoraban ferozmente todo lo que les echaban los paseantes. Serena, apoyada en la barandilla metálica que rodea al lago, algo ausente; una mujer con  ojos rasgados de un verde intenso,  labios carnosos y una  melena larga de cabellos dorados con una figura muy fotogénica. Carlos notó que algo extraño, que no sabría explicar,  le atraía también de aquella joven. Tal vez por eso optó por presentarse e intentar convencer a la chica que posara para él. Ella, tras las primeras dudas, accedió con una sonrisa ante la frescura tan persuasiva de él. Después de dos o tres fotos siguieron charlando más relajadamente; intercambiando información. Así Carlos supo que se llamaba Desiré, que era estudiante de arquitectura, que tenía veintidós años y que no tenía novio (eso le llevó a pensar que era perfecta para él, que llevaba sin pareja mucho tiempo). Aquella joven estaba despertando todos sus sentidos. Las conversaciones, entre foto y foto, eran cada vez más fluidas e interesantes aunque, a veces, notaba que Desiré rehuía ciertos temas.
Recorrieron el parque buscando los mejores lugares donde inmortalizarla. Carlos procuraba sacar el mejor partido con la luz de aquel soleado sábado y la belleza de la atractiva chica.
Cuando llegaron al palacio de Cristal ella le hizo una foto a él. Siguieron caminando, sonriendo, haciendo fotos, hablando de ellos. Carlos, veintisiete años, soltero, fotógrafo profesional, viajaba mucho por todo el país, ¿el hematoma?, por un accidente que sufrió hace unos días. La joven prefirió que no contara los detalles del suceso y le pidió que fueran a tomar algo para descansar de tanta caminata. Se sentaron en la terraza del kiosco más próximo y se bebieron dos jarras de cerveza entre decenas de sonrisas y miradas seductoras.
A la una y veinte Carlos pagó la consumición y se excusó un momento para ir al servicio. En el aseo tuvo la idea de invitar a comer a la chica y proseguir con ella toda la tarde. Estaba convencido que la belleza rubia también se sentía algo atraída por él.
Cuando volvió a la mesa ella no estaba. Miró alrededor y no la vio. En la mesa había una nota: “Tengo que irme. Lo siento. Llámame luego. 645 456 645. Desiré.” No entendía nada; quizá fuera una broma. Insistió en buscar a la joven por las cercanías del kiosco. Ni rastro de ella; marcó en su móvil el número apuntado. “El teléfono marcado está apagado o fuera de cobertura en este momento. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde”. Todo era muy extraño.  Por más que repasaba en su memoria las conversaciones mantenidas, no encontraba nada que hubiera podido molestar a Desiré. Se preguntaba el porqué de esa huida. Ella no tenía su número de teléfono, ni él su dirección; dependía por completo de las nueve cifras anotadas en el papel. Aunque incluso, en ese instante, dudaba que realmente fuera suyo dicho número.
Cayó en la cuenta que, con su cámara, había plasmado varias imágenes de esa mujer tan bella como misteriosa. Volvió a marcar el número. Tenía que explicarle la escapada tan absurda de apenas hace unos minutos. Nada, otra llamada sin éxito.
Deambuló desconcertado hasta la salida principal del recinto, sin verla. A pocos metros de la Puerta de Alcalá paró a un taxi para dirigirse hasta el estudio alquilado que tenía en la calle Hermosilla. Allí tenía montado el laboratorio donde pasaba largas horas de trabajo. Quería revelar cuanto antes el carrete que su cámara había usado para retratar a aquella extraña mujer. Se impacientó esperando el revelado.
 No había duda, la película mostraba varias imágenes de una figura femenina. En papel de tamaño 13 x 18 pasó, una por una, todas las instantáneas. Ya impresas, confirmaron toda la belleza cautivadora de la enigmática Desiré. Eran veinticinco fotos de ella y una de él. Las guardó en un sobre y dejó el estudio más  aturdido que antes. Eran las cuatro de la tarde; caminó hacia su buhardilla bajando por la calle Conde de Peñalver, revisando en su mente todos los acontecimientos de aquel extraño día. Fumaba aspirando violentamente el humo, incapaz de entender la situación. Antes de llegar a su calle, Juan Bravo, estuvo a punto de ser atropellado por ir absorto y cruzar sin mirar.
Ya en el inmueble, se dejó caer sobre la cama. No tenía apetito a pesar de no haber comido nada. Tampoco recordaba cuándo fue la última vez que comió. Intentó calmarse cerrando los ojos. Llamó de nuevo; el teléfono seguía desconectado. Cogió la botella de whisky que había quedado por la mitad  y bebió y fumó contemplando las fotos. “¿Dónde estás, dónde estás?”, se repetía una y otra vez. Pasaron las horas; poco a poco se durmió. Hasta que un golpe de aire provocó un portazo y volvió a despertarse. El cielo, cubierto de nubes grises, presagiaba tormenta. Eran casi las siete de la tarde; estaba algo desorientado. Contempló la botella vacía; había vuelto a beber demasiado. Cerró las ventanas. Necesitaba otra ducha. Se desnudó. No podía olvidarse de la belleza rubia de labios carnosos que ni siquiera besó. Se miró otra vez en el espejo. No se había percatado anteriormente de los cardenales y la marca ancha de sangre recogida que cruzaba su pecho. Intuyó que era la marca del cinturón de seguridad provocada por el accidente. Pero no sentía por ello ninguna molestia.
Alcanzó el móvil y volvió a llamar. ¡Esta vez sí daba señal de llamada!  Los pitidos se hicieron eternos. “Cógelo, vamos,  cógelo”, pronunció en voz alta.
-“¿Eres tú Desiré, qué ha pasado?”
- “Perdóname Carlos por irme sin darte explicaciones.”
- “¿Dónde estás? Tengo tus fotos. Todo parecía perfecto            
    esta mañana.”
- “¿En el cementerio de la Almudena?, ¿ha ocurrido
    algo?
La joven parecía angustiada. “Ven por favor. Necesito que vengas”, escuchó Carlos de una  voz entrecortada y débil.
-“Tranquilízate. Dime exactamente dónde estás.” Desiré parecía estar llorando. El joven estaba incómodo por no poder hacer nada por consolarla. Cogió bolígrafo y papel y anotó impaciente.
-“Entrada sur, sección 11, calle H, nicho 130. Gracias Carlos”. Y colgó.

Carlos buscó ropa limpia en el armario. Se vistió deprisa, terminó de asearse y llamó a otro taxi. Antes de bajar al portal, metió las fotos en el sobre, se colocó el bolso en bandolera y cogió un paraguas. La tarde se oscureció por completo. La tormenta descargó en pocos minutos; primero granizó, luego llovió copiosamente. Cuando distinguió al taxi salió del portal, le indicó el destino y la entrada requerida. En poco más de quince minutos estaba en el cementerio. Continuaba lloviendo.
Mientras buscaba la sección 11, fue amainando la tormenta y pudo plegar el paraguas. El sol se abría paso tímidamente entre las nubes. El lugar era inmenso. Nunca le gustó ningún camposanto pero necesitaba aclarar varias cuestiones con Desiré. Se fue acercando, calle F, calle G, calle H, desde lejos vio a la rubia mujer. Estaba sola, sentada en un banco. Con paso más enérgico avanzó hacia ella. La joven, empapada por la lluvia, gemía llorosa. Carlos posó las manos sobre sus hombros para intentar tranquilizarla.
- “¿Qué ha pasado? Vámonos, tienes que cambiarte. Seguro que aquí ya no puedes hacer nada”. Ella le miró mientras enjugaba las lágrimas que brotaban de sus verdes ojos.
- “Lo nuestro es imposible. Tienes que aceptarlo. Incluso esperaba que no me hubieses llamado. Así, yo también me olvidaría de ti.”. Él se sentó a su lado; no entendía nada de lo que escuchaba. Pensó que Desiré estaba demasiado afectada por algo y de ahí ese comportamiento un tanto extraño.
- “Nada es imposible si tú y yo estamos juntos”, dejó escapar Carlos de sus labios con una voz cargada de ternura. Ella no respondió. Él levantó la vista hacia la extensa pared de nichos. Estaba inquieto entre tanto muerto. La fila que tenía delante terminaba con el nicho 110. Por lógica, el nicho 130 estaría situado a la derecha, algo más allá. Carlos se preguntaba qué hacían allí, solos, en silencio. Era una situación absurda que intentó romper:
- “He traído las fotos. Estás maravillosa”, añadió. La chica permanecía callada. Estar así era muy embarazoso para el joven. “Y dime, ¿quién está en el  130?, ¿se trata acaso de alguna amiga?, ¿de algún familiar tal vez?”. Carlos sacó un cigarrillo mientras esperaba alguna respuesta. Desiré  se limpiaba las lágrimas sin responder. Él comenzaba a agobiarse; se levantó del banco después de acariciarle una mano. Estaba fría. Tiró la colilla con un fuerte impulso, casi con rabia, y decidió acercarse hasta el nicho 130 para saber a quién correspondía.
Cuando se estaba aproximando a él, volvió la vista atrás. Desiré había desaparecido de nuevo. Le pareció una broma de mal gusto. Empezaba a cansarse de aquel juego macabro. Retrocedió al principio de la calle H. No había nadie por allí ni en los pasillos cercanos. “¡Desiré, ya vale!”, gritó enfurecido mientras retornaba hacia el 130. Encendió otro cigarrillo y sacó las fotos del sobre. No daba crédito: las fotos estaban en blanco. Ninguna imagen existía sobre el papel. “Esto es imposible. Voy a enloquecer”, se repetía en su cabeza. Estaba desconcertado; todo era demasiado extraño. Creyó  oír la voz de Desiré desde el interior de aquellas paredes diciéndole “ven conmigo”, justo allí, frente a la losa del 130. Leyó la placa con ojos desorbitados. Al instante palideció:

                 Carlos Rivas Manzaneda
                    Madrid 11- 02 -1979
                Guadarrama 09 – 05 -2006
                              D. E. P.

De su garganta salió un alarido espantoso, que retumbó en toda la calle mortuoria mientras era engullido por un nicho entreabierto.
                                     **************************
Un vigilante de seguridad pasó por allí varios minutos más tarde haciendo la ronda rutinaria. Se acercaban las 8, hora del cierre, y siempre había que avisar a algún rezagado. Cerca del nicho 130 recogió un sobre abandonado en el suelo. Miró en su interior. Eran fotos de una joven muy atractiva; en una  aparecía un chico. Estaban tomadas en el Retiro y juraría que estaban hechas por un profesional. Se imaginó lo feliz que sería quién tuviera la suerte de estar esa noche con aquella rubia. “Tal vez esté con este tipo”, pensó, mirando la foto de Carlos. Luego dobló la esquina. Una vez más terminaba su jornada con absoluta normalidad aunque, a decir verdad, le pareció ver a la joven de las fotos hablando con una anciana a las puertas del cementerio. Durante unos segundos cruzó sus ojos con los de ella. Algo extraño le hizo estremecerse y bajar la vista. Acto seguido dejó el sobre  en la caseta de información por si alguien lo reclamaba. Prefirió olvidar aquella sensación y disfrutar del fin de semana que tenía por delante.

© Ceferino Otálora (Mos).
   Abril de 2006.
* Imágenes tomadas de Internet.