VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

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viernes, 30 de marzo de 2012

VERSOS PARA UN POEMA INACABADO

En la orilla de las palabras

hay un aprendiz de las letras

intentando concebir el mundo

en un poema.

Le advierto de tan ardua tarea

mientras él,

obstinado alumno de las musas,

recorre los rincones del pasado

(y los sucesos más recientes),

para esclarecer,

en un puñado de versos,

todos los enigmas sin resolver

de esa especie llamada hombre.

El reloj avanza descontando minutos

a esta tarde festiva de marzo.

Las estrofas, no. Francamente,

prefieren vestirse de metáforas idílicas,

de vocablos sensuales y bellos adjetivos

antes que de ridículas explicaciones

de este mundo inhóspito

en el que nos movemos los humanos.

Y se lo hacen saber al individuo,

ese ingenuo soñador idealista,

tomándose la tarde de asueto

con un tal, ¿cómo le llamaron?, numen.

Está bien, lo acepto, tal vez me excedí

pretendiendo construir una pirámide

de versos existenciales

cual poderoso faraón literario,

le oigo decirse con arrepentimiento.

Vuelve pues a la realidad,

a su modesto habitáculo de hojas escritas

con palabras invisibles esperando,

como tantas veces,

que tengan a bien manifestarse.

El hombre de la orilla parece abatido,

se levanta del asiento con las manos vacías.

Mañana, puede que mañana todo fluya

si se despierta el poeta que vive en él.

Entonces los dos, fundiendo sus almas

y henchidos de júbilo,

vestirán de versos  inmaculadas hojas;

estas que, otrora, lucían hermosas

engalanadas con bellos poemas.

Estas que, ahora, solo bostezan

a un escritorio yermo de primavera.


© Ceferino Otálora (Mos). Marzo 2012



martes, 27 de marzo de 2012

TRES CITAS SOBRE LA GRANDEZA HUMANA



1.) "Que es difícil, te lo juro,  ser como el
        arroyo puro y grande como el río."
        CONCEPCIÓN ARENAL (1820-1893).
           Escritora, penalista y socióloga española.


2.) "No sé si será una opinión particular, 
        pero nada me parece grande si me hace
        sentirme pequeño."
        L.A. de LA BEAUMELLE (1726-1773).
           Escritor francés.


3.) "La gloria de los grandes hombres debe
        medirse siempre por los medios que han
        empleado para adquirirla."
        F. de la ROCHEFOUCAULD (1613-1680).
           Escritor moralista francés.
            

viernes, 23 de marzo de 2012

LA HUIDA. AUTOR: ESTEBAN GUTIÉRREZ GÓMEZ

Amigos de la orilla: Me ha parecido éticamente correcto colgar el relato original del que procede mi entrada anterior. Como ya expliqué, se trataba de construir un relato partiendo del original ya dado e intentar darle nuestro estilo, nuestra voz manteniendo en lo posible el mensaje, la filosofía del texto original.
Pues bien, amigos, aquí tenéis LA HUIDA tal y cómo la escribió su autor, Esteban Gutiérrez, amigo, maestro y escritor con varios libros publicados. Sé que os gustará. Ya me contaréis.
Mos.

LA HUIDA

Está tan cerca de la cima que se ve tocar, con la yema de los dedos, ese espejo de reflejos dorados que insufla poder. Inspira con hondura al cerrarse las puertas del ascensor, seguro, convencido de que lo ha logrado: después de años de duro trabajo va a conseguir lo que siempre ha deseado. Pero de regreso al hotel una sombra de duda le hace pensar si merece la pena. En su camino a la cúspide ha sacrificado su tiempo que no es su tiempo sino el de la empresa, para la que está disponible las veinticuatro horas del día, en cualquier lugar del mundo. Ha sacrificado su vida familiar, dejándose elegir primero, para posicionarse, por una mujer influyente a la que detesta y negando, después, con vehemencia la llegada de los hijos. Se ha inmolado hasta el punto de llegar a olvidarse como persona, hasta llegar a sentirse una simple máquina productiva,  un ser insensible. Nunca había titubeado como ahora y eso le pone nervioso. Cierra la puerta de la habitación del hotel. Sólo le queda esperar. Una llamada, a última hora de la tarde, le confirmará como nuevo socio del bufete más prestigioso de cuantos operan en Madrid.
Está tan cerca, y se siente en ese momento tan vacío. Algo en su interior se revela, algo le impide disfrutar de su momento, subirse en lo más alto del cajón. Queriendo pensar que lo superará, se derrumba sobre la cama, temblando, frente a la ventana que cambia cada semana de ciudad. Escucha las voces de la calle, intenta seguir con el olfato un rastro de auténtico café, ve bailar las hojas de los chopos entre destellos de luz pajiza y, sin saber cómo,  siente un murmullo que le llena la boca con una melodía desgarradora mostrando su alma de músico de jazz. Cierra los ojos y, asustado, piensa en abandonar la competición.
Cogerá el tren y volverá a la pequeña ciudad de provincias de su juventud. Desempolvará la vieja Fender, a la que llamaba Trueno, y el amplificador de sesenta vatios, preparará su mano huesuda y desmemoriada para recorrer de nuevo el mástil hasta desgastar el barniz nacarado, hasta volver a descoyuntar los huesos de la muñeca, y tocará esa melodía con ritmo de tranvía y color de ron añejo que le sabía a felicidad. Encenderá unos de esos cigarrillos de miel que tanto le gustaban y afinará con voz gastada canciones de ayer. Sobre el pentagrama estrellado de la noche, inventará blues tristes que hablan de sueños rotos o melodías envolventes especiales para hacer el amor o ritmos satánicos sobre crecientes aullidos de terror. Los viernes y sábados, enfundado en lentejuelas, el Doctor Música rasgará de nuevo la guitarra, bajo un solo foco limón, con su mejor voz de imitador de Sabina y, de madrugada, beberá caipiriñas frente a la estación. Encontrará amigos con los que charlar en tertulias de café que nunca acaban con el día. Y les dará las llaves de su casa por si alguna vez están perdidos. A la tarde de cualquier día, caminará por la alameda del río, espantando mosquitos que vienen de Madrid, y volverá sonriendo, viendo regresar a los carroñeros sin trofeos. Y, cuando el invierno cubra de espejos los adoquines de la calle, encenderá la chimenea y, frente a ella, oirá chisporrotear la encina verde, y verá bailar el fuego. Leerá cada noche el libro menos recomendado. Beberá aguardiente de cerezas hasta empezar a escribir. Mostrará su espíritu con tintes negros. Dormirá tranquilo siendo feliz.

El sonido del teléfono móvil le abre los ojos. Reconoce el número de la costilla de Adán. “¿Todavía nada?”, logra escuchar sobrecogido entre un mar de bocinas alteradas. “¿No se atreverán a negártelo después de tantos esfuerzos?”, se pregunta la voz de la ira. “¿Esta vez dejarías las cosas claras?...” Corta la llamada sin decir nada e intenta recordar esa melodía que le acunaba en la hamaca en las noches de verano, esa melodía con forma de brisa con la que el Doctor Música iniciaba los conciertos en las estrellas, después que Thinn Lizzy hubiese caldeado el ambiente.

Y se bañará en juegos de luces que producen sueños que nunca se olvidan. Golpeará el aire con su cara, de espaldas a Dios, masticando palabras de furia. Regresará a casa con el alma llena de vida. Con el tiempo, llegará Penélope con sus bolsillos llenos de amor, y su maleta de hijos, y su bola de cristal que nunca anticipa problemas, y su eterna sonrisa, y su cama de paz. Disfrutará de los niños como si ellos fuesen de verdad su mejor obra. No dejarán que pierdan uno solo de sus sueños sin haber intentado alcanzarlos. Pulirá, a golpe de palabras, el carácter rebelde que aparece cuando se aleja la inocencia de sus cuerpos. Viajará con ellos, de costa a costa, para que aprendan a mirar la vida con ojos curiosos. Intentará apartarles de la carrera hacia la cima que sólo descubre al más capullo. Instalará el viejo alambique del abuelo, y encontrará el secreto para elaborar el mejor orujo de hierbas. No pactará con el diablo el día de su muerte, porque vivirá, día tras día, como si fuera el último de su vida.

Con espasmos de animal malherido, el teléfono requiere de nuevo su atención. “Enhorabuena Julio, lo ha conseguido, es usted el nuevo socio…” Mira por el cristal y cruza los pies sobre el asiento de enfrente. Los árboles pasan deprisa y pierde la cuenta de aquellos que recuerda haber visto antes. Mete las manos en los bolsillos del pantalón y se estira con un bostezo de túnel que le humedece los ojos. Se levanta. Sonríe. Baja la ventanilla y se asoma intentando anticipar con la mirada el recuerdo de la próxima estación. Deja volar sus cabellos con la mueca de sonrisa pegada al cristal.
Dentro de él, también sonríe su alma renovada de músico de jazz. Sonríe porque huye del destino que lo intentó atrapar.
© Esteban Gutiérrez Gómez. Octubre de 2006.
Relato incluido en la novela del mismo autor “El laberinto de Noé”.
 © Ediciones La Tierra Hoy 2007.

lunes, 19 de marzo de 2012

LA HUIDA

Julio ha llegado a Madrid en un tren de alta velocidad procedente de Sevilla. El viaje ha sido rápido y confortable. Ocupaba una plaza en el coche CLUB, propio de los famosos y los hombres de negocios como él. Ya en Atocha, ha cogido un taxi hasta el lujoso hotel donde se hospeda. Cuando entra en la habitación 503 mira el reloj. Piensa que es pronto aún, que es cuestión de esperar un poco más y deja escapar un gesto inequívoco de satisfacción por su rostro. Una vez dentro, abandona el maletín de ejecutivo sobre uno de los sillones. Se desprende de la chaqueta gris que viste y se afloja el nudo de la corbata en un intento de liberarse de tanta rigidez a la que se ve obligado con su vestimenta. Acto seguido se descalza. Siente la suavidad del suelo enmoquetado sobre sus pies desnudos. “Mucho mejor, sí señor”, se dice ante el espejo del cuarto de baño, a la vez que canturrea algo.
Hoy, 29 de septiembre de 1998, es uno de los días más importantes para él. Hoy, más que nunca, se siente ganador. Julio es un economista muy avezado. Está a un paso de llegar a la cima, de tocar las nubes, de formar parte de los que deciden, de ser miembro del poder.
La erótica del poder. La erótica del poder le subyuga.
A sus treinta y tres años saborea las mieles del triunfo. Y eso le reconforta los años de esfuerzo, de trabajo intenso, de viajes por toda Europa en nombre de la empresa. Ha sacrificado muchas horas de su vida personal y familiar. Atrás han quedado sus parientes, sus amigos de adolescencia, su pequeña capital de provincias. Pero ahora se confirma en que ha merecido la pena sacudirse todo rastro del pasado. Ahora pertenece a otro mundo, donde ninguno de los suyos estará y está dispuesto a permanecer y prosperar en él.
Son las seis de la tarde. Le comunicaron que antes del atardecer le llegaría la llamada con la decisión que tanto espera. Es un secreto a voces su admisión en la junta directiva de la consultora internacional donde trabaja. Sobre  la mesilla derecha deja su móvil. No quiere impacientarse en la espera. Se sirve un whisky y decide tumbarse sobre la cama. “Esto sólo es el principio. Sé que habrá cimas más altas” medita, dando  pequeños sorbos al vaso, mientras fija la vista en la ventana. Desde el lecho observa un cielo azul salpicado con alguna nube dispersa. También un edificio de cristales tintados tan impersonal como tantos otros de otras ciudades. Incluso la habitación, ahora que se fija más detenidamente, es similar a casi todas las visitadas antes. Todas son confortables pero no acogedoras. Se percata  que dispone de hilo musical en la estancia. Para entretenerse en la espera, tantea los canales del aparato en busca de alguna melodía o canción agradable. En uno de ellos suenan las últimas notas de una canción muy popular ese año. Al instante comienza otra con acordes de guitarra y una melodía tranquila. Para Julio es desconocida pero decide que servirá para estar relajado. Cierra los ojos y, tranquilamente, escucha la canción:

                     “Cierto que huí de los fastos y los oropeles,
                       y que jamás puse en venta ninguna quimera,
                       siempre evité ser un súbdito de los laureles.
                 ¿Por qué vivir en un vértigo y no en una carrera?...”

 Cree reconocer a Luis Eduardo Aute por el timbre característico de su voz. Pero no cambia de canal. Quiere escuchar para después burlarse de aquel “loco bohemio” y de su canción un tanto absurda.

                     “…pero quiero que me digas amor
                           que no todo fue naufragar,
                           por haber creído que amar
                           era el verbo más bello.
                           Dímelo, me va la vida en ello…”

Sigue dando pequeños sorbos de alcohol. Algo inexplicable le impide cambiar de canal. A un ritmo veloz se agolpan recuerdos de muy atrás en su mente que no puede borrar en ese momento. Imágenes olvidadas de una película de la que fue protagonista. La canción entra en el estribillo:

                      “…Me va la vida en ello,
                            quiero que me digas amor
                            que no todo fue naufragar
                            por haber creído que amar
                            era el verbo más bello.
                            Dímelo, me va la vida en ello…”


Se ve en el Castañar, el mejor parque de la ciudad donde nació. Tiene diecisiete años. Toca la guitarra en la hierba rodeado de sus amigos. Carlos, Esteban y Susana le acompañan con las palmas. Marieta y Penélope hacen los coros.
Penélope; Penélope era la chica de sus sueños. Escribía pequeños poemas de amor para ella. En sus versos plasmaba, buscando las palabras adecuadas, todo lo que su apasionado corazón le dictaba, intentando definir el encanto y la dulzura de aquella joven que le hacía perder el sueño cada noche. Al recordarlo siente el mismo vuelo de mariposas en el estómago que entonces, cuando caminaban abrazados. Revive el momento cuando ella le dijo que sí,  que saldría con él. Llegó a casa con cara de tonto, extasiado, como en otra dimensión. Los suyos le notaron “el mal de amores”. Se acuerda de cómo cuchicheaban y disimulaban al verle.
La guitarra. La pandilla. Todos cantando canciones de Serrat, de Pablo Milanés, de Víctor Manuel, también de Aute. Incluso alguna de Víctor Jara de las viejas cintas de casete que tanto oía de su hermano mayor.
Su hermano. Ahora apenas se hablaba con él. Ambos se ignoraban. Evocar todo aquello le hace dar tragos más largos. Se incomoda con la canción. También con los recuerdos que se han fijado en su cabeza.
Tenía los mejores amigos del mundo. Se conocían desde pequeños. Pertenecían al mismo barrio obrero repleto de familias luchadoras con ideas progresistas muy marcadas. Vuelve a su memoria el día que murió Franco. Su padre y su hermano fueron a casa de Toñín, el padre de Esteban y, según le contaron, descorcharon una botella de vino reservada para la ocasión. Después continuaron celebrándolo en casa de Marieta. Recuerda a su madre preocupada, rezándole a la Virgen del Camino para que nadie del barrio diera el chivatazo a la guardia civil. Cuando su padre volvió aquella noche entró en su cuarto y, emocionado, le dio un fuerte abrazo. También le dijo que él crecería en libertad y podría elegir la vida que quisiera. Aquel niño de entonces no entendía nada.
La canción ha repetido el estribillo y sigue avanzando. De repente suena el móvil. Es Fabiola, su novia. “¿Alguna novedad?”. Es lo primero que le ha soltado, con voz estridente, desde algún atasco de la Ciudad Condal. “¿Habrás jugado todas tus cartas, no?, ¿quieres que llame a papá y…” Julio interrumpe la llamada. No quiere oír a su Dalila particular en este momento. Después pondrá alguna excusa por la interrupción. Aute sigue cantando en la estancia.

                   “…Cierto que no prescindí de ningún laberinto
                         que amenazara con un callejón sin salida
                         ante otro más de lo mismo creyendo distinto,
                         porque vivir era búsqueda y no una guarida.
                               Pero quiero que me digas amor
                         que no todo fue naufragar,
                         por haber creído que amar
                         era el verbo más bello.
                         Dímelo, me va la vida en ello…”

Naufragar. Piensa que tal vez el éxito profesional le está llevando a la deriva, alejándole de la orilla donde dejó los sentimientos que realmente importan. Está confuso con tantos momentos vividos amontonándose en su mente. Amar. Con esa palabra ha vuelto a pensar en Penélope, en los poemas que le escribía y que ella aceptaba con rubores y sonrisas de niña enamorada. Se pregunta qué será de ella. Ha pasado mucho tiempo. Oyó decir a su madre que aún estaba soltera, que prefería estar segura antes de atarse a nadie. Que se hizo veterinaria y vive dedicada a su profesión recorriendo los pueblos de la comarca. Pero que sigue siendo una mujer muy guapa.
Julio sonríe. Se le iluminan los ojos evocándola. Ha apurado el vaso y no quiere beber más. “¿Hacia dónde voy?”, grita desesperado a las cuatro paredes de su habitáculo. Su cabeza insiste en recordar gratos momentos vividos con sus amigos, la gente que más le quería.
Rememora las acampadas en el cercano cerro del Santo. Todos juntos alrededor de la hoguera. Con lecturas apasionadas de versos románticos que encandilaban a las chicas del grupo. Los primeros escarceos amorosos con el corazón acelerado y la luna por testigo. Las largas conversaciones donde planeaban cómo cambiar el mundo, donde se sentían diferentes al resto de los mortales. Aquel verano, mientras el país vibraba con su Mundial de fútbol,  media docena de adolescentes del norte de Castilla se emocionaban con los versos de Neruda y Bécquer y con las canciones de Serrat. Terminaron fundiéndose en un abrazo y jurándose ser amigos hasta la muerte.
De todo aquello reconoce que no le queda nada. La canción continúa.

     “…Cierto que cuando aprendí que la vida iba en serio
           quise quemarla deprisa jugando con fuego
           y me abrasé defendiendo mi propio criterio
           porque vivir era más que unas reglas en juego.
           Pero quiero que me digas amor
           que no todo fue naufragar
           por haber creído que amar
           era el verbo más bello.
           Dímelo, me va la vida en ello…”

Julio, por primera vez, se siente perdedor como el sujeto de la canción, aunque por motivos totalmente diferentes. Algo le dice que debe dar marcha atrás y abandonar aquel oasis que no es más que un falso espejismo: se va a casar con su prometida, la mujer más ambiciosa del planeta, hija de un alto directivo que ha favorecido su escalada hasta la cima en la que, tras la esperada llamada, conseguirá estar sin duda alguna. Nota una herida abierta en la conciencia. Si sigue estará dando un salto al vacío. No se reconoce. Intuye que se perdió en el camino del triunfo. Es un náufrago olvidado, un solitario en la cumbre; sí. Puede que todavía esté a tiempo de poder ser rescatado. Algo le dice que debe agarrarse al salvavidas de lo auténtico que le proporcionan los recuerdos del pasado.
La canción va decreciendo anunciando su final. El ejecutivo se pone en pie de un impulso y apaga el hilo musical. Se acerca hasta la ventana y ve cómo el sol se oculta sobre Madrid dejando un halo de tonos rojizos antes de dar paso a la noche. Desde allí observa la amplia avenida que tiene ante él: un flujo interminable de automóviles y viandantes. Le gustaría saber cuántos de aquellos seres estarán realmente vivos. El teléfono suena de nuevo rompiendo el silencio. “Enhorabuena Julio, el puesto es suyo. Ya es usted el socio más joven de los directivos de esta firma”. “Gracias, muchas gracias. Es un honor para mí señor presidente, pero ahora debe disculparme. Me va la vida en ello”, le contesta a su interlocutor sin más explicaciones. Después desconecta el móvil y exhala profundamente como si quisiera soltar todo el lastre que le ataba al presente.
Se vuelve a vestir y coge sus pertenencias. Sale de la habitación con una sonrisa muy distinta a la que entró. Cuando entrega las llaves, el reloj de recepción, marca las ocho y veinte.

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Lentamente el convoy abandona el andén. Los que han acudido a despedir a los suyos se quedan atrás agitando los brazos. Julio se asoma por la ventanilla y siente el aire fresco de la noche. El tren parece despedirse también de la ciudad con su potente garganta. Poco a poco Madrid se va quedando atrás y él está más cerca de su gente, de esa orilla salvadora que pronto alcanzará. Ningún viaje le había hecho tan feliz.
Recorrerá los mismos lugares. Rescatará del desván la vieja guitarra española que solía tocar. Intentará retomar las conversaciones que quedaron pendientes. Preguntará qué ha sido de ellos en su ausencia. Y buscará sobre todo a Penélope. Quiere recuperarla; decirle al oído poemas que nunca olvidó y otros escritos  en noches solitarias. Trabajará en algo que le permita vivir sin sentirse oprimido ni explotado. Se olvidará del protocolo y las buenas maneras que aprendió con las alimañas que tenía a su lado, para volver a la sencillez y lo auténtico de sus gentes. Recuerda una cita que repetía  su abuelo: “A la cima de las altas montañas solo llegan los buitres y los reptiles”.
Van pasando los minutos, las estaciones. Julio no puede dormirse, está inquieto por no saber por dónde empezar. Después se calma reconociendo que eso es lo menos importante. A su cabeza vuelve la canción del hotel y la decisión que le ha hecho tomar. Y llega a la conclusión de que lo suyo no es una huida sino un regreso.
Un  joven contempla las estrellas que le acompañan en su viaje. Mientras, una lágrima cae por su rostro. Un tren expreso, camino del norte, le devuelve de nuevo a la vida.

© Ceferino Otálora (Mos)
Octubre de 2006.


   




domingo, 11 de marzo de 2012

UNA ORILLA INUNDADA DE MÚSICA (11): NESSUM DORMA (TURANDOT), PUCCINI.

Giacomo Puccini nació en Lucca, en la Toscana italiana, el 22 de diciembre de 1858. Heredero de la gran tradición lírica italiana, pero al mismo tiempo abierto a otras corrientes y estilos propios del cambio de siglo, Puccini se convirtió en el gran dominador de la escena lírica internacional durante los primeros decenios del siglo XX. No fue un creador prolífico: sin contar algunas escasas piezas instrumentales y algunas religiosas compuestas en su juventud, doce óperas conforman el grueso de su producción, cifra insignificante en comparación con las de sus predecesores, pero suficiente para hacer de él un autor clave del repertorio operístico y uno de los más apreciados y aplaudidos por el público.
Fue a la edad de quince años cuando el director del Instituto de Música Pacini de Lucca, Carlo Angeloni, consiguió despertar su interés por el mundo de los sonidos. Puccini se reveló entonces como un buen pianista y organista cuya presencia se disputaban los principales salones e iglesias de la ciudad.
En 1876, la audición en Pisa de la Aida verdiana constituyó una auténtica revelación para él; bajo su influencia, decidió dedicar todos sus esfuerzos a la composición operística
Entre sus óperas más conocidas están Manon Lescaut (1893), La Bohème (1896), Tosca (1900), Madame Butterfly (1904) y Turandot (1924), que quedo inconclusa por la muerte del maestro y cuyas dos últimas escenas fueron acabadas por Franco Alfano bajo la supervisión de Toscanini. Puccini era un fumador compulsivo y murió de cáncer de garganta en Bruselas el 29 de noviembre de 1924.


NESSUN DORMA (Que nadie duerma)
Calaf, príncipe de tierras lejanas, cuyo nombre es desconocido para la  princesa china Turandot y toda su Corte, resuelve correctamente  las tres adivinanzas exigidas por la cruel princesa para  desposarse con ella. Sin embargo, Turandot  quiere renunciar inmediatamente a su parte del acuerdo. El príncipe acepta galantemente el  morir si ella puede adivinar su nombre antes de llegar el nuevo día por lo que la fría princesa ordena que nadie duerma esa noche en Pekín. Mientras, sus guardias buscan por toda la ciudad a alguien que conozca la identidad del príncipe. En esta poderosa aria el príncipe Calaf expresa su confianza en que saldrá victorioso (All´alba vincerò, Al alba venceré).

Os dejo con esta magnífica aria de la ópera Turandot interpretada por Plácido Domingo, José Carreras y Luciano Pavarotti.
Un abrazo de Mos desde esta orilla que hoy es musical.


martes, 6 de marzo de 2012

"LA NIEBLA Y EL TIEMPO" EN LA VOZ DE JORGE DEL NOZAL

Hace unas horas recibí un correo del amigo Jorge del Nozal. Me dice que le ha encantado el poema "LA NIEBLA Y EL TIEMPO" y que lo colgará mañana en su blog. Hace unos meses ya que entré en su espacio poético. Me sorprendió la voz de este palentino de adopción aunque vasco de nacimiento. Atraído por su gentil ofrecimiento de recitar  los poemas que le enviáramos y por su potente voz de dicción castellana, se me ocurrió mandarle cinco o seis poemas para que él eligiera el más idóneo.
Mi sorpresa fue recibir otro correo de Jorge en el que me decía que todos mis poemas eran dignos de ser recitados por él. 
Está claro que las colaboraciones entre los blogueros es una buena idea y que, al final, se consigue un vínculo muy fuerte entre gente muy pero que muy valiosa artística y humanamente.
Amigos de la orilla, aquí os dejo el enlace a su blog http://duendepoeta.blogspot.com para que sepáis todo lo que hace este artista polifacético y otro enlace donde oír "LA NIEBLA Y EL TIEMPO" en la voz de Jorge del Nozal.
Gracias Jorge, amigo.
Mos.

viernes, 2 de marzo de 2012

UN CUENTO DE MOS ILUSTRADO POR XIMO SEGARRA, "ACAPU"


En la blogosfera se conoce a gente muy valiosa que aporta su talento y su buen hacer a todo aquel que entre en su mundo. Son personas que ofrecen su trabajo, su forma de pensar, su actitud ante la vida y su creatividad a los demás de una manera altruista. Una de esas personas es Ximo Segarra.
Ximo ha querido ilustrar con sus dibujos un cuento mío, “La comunidad de la ropa”, y por ello le estoy muy agradecido. Desde aquí le quiero hacer saber que fue para mí un gran descubrimiento en la blogosfera del que siempre aprendo algo; además de sacarme casi siempre una sonrisa y estar muy en consonancia con él.
Os invito a todos los que pasáis por la orilla a visitar su espacio y ver cómo ha quedado esta colaboración entre los dos. Pinchad en este enlace:
Gracias hermano Acapu.
Un abrazo grande para todos.
Mos.