VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

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lunes, 27 de febrero de 2012

FRÍO EN MADRID




FRÍO EN MADRID

En escena el vestíbulo de una moderna estación. En uno de los bancos allí dispuestos, aparecen sentados una señora mayor con una maleta y un bolso de mano; a su lado, un hombre de unos treinta y tantos años hojeando un periódico.
                                  
JOVEN: (Sacando un paquete de cigarrillos). Perdone                
                 señora. ¿le molesta que fume?
SEÑORA:  ¡No,  no!  Puede  usted fumar  cuanto quiera. Estoy
                 completamente acostumbrada al tabaco.  Mi  difunto
                 marido, Dios  lo  tenga en  su  gloria,  fumó  durante
                 toda su vida. Y cuando murió, hace ahora dos años,
                 no fue precisamente por fumar.
JOVEN:   (Fumando).  De  todas formas,  sería  mejor  que  no
                 fumase.  Muchas  mañanas me  levanto tosiendo sin
                 parar. ( Hace una  pausa ).  ¿Qué  vicio  más  tonto,
                 verdad? . Gastamos  el  dinero  que  no  nos sobra y
                 perjudicamos  nuestra  salud  por  el  mero hecho de
                 sentirnos mejor mientras fumamos.
SEÑORA: Todos buscamos, en cierta manera, sentirnos mejor
                  de  la  forma  que  sea.  (Se quedan  en silencio. La
                  señora  mayor  se  muestra  impaciente; mira hacia
                  todos lados). ¿Puede usted decirme qué hora es ya?
JOVEN:   (Mirando   uno   de   los   relojes   del   vestíbulo   y
                  comprobando el suyo). Sí, cómo no. Son exactamente
                  las siete y veinte, señora.
SEÑORA:  Las siete y veinte; ¡qué barbaridad! (Cambiando  el
                    tono). ¡Este hijo mío...trabaja tanto!
JOVEN:      ¡Qué!, ¿lleva esperando mucho tiempo?
SEÑORA: Desde las siete menos cuarto... He venido en el   
                  AVE, ¿sabe  usted ?  Y  a  este  paso,  va  a  durar 
                  más la espera que el viaje.
JOVEN:   ¿De Sevilla tal vez?
SEÑORA: ¡No, no! De Córdoba. Vengo  de casa  de mi  hija que
                   vive allí. Se llama Amparo; es una morena muy
                   guapa y muy buena. (Silencio). No ha podido 
                   acompañarme hasta el tren y despedirnos como Dios
                   manda. (Con cierto aire de tristeza). Montse, la 
                   chica, pidió un taxi y se quedó conmigo hasta verme 
                   acomodada.
JOVEN:    Seguro que su hija trabaja mucho.
SEÑORA: ¡Oh, sí, sí! Es abogada, como su marido. (Acercando
                   su boca al oído del joven). Están   especializados en
                   separaciones y divorcios.
JOVEN:    ¡Caray! (Sonriendo). No me extraña que no les falte
                   trabajo.
SEÑORA:  No diga eso. El matrimonio es una cosa muy seria.
JOVEN:    Descuide, era una broma. Yo también estoy
                   casado. Y de momento no me puedo quejar. (Pausa).
                  Y dígame, ¿qué tal el viaje en el AVE?; mi madre   
                  llega en el próximo. (Mirando el reloj).  A   las   
                  cinco salía de Sevilla.
SEÑORA: Es una maravilla. ¿No  ha  viajado  nunca  en él? (El
                   joven niega con la cabeza). En dos horas de Córdoba
                   a  Madrid.  Yo  ya  estoy  acostumbrada.  Cada  tres
                   meses voy y vengo de una ciudad a otra, de una casa
                   a otra. Llevo dos años viajando en este tren; los años
                   que hace que  mi  difunto  marido dejó de estar a mi
                   lado.( Hace una pausa, se muestra impaciente). Y yo
                   aquí, esperando  a  mi  hijo. Se llama Ricardo. Es un
                   cirujano muy renombrado. Tal  vez  haya  usted oído
                   hablar del doctor San Esteban. Ha salido incluso 
                   por televisión.
JOVEN:    No, lo siento;  no  me  suena.  Perdone,  (dándole  la
                   mano), no me he presentado. Me llamo Daniel.
SEÑORA: (Alargando la mano).  Y  yo  Esperanza.  ¿Y sabe
                   usted Daniel? Tengo setenta y seis años pero puede 
                   tutearme. Es usted muy agradable y tiene cara de
                   buena persona. ¿Por casualidad tiene usted hijos?
JOVEN:    (Riendo).  Acepto  su  propuesta;  bueno,  tu 
                  propuesta. Siempre y cuando tú también me 
                  tutees. Sí,Esperanza, tengo dos hermosos niños: Raúl    
                 de  cuatro años y José de  dos.  (Saca  la  cartera  y  
                 una  foto  de  ella) .  Mira, (mostrándola), este es Raúl
                  y este otro José.
SEÑORA: Espera, espera que me ponga las gafas. (Se coloca 
                  unas gafas que le colgaban). Sí, sí; son preciosos. El   
                  mayor se parece mucho a ti.
JOVEN: Tan pequeños y lo traviesos que son: No paran
               quietos. A ver si crecen pronto y vuelve la paz a casa. 
               Y  tú, (guardando la foto en la cartera), ¿tienes alguna
               de tus nietos?.
SEÑORA: No; aquí no tengo ninguna.(Pausa). Mi hijo Ricardo 
                  tiene también dos, Óscar   de diecinueve años   y
                  Carolina de dieciséis, pero Dios no ha querido que  
                  mi hija los tenga. De  todas formas,  (con aire de
                  tristeza), aquí  no tengo ninguna foto de ellos.
JOVEN:  Bueno, no pasa nada. Pronto  estarás  con tus nietos
                 y ellos con su abuela y te contarán sus historias y tú   
                 las tuyas. 
SEÑORA:Es posible. (Pausa). Todo el mundo está hoy tan 
                 ocupado. Y los viejos somos  tan  pesados  algunas
                 veces.  No  me extraña que no nos quieran escuchar.
JOVEN: ¡Venga, venga! No será para tanto. Todo es cuestión  
               de entenderse. ¡Con  quién  vas  a  estar  mejor que con  
               tus hijos y con tus nietos!. 
SEÑORA No, si yo los quiero mucho a todos. Y ellos a mí 
                 también.¡Tengo unas  ganas  de  verles!  Con  un  poco
                 de suerte vendrán todos a recogerme.
                (Impacientándose).Ya tardan demasiado, 
                ¿no te parece?.
JOVEN: Hay mucho tráfico a estas  horas  en  Madrid. No
                habrán contado con ello.

   *** ANUNCIAN LA LLEGADA DEL AVE DE SEVILLA POR LA VÍA 2 ***

JOVEN: (Mirando el reloj). Esto sí que es puntualidad.  Te
               tengo que dejar; permíteme un beso. (La besa). Mi
               madre viene en ese tren..., y no desesperes. No pueden  
              tardar mucho más los tuyos.
SEÑORA: ¡Corre hijo!; busca a tu madre. (Dándole las manos). 
                 Me ha encantado haberte conocido. Si quieres puedo 
                 darte una tarjeta de mi hijo,  y podrás  llamarme  en  
                 alguna ocasión y hablar un rato conmigo. (Busca en
                 el bolso). Aquí está. (Se la da al joven).
JOVEN:  (Algo desconcertado) Sí, ¿por qué no? Incluso puedo
               quedar contigo para que conozcas  a  los  míos   
               aunque, (leyendo  la  tarjeta),  te advierto que yo vivo
               en  un   barrio  más  pobre.  Con mi sueldo me tengo
               que  conformar  con  nuestro  pisito  en Vallecas. 
               Bueno,   señora  Esperanza, (despidiéndose), es posible
               que cualquier día le llame.
SEÑORA:  Hasta pronto Daniel.

                       EL JOVEN SE ALEJA. LA SEÑORA SE QUEDA SOLA EN EL BANCO. APARECE EN ESCENA UNA MUJER DE MEDIANA EDAD QUE BUSCA CON LA MIRADA A ALGUIEN. AL VER A LA SEÑORA SE DIRIGE A ELLA.

MUJER:  Señora Esperanza, ¿lleva mucho esperando? (le da
                 un beso en cada mejilla). ¿Se acuerda de mí? Soy
                Conchita, trabajo en la casa de su hijo. El taxista no
                 ha podido correr más con tanto tráfico.                   
SEÑORA: ¿Y mi hijo Ricardo?, (con tristeza), ¿dónde está?
MUJER:  El señor no vino ni a comer. El hospital le trae de 
                cabeza. Sus nietos se han ido al cine a ver una película
                 de esas de miedo con los amigos. La señora en la 
               peluquería. Fue ella quien me mandó que la recogiera.
SEÑORA:  (Con la cabeza baja). Sí, claro.(Pausa)...Siento frío. 
                    ¡Qué día más frío!.
MUJER:   (Cogiendo la maleta). He preparado un caldito
                   estupendo para usted. Verá cómo entra en calor.
SEÑORA:  (En voz más baja). No, no lo creo.
MUJER:    ¿Qué decía?
SEÑORA:  No, nada. No tiene importancia. Vámonos cuanto 
                   antes; me encuentro algo cansada. (Se agarra del
                   brazo de la mujer). ¿Y cómo has dicho que te llamas, 
                    hija?
                       
                                                      F I N


© Ceferino Otálora (Mos). Noviembre de 1998.
     Imágenes tomadas de Internet. 



domingo, 19 de febrero de 2012

MI VIDA CON PERA

ATENCIÓN: Este relato es extenso y alguno de sus párrafos  puede herir la sensibilidad de ciertos lectores. El autor cree en la literatura, la creatividad y en la libertad de elección a la hora de escribir pero también, cómo no, a la hora de leer. Gracias anticipadas a todo aquel que elija seguir leyendo.
Mos.

                   MI VIDA CON PERA

Conocí a Pera el verano pasado a finales de agosto. En realidad, se llama Pedro Enrique Román Asensio. Lo supe por las veces que un agente de la benemérita repitió su nombre al comunicarlo a la central. Fue de esos encuentros fortuitos, inesperados, impensables. Se había caído por un pequeño terraplén en la AL-5105: la carretera más sinuosa y traicionera de la costa almeriense. Por casualidad, me fijé en algo que resplandecía en el fondo del cortado a la vuelta de mis vacaciones en Mojácar. El reflejo del sol sobre las partes metálicas  de un  imponente Ferrari gris plata, deslumbraba mis ojos e hizo que parara. Detuve mi modesto Ford Fiesta en un risco saliente y bajé a ver la gravedad del siniestro. Un joven de veintitantos años y media cabeza rapada a lo punky, yacía inconsciente sobre el volante; con una enorme brecha en la frente y un reguero abundante de sangre que bajaba hacia sus pies. Recordé el curso de primeros auxilios de mi empresa y no le moví de su posición por temor a ocasionarle daños mayores. Lo que sí comprobé era su pulso: Pera mantenía las constantes vitales. Rápidamente llamé al 112. Una ambulancia y un coche de la guardia civil aparecieron en algo más de quince minutos. Dijeron que había sido un accidente con mucha suerte; que podía haber sido mortal viendo el estado en que había quedado el flamante deportivo. Me enteré que le trasladarían al hospital Virgen del Mar de Almería para un mejor diagnóstico. Me pidieron mis datos personales y que explicara cómo sucedió. Parecían no entender que yo fui un mero testigo del accidente; que estaba tan sorprendido y afectado que casi no podía articular palabra ni demostrar que volvía, de mis merecidas vacaciones, a Madrid.
Ya en la capital, y después de aclararse todo, llamé varias veces al hospital para interesarme por su estado. Según pasaban los días, su mejoría era evidente por la información que me pasaba el personal sanitario. Una de las veces, fue el mismo Pera el que me habló. Se deshacía en halagos y gratitudes hacia mí. Recuerdo que me dijo que yo era un ángel, su ángel guardián. No se cansaba de repetirme que vivía gracias a mí, que sería mi alma gemela para siempre, que tenía una deuda eterna conmigo, etc, etc. Después de ese primer contacto verbal, siguieron otros cuantos. Casi siempre se adelantaba él para hablar conmigo. Me explicó que Pera estaba formado por las siglas de su verdadero nombre y que iba bien con su forma de ser porque era un niño pera.  Insistió en querer verme cuando saliera del hospital. Le di mi dirección en Madrid; bueno, la de mis padres que es donde vivía desde hacía más de veintidós años.

A los pocos días llegó un mensajero con un reloj Cartier de oro de 18 quilates y una nota  en la que decía algo así como Para mi ángel de la guarda de su niño Pera. Reconozco que me quedé perplejo con tanto lujo entre mis manos; incluso me reí con la nota por lo ridícula que me parecía. Yo, David Torres, oficial de mantenimiento en una empresa de ascensores, me encontraba con un reloj que, fácilmente, podría costar los seis mil euros, pero que me parecía algo hortera. No iba conmigo, ni con mi barrio, ni con mi mundo. Entonces, no sabía el giro que daría mi vida en pocos meses.

Pedro Enrique, Pera, se presentó en Madrid a primeros de octubre. Insistió en  conocer a mi familia. No os podéis imaginar la expectación que causó en mi calle, ver aparcado un Lamborghini Diablo de color rojo. Puro lujo rodante de más de cien mil euros en el barrio de Orcasitas. 
Mi madre se deshacía en halagos y sonrisas con el espléndido visitante. Y no era para menos. A ella le trajo un juego de anillo y pendientes con brillantes incrustados. A mi padre una pulsera de oro macizo con unos eslabones enormes. Demasiados oros. Y, por supuesto, quedábamos todos invitados a comer a un buen restaurante. No tuve que preocuparme en buscar nada; Pera se conocía mucho mejor que yo los grandes restaurantes de Madrid. Después de vestirnos lo mejor que pudimos para tan excelsa ocasión, nos fuimos todos en el deportivo carmesí hacia el centro de la ciudad. En el coche sonaba en todo momento Sympathy for the Devil de los Rolling Stones. Y sólo esa canción. Pera me dijo que era una promesa que hizo hace unos años pero, de momento, no me dio más explicaciones. 

Nuestro destino fue el restaurante Horcher, un restaurante alemán de recio abolengo en la calle A lfonso XII. Ni qué decir tiene que mis padres y yo no salíamos del asombro en el que nos veíamos envueltos. El sitio era elegantísimo y la carta tenía unos platos desconocidos para nosotros en su mayoría. Me dejé aconsejar por  Pera. Recuerdo que él, con su acento andaluz y el gracejo del sur tan característico, me dijo: Pisha, tú déjame pedir a mí que te vah a shupar los deos; a la vez que me guiñaba un ojo con una mueca en su rostro que le hacía muy atractivo. Aún tengo grabado el menú de aquella comida. Salmón marinado a la rusa y carpaccio de alcachofas con queso parmesano para los entrantes. Ensalada de brotes de mostaza con carabineros y ragout de corzo para después. Cada plato regado con los vinos adecuados. Y de postre la tarta de chocolate especial Horcher.  Todo fue elegancia y exquisitez en aquella jornada difícil de olvidar. Una jornada agradable, muy agradable. Me ahorraré  más explicaciones para avanzar en esta historia que no sé cómo clasificar. Aquel día comenzó mi vida con Pera. Y hoy sigo atado a él por una cadena de circunstancias.

 Es curioso. Ahora, recordando esta relación, me viene a la cabeza la escena de Forrest Gump en la que Tom Hanks, sentado en un banco, dice que la vida es como una caja de bombones: nunca sabes cuál te va a tocar. Supongo que eso lo fragua el destino. O las decisiones que tomamos en ciertos momentos. ¿Hasta qué punto interviene la casualidad en nuestro caminar por la vida? El caso es que Pera insistió en que fuera a pasar unos días con él a Cádiz, donde tenía su residencia. Y cuando se propone algo es muy persistente, os lo aseguro.

El Altaria que cogí aquel viernes en Puerta de Atocha llegó puntual a la estación gaditana. Sobre las tres de la tarde. Y allí estaba él, en el andén, esperándome; recibiéndome como si hiciera años que no me viese, desbordante de alegría y vitalidad, abrazado a su ángel con la misma efusividad del encuentro en Madrid.
La Tacita de Plata, pasados los rigores del verano, tiene una luz especial y el clima perfecto. A mediados de octubre la brisa que viene del Atlántico, te satura el olfato de un intenso olor a mar rico en sales y yodo. Me seduce ese olor marino; mezcla de algas, de olas batiendo, de peces, de arena, de agua llena de vida: el océano desprende ese aroma por sus poros. Es una fragancia masculina, fuerte, seductora. Tan seductora como la que desprende Pera en su piel, dentro de su Lamborghini, mientras acompaña a Mick Jagger en la sempiterna canción que suena en su automóvil camino de su lujosa vivienda. Por entonces, mi apuesto anfitrión desconocía que, su salvador, comenzaba a sentir cierto magnetismo por él. Sí señores, a estas alturas del relato, es hora ya de confesar mi homosexualidad. Una tendencia sexual muy respetable, pero que oculto a los ojos de todos. Sólo mi madre llegó a comentarme que suponía algo y que respetaba mi decisión de seguir silenciándolo. Por supuesto que ella me dijo que me quería igual, que nada cambiaba entre los dos y todo eso. Supongo que hablaba el amor de una madre hacia su único hijo. Pero hablemos de Pera; él es el protagonista principal de esta crónica.


Su  dúplex estaba situado en la mejor zona de la ciudad, muy cerca de la Avenida del Puerto y en pleno centro histórico. Era enorme: más de cuatrocientos metros cuadrados dispuestos entre los dos pisos últimos de un edificio de prestigio de dicha capital andaluza. Desde allí, la vista de la ciudad y la bahía es impresionante. Todo un lujo para los sentidos. Formaba parte de la herencia de sus padres. Estos, habían muerto en extrañas circunstancias. Al parecer, el matrimonio Román Asensio se despeñó en la serranía de Ronda por un barranco, volviendo de presenciar una corrida goyesca en dicha ciudad malagueña. Los análisis que le hicieron al padre, Tomás Román, en la autopsia, desvelaron un fuerte grado de alcohol en sangre. Llegado a este punto, observé cierta preocupación en Pera según narraba los hechos. Me confesó que su padre nunca bebía cuando tenía que conducir. Las investigaciones policiales no dieron ninguna prueba que apuntara a lo contrario. El señor Román era dueño de una de las mejores cadenas hoteleras de la costa andaluza: los hoteles Arena Costa. Y Pera, con veinticinco años, el único beneficiario de todos los bienes y heredero de una empresa próspera y en constante expansión; uno de los jóvenes más adinerados del país, empeñado en agradecerme de por vida que yo le socorriera en su aparatoso accidente. Yo, un simple trabajador de mantenimiento, un gay sin salir del armario, un madrileño de lo más normalito, sin grandes planes, ni grandes aspiraciones; que le gusta el mar, los deportes de agua, la tranquilidad de una cala perdida, la soledad de la montaña. Que bebo poco, sólo con los amigos del barrio alguna noche de sábado; que me refugio en las lecturas de Vázquez Figueroa y en mis clases del taller literario de una biblioteca de Usera. Yo, el protegido de este apuesto gaditano de piel morena e inmensos ojos color miel, alejado de su entorno. En un ambiente totalmente ajeno a mí. Pero sigamos.
Varias cuestiones me llamaron la atención en mi primera estancia en la casa. Una era lo escrupulosamente ordenado que estaba todo. Era asombroso ver todos los utensilios y prendas de ropa perfectamente colocados en los cajones, las estanterías con los libros milimétricamente dispuestos, los cuadros, las plantas, las figuras, el equipo de música, los discos, todo; en cualquier estancia. Todo guardaba una medida, una simetría, una proporción. Como si se hubiera usado una regla invisible que guardara el equilibrio en la predisposición de cada objeto o utensilio. Y todo ello, con una dosis de pulcritud llevada al extremo. Pobre del personal que se ocupa de limpiar todo esto, pensé. Me preguntaba qué trato aplicaría Pera con su personal subalterno
También él era excesivamente limpio. Se lavaba las manos casi continuamente; después se daba una crema hidratante para contrarrestar la sequedad de la piel.  Dijo que todo estaba a mi disposición, Daví, pisha, tó lo que vé es tuyo tío, me soltaba continuamente. Me preguntó qué quería hacer en toda la tarde. Respondí que prefería charlar más a fondo con él, para conocernos mejor; que al día siguiente, sábado, habría tiempo de salir y conocer la ciudad. Otro detalle fue ver cómo su móvil no paraba de sonar. Él se excusaba en algunas llamadas para hablar con más privacidad. Lo achaqué a sus negocios hoteleros y la responsabilidad que tenía  al frente de la cadena. De todas formas, noté cierta inquietud con alguna de las llamadas.  Supe que hablaba perfectamente inglés por haber estudiado empresariales en Londres; que también dominaba el francés. Esto último me lo dijo degustando una botella de fino y una espléndida ración de jamón ibérico y yo, con el vino algo subido, me dio por reír. Perdóname Pera, no estoy acostumbrado a beber. Lo de que dominas el francés me ha disparado la risa tonta, argumenté. Él rió, más fuerte aún si cabe, con el  doble sentido erótico de las palabras. Le brillaban los ojos tanto como a mí. Muy bueno pisha; sabrás, mi ángel, que el Pera ha probao ya de tó. Que zoy un niño liberal que no se asupta de ná, soltó entre carcajadas y gestos provocadores.
No daba crédito a lo que oía. Entre bocado y bocado seguí bebiendo, mientras mis pensamientos elucubraban con la idea de si habría alguna posibilidad de llegar a practicar sexo con él. Pera también bebía. La segunda botella de fino fresquito fue cayendo. En una de sus llamadas recibidas, miró la pantalla y desconectó el teléfono. Los dos teníamos calor y nos quitamos las camisetas. Fue entonces cuando me fijé en sus brazos tatuados y fuertes. Dos tribales de forma almenada rodeaban cada uno de sus brazos por debajo de las axilas. Pera era hermoso y yo sentía el peligro entre aquellas cuatro paredes del inmenso salón. Y entre mis piernas. Recuerdo que subí  a la terraza del ático para despejarme. Subimos los dos. Me confesó que era muy miope, que tenía ocho dioptrías en cada ojo; que gracias a las lentillas que llevaba podía ver, pero que pensaba operarse muy pronto para no tener que llevarlas. Me dijo que había roto con su novia a raíz del accidente de Mojácar; que las mujeres son unas brujas interesadas, que te chupan todo, hasta la sangre y que luego no están cuando las necesitas. Ni qué decir tiene que bajé de las nubes automáticamente. Había perdido en un momento toda esperanza de hacer algo con él. Volví abajo para llenar de nuevo la copa y matar con alcohol mis penas. ¡Qué bien entra el jamón entre pena y pena! Mi anfitrión, desde arriba, me invitó a coger la tercera botella del frigorífico y subirla hasta el mirador.
Allí arriba estábamos dos tipos muy desiguales, casi desconocidos, lamentándonos de nuestras vidas; cada uno a su manera y por motivos diferentes, pero padeciendo idénticas punzadas dolorosas: las del desamor. Fue entonces cuando Pera mirándome fijamente me preguntó Y tú, niño, ¿tieneh  novia? Mi arma, disfruta tó lo que puedas y ten cuidao con las lobas. Apuré mi copa y lo solté; tenía que decirlo: el vino, el momento y la ocasión eran propicios. No, no tengo novia. Soy un mariquita más de este jodido mundo; que no ha salido del armario por vivir en un barrio obrero y machista. Que tuvo una relación absurda con un amigo y la cagó. Y que espera tener las fuerzas suficientes para que, algún día, todo cambie.
Oyó mis palabras sin mostrar ningún signo de rechazo ni menosprecio. El tono serio de mi confesión fue aplacado por Pera con una intervención espontánea y sorprendente: Ozú, ¿osea que tengo un ángel de la guarda pedaso maricón? Ay qué ver. Como desía mi abuela: Jesú, Jesú y mil veses Jesú. Un ángel gay acojonao y un diablo bissexual en lo arto de Cái, con fino hapta las orejas y mirando a la bahía. Bonita estampa pisha. Anda, vamos pabajo.
Su respuesta desenfadada  quitó, en segundos, la gran carga que llevaba acumulada en mi interior. Estaba desconcertado; con demasiado alcohol por mis venas y empapado en sudor. Le comenté la idea de darme una ducha para refrescarme; él me mostró uno de los grandes y ordenados baños y volvió al salón. Oí que puso el equipo de música con una melodía triste pero con un ritmo lento y pegadizo que invitaba a moverte. Después me enteré que era Diana Navarro cantando “Sola”. 



Entre el sonido del agua al caer sobre mi cuerpo y el volumen de la música procedente del salón, no me percaté de la entrada de Pera. Abrió la puerta acristalada de la mampara, yo me di la vuelta y lo vi. Estaba desnudo; sus ojos de miel brillaban, me miraban con deseo. Se apresuró a besarme apasionadamente. La melodía seguía sonando. Nos abrazamos bajo el agua templada. Mi corazón acelerado parecía estallar; al igual que nuestros sexos. Mi diablo hizo sentir en mí las sensaciones más placenteras jamás vividas. Parecía devorarme con avidez: mi boca, mi lengua,  mis labios, bajando por mi cuello hasta mi pecho, recreándose en mis pezones, apretando mis nalgas, lamiendo mi vientre hasta llegar al extremo de mi pene para luego, con extremada delicadeza, introducir mi miembro erecto en su boca y seguir jugando. Primero con suavidad, luego con frenesí; hasta descargar en él toda la pasión acumulada. Gocé; gocé como nunca antes había gozado. Grité desenfrenadamente y volví a besarle con más deseo que antes. Repetí el mismo recorrido sobre su cuerpo, hasta desembocar  en su sexo. Su orgasmo fue tan intenso como el mío. Luego comenzó a reír al confesarme que, sin lentillas, había visto todo muy borroso. Pero pisha, no me hasía farta ver ná. Me lo imaginaba y ya ehtá. Lo importante es  ssentirlo mi arma, y ssentirlo lo ssentía ¿no quillo? , fue la aclaración que me hizo después de dormirnos un par de horas en la cama de dos metros de ancha que tenía  en su dormitorio.
Es imposible olvidarme de aquel encuentro. Ahí, realmente ahí, es dónde comenzó todo. Le dije que si aquello había sido para pasar el  rato, para aliviarnos sexualmente, o para tener otra experiencia, lo entendería; que no pasaba nada, que los dos habíamos disfrutado. Pera me dejaba hablar y desahogarme. Sólo escuchaba. Luego brotó mi lado sensible y  habló mi corazón. Ya saben, frases como creo que me he enamorado de ti, eres lo más importante que me ha pasado nunca, no te olvidaré jamás, me has hecho muy feliz, te quiero Pera, gracias por comprenderme ,no te voy a poder olvidar en mucho tiempo,..., ¡qué cojones!, era cierto. Estaba completamente enamorado de él. Era esa tontería llamada amor; esa fuerza que nos da vida y que todos necesitamos. Él se levantó de la cama y vino poco después con dos cervezas. Me interrumpió para decirme, con su deje, que me comía demasiado la cabeza; que viviera el momento y que él también compartía esos mismos sentimientos conmigo. Que no estaba seguro que yo quisiera seguir con la relación cuando le conociera más a fondo. Ahora Pera era el que tenía el arranque de sinceridad y quería hablar.
Así fue como me enteré de algunas realidades suyas: Un grupo de empresarios italianos, interesados por la cadena hotelera, habían extorsionado a su padre para que vendiera el negocio a un precio bajo. Éste, nunca cedió a las amenazas. Pera estaba convencido de que la muerte de sus padres, fue propiciada por esos empresarios. Aunque  nunca se pudo demostrar. También me reveló que se habían puesto en contacto con él esos capos para forzarle a la venta. Que insistían incluso con llamadas persuasorias a cualquier hora del día. Que la policía estaba informada y había una investigación en marcha. Y que, al día de hoy, el entramado policial no era capaz de localizarlos por las medidas de seguridad y métodos informáticos avanzados que manejaban los supuestos mafiosos.
Noté como si se sintiera abatido al revelarme todo aquello. Le propuse bajar a cenar algo; le pareció bien. Me llevó a una taberna andaluza cerca del puerto. En el Lamborghini volvió a sonar la misma canción de los Rolling  Stones durante todo el trayecto. Pedimos una fritura de pescado y unas cervezas que no me dejó pagar. Me dijo que tenía que contarme varias cosas más de él y que prefería hacerlo en la casa. Sé que, a veces, las personas queremos abrirnos a los demás. Sólo necesitamos que nuestro interlocutor nos quiera escuchar y no sintamos en él rechazo o desinterés. Intuí que Pera necesitaba de mi comprensión. El diablo no me parecía ya tan diablo. Eh Daví, ehtoy muy aguhtito  contigo ¿ sábeh?, me decía mirándome a los ojos, intentando transmitirme veracidad con sus gestos. Volvimos enseguida a su domicilio. Sympathy for the devil rompió el silencio de la noche de nuevo. Empezaba  a cogerle manía a la dichosa canción. Seguía esperando una explicación a tan excéntrica costumbre.
Ya de nuevo en el dúplex, Pera hizo una llamada al director gerente de sus hoteles para ver cómo había transcurrido la jornada. Al parecer, todo estaba en orden. Acto seguido informó que no quería ser molestado y que desconectaría los teléfonos que tenía. Delegaba en él, como hombre de confianza, la decisión a tomar ante cualquier imprevisto. Ehta noshe sólo voy a esstar pa ti, dijo agarrándome del cuello y acercando sus labios a los míos en un suave beso.
Me chocó que Pera  encendiera casi todas las luces de la casa. Me confesó el motivo: padecía acluofobia, miedo a la oscuridad. No podía dormir a oscuras; tampoco estar en sitios oscuros, ni siquiera en una sala de cine o en ambientes con poca luz, como una discoteca poco iluminada. Tampoco podía conducir de noche por carreteras alejadas de las poblaciones. Estaba en tratamiento con un psicólogo pero aún la terapia no había hecho que superase ese temor. Volvía a mostrarse abatido; noté  que le costaba  expulsar todo su mundo interior. Casi no reconocía en él al joven dinámico, extrovertido y simpático que me encandiló. Siguió con su costumbre de lavarse las manos  y dejar todo impecable después de usarlo. Estaba claro que aquel atractivo gaditano necesitaba soltar todos sus demonios. Y lo hizo. Fue una especie de exorcismo ante mí que se desbordó en un momento. Nos sentamos en dos sillones del salón frente a frente. Le sudaban las manos y le costaba fijar la mirada en mí. Alargué las mías e intenté tranquilizarlo. Odiaba a su padre. En el fondo se alegraba que estuviera muerto. Su progenitor siempre le había subestimado sin mostrar ningún aprecio por él. Pera había  vivido doblegado por el fuerte carácter de un padre tiránico y déspota. Me declaró que seguía sintiéndose una mierda, que le costaba superar la inseguridad que su padre había fomentado en él. Me enseñó un álbum familiar donde comprobé el cambio que ahora había dado su fisonomía. Me contó que llevaba la cabeza medio rapada como acto de rebeldía a la rigidez impuesta por su padre en las maneras de vestir y de ser. De repente, comenzó a llorar desconsoladamente cubriéndose la cara con sus manos. Nunca antes me había visto en una situación semejante. Lo único que se me ocurrió  fue ir hacia él y abrazarle en silencio. Permanecimos así unos minutos. Después le besé varias veces por su rostro humedecido. Al poco tiempo nos fuimos a dormir. Caímos derrotados. Por supuesto, con varias luces encendidas por la amplia vivienda, y una más suave en el dormitorio.
El sábado amaneció soleado y limpio el horizonte. Sabía que Pera había dado el fin de semana libre  al personal que se ocupaba de las tareas domésticas. Así yo me sentiría más cómodo. Supongo que no contaba con mostrarme todo lo que allí salió, su verdadera historia. Me levanté animado. Él seguía durmiendo plácidamente. Lo primero que hice fue ir apagando todas las luces que, en aquella mañana resplandeciente, sobraban. Acto seguido recreé la vista desde la azotea. La ciudad brillaba con sus casas blancas. El mar acariciaba su contorno suavemente. La bahía se llenaba de barcos de todos los tamaños. La vida seguía en aquella ciudad fundada por los fenicios. En la cocina encontré todo lo necesario para un buen desayuno. Quería sorprenderle, pero no sabía sus gustos. Intenté adivinarlo. Un buen café con leche, unas tostadas de pan con aceite de oliva virgen y un generoso plato de jamón ibérico, me pareció, ¿cómo decirlo?, interesante.
Pera acudió al olor del café. Estaba todo dispuesto sobre la mesa. Con el mismo orden que él solía emplear. Le recibí con una sonrisa y él me respondió con un beso. Era un beso intenso, sincero, de enamorado. ¡Joder!, no me podía creer que aquello fuera cierto. El giro que había dado mi vida en tan poco tiempo. Desayunamos tranquilos en la cocina. Pera volvía a ser el joven alegre y despierto que conocía. Parecía que sincerarse conmigo la noche anterior, consiguió en él una catarsis de todos sus demonios. Hablando de demonios, le pregunté por el significado de llevar siempre la dichosa canción de los Rolling en el coche. Titubeó unos instantes. Me explicó que era, también, algo supersticioso; que cuando se sacó el carnet de conducir prometió, que si aprobaba a la primera y evitaba así la bronca de su padre, sólo escucharía en los coches que tuviera, la canción que sonase en aquel momento por la radio. Por las ondas la primera canción que oyó después de la promesa, fue la consabida Simpathy for the devil. Y doy fe que la mantuvo. Le dije que su padre estaba muerto y bien muerto; que podía librarse ya de aquella promesa que más bien era un tormento. Le hizo gracia mi apreciación y soltó una carcajada muy contagiosa. Tenemos que hablar Pera. Sé que lo has pasado mal y que no has llevado una vida fácil. Estaré a tu lado si tú quieres, pero debes corregir ciertas actitudes. Pasar de tus miedos, buscar las mejores terapias y vivir de otra forma la vida a partir de ahora. Yo también sé que tengo que cambiar algunos errores míos, ser más honesto conmigo mismo y con los demás. Salir al exterior y mostrarme tal como soy. Los dos tenemos derecho a la libertad. No pude seguir mi discurso propio de alguien más adulto y más experimentado que yo. Pera se abalanzó sobre mí para abrazarme y besarme hasta la saciedad. Llegado a este punto, no relataré lo que pasó después. Baste decir que hicimos el amor  sobre la alfombra persa del salón principal. Y que el ángel y el diablo ardieron, estallaron más bien, de placer.



No desesperen. Esta crónica está próxima a su fin. El sábado transcurría igual de soleado. Invitaba a salir y disfrutar de todo lo que la Tacita de Plata podía ofrecernos. Le propuse a Pera alquilar alguna motora y recorrer la costa. Le pareció una idea magnífica. Volvió a conectar los teléfonos. Casi al instante sonó su móvil. Era el director gerente anunciándole la captura de dos sospechosos, un español y un italiano, que la policía atrapó mientras manipulaban los frenos del Lamborghini rojo en el aparcamiento del edificio. Ni qué decir tiene que la mañana del sábado fue distinta a los planes previstos. Pera tuvo que ir a declarar, contrastar todas las hipótesis que se barajaban en la investigación; incluso hacer unas declaraciones en la prensa y la cadena autonómica. Yo, mientras tanto, opté por caminar por la ciudad, recorrer sus calles y, sobre todo, saturar mi vista con el azul del mar.
Fue el gran azul el que confirmó mi decisión: me quedaba en Cádiz, junto a Pera. Sabía que había muchos escollos que salvar, que él necesitaría muchas terapias y muchas conversaciones donde desnudarse sin temor. Dudaba si yo podría con todo aquello. Pero esa tontería llamada amor, nos hace ser intrépidos y atrevidos algunas veces. Y eso me gusta porque yo nunca fui demasiado valiente. Tal vez por eso admiro tanto al mar: por su fuerza, por su libertad, por su grandeza.


Cuando escribo estos últimos renglones, ha pasado más de un año desde que llegué a esta ciudad. Todo ha mejorado con respecto a Pera. Ya no pone sólo la maldita canción en los coches. Le ha subido bastante la autoestima; hasta incluso se permite algunas chulerías. Se operó de la vista y ya no lleva lentillas. Ha cambiado su aspecto de punkie por la de un ejecutivo moderno. Pero sigue lavándose mucho las manos y controlando que esté todo en orden.  En cuanto a mí, me armé de valor y hablé con mis padres de mi sexualidad. Mi padre no lo admitió, mi madre sí; aunque sé que él terminará entendiéndome. Los amigos que tenía se redujeron a la mitad cuando supieron que era gay. Me han quedado los verdaderos. Me apunté a un taller de escritura conocido en el ámbito cultural gaditano, Tacita de Cuentos, y sigo intentando escribir. Pera me ha propuesto que me encargue de la parte cultural de la cadena hotelera. En fin, que todo ha cambiado a mejor para los dos. Hemos decidido casarnos en primavera en una ceremonia discreta e íntima, con pocos invitados. Queremos formar una fundación de ayuda a niños y jóvenes con problemas de integración de cualquier tipo. Y el futuro puede que nos depare muchos más proyectos.
En Tacita de Cuentos nos propusieron hacer un ejercicio en cierto modo autobiográfico. Nos dieron libertad para escoger la etapa sobre la que quisiéramos hablar, mejor dicho, escribir. Yo escogí mi vida junto a Pera. Y el resultado es esta crónica, que  termina con esta cita sobre la felicidad:

                  La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar  y alguna cosa que esperar. (Thomas Chalmers. 1780-1842)

© Ceferino Otálora Rubio (Mos)
17- 20 diciembre de 2007.

Imágenes tomadas de Internet.
© Sus autores.




                                                  









domingo, 12 de febrero de 2012

UNA ORILLA INUNDADA DE MÚSICA (10): POEM WITHOUT WORDS. ANNE CLARK.

Anne Clark nació en Croydon, al sur de Londres, el 14 de mayo de 1960. A los dieciséis años dejó la escuela convencida de que su mundo estaba en la música y los libros. Consigue un empleo en una tienda de discos a la vez que frecuenta locales donde actúan grupos musicales y se reúnen escritores y poetas como el Warehouse Theatre. Así, poco a poco, va componiendo su propia música y un día debuta en una sala de conciertos junto a un incipiente Depeche Mode (grupo electrónico de culto). Por entonces, también gana un concurso para jóvenes escritores y publica su primer libro.
Anne es una poetisa y escritora que le gusta experimentar toda clase de sonidos. Incluso ha hecho incursiones en el jazz, el folk o la música clásica. Curiosamente, “POEM WITHOUT WORDS” (POEMA SIN PALABRAS), es el último corte del disco de 1987 “Hopeless cases”; un disco bastante innovador en su tiempo y con un estilo muy particular que no tiene nada que ver con dicho tema que, por otro lado, es una de las piezas más románticas del siglo XX.

POEM WITHOUT WORDS:  POEMA SIN PALABRAS.
He escuchado este tema en muchísimas ocasiones y siempre me seduce, me invita a soñar, me inspira imágenes idílicas y relajantes. No deja de ser curioso que se llame “Poema sin palabras”. Pues bien, amigos de la orilla, os planteo un reto: pongamos palabras a esta melodía, a este poema. Bastará con cuatro versos de cada uno de vosotros que yo iré colgando en la entrada según los vaya recibiendo. Escuchad la melodía en el vídeo de más abajo y escribid lo que os sugiera. Nada más.
Aquí os espero, en la orilla de las palabras.
Mos.






No, no te has ido madre:
tus besos siguen conmigo;
tus manos me arropan
en mis duras noches de invierno.
                                               MOS



Y son calor frente al inmenso frío
que me asalta si miro y no te veo,
son ascuas en ese invierno níveo
de añoranza de ti, inmenso y vacío.
                                                 MARÍA


Siento el calor de tus besos,
la dulzura de tu mirada,
aprendo de tus consejos,
eres mi cielo eterno.
                     ION-LAOS


Pasarán los días, 
y pesarán los años...
se extinguirá mi vida, 
pero no tu recuerdo.
                       TERESA




Al otro lado de esta sustancia que me acompaña,
se abre la realidad que me cercena.
Al otro lado que no miro,
un espejo me rompe todos los sueños.
                 ISABEL MARTÍNEZ BARQUERO




Te escondes momentáneamente,
percibo sobresaltos en tu ausencia. 
Recuerdo tus palabras y tu acento,
imagino y te siento en mi presencia.
                                 ENDLESS LOVE

La puerta cerrada,
tus manos desiertas,
el sol encadenado
y el día sin nacer.
                        FUS


Vuelan golondrinas,
atravesando el tiempo infinito.
Recogiendo suspiros de amor
para entregarlos en su destino.
                        JORGE DEL NOZAL



"Al aire,
al aire de la noche asomo,
-oscura de azules-
y me hago sombra
y vértigo y abismo y ala…
Oscura de azules voy.
Infinita la noche que me abarca".
                                    TRINI REINA


Uno letras y formo palabras,
uno palabras y creo frases,
uno frases y fundo poemas,
y uno poemas sin palabras… 
                          MAMÉ VALDÉS




Unidos sin palabras
por una mirada,
por una caricia,
en la noche quebrada.

                  LOLA RUBIO





No asoman sonido mis palabras. 
Sólo la música abraza el aire que rodea mis labios. 
Los acordes del piano cabalgan sobre mis latidos 
y mis latidos despiertan esos recuerdos
de cuando mis silencios surgían de tus besos.

                                                               GIZELA





Amanece el nuevo día 

sin tus besos,
aplastante tu presencia
me devora. 
Reparadora noche que me acoge
para Morfeo devolverme tu persona.

                                              ORÉADAS




Soñaba, reía, lloraba, cantaba.
Bebía, fumaba, gritaba, rompía.
Acariciaba... besaba... suave... el sabor de mi derrota.
Resumamos: me amaba, me odiaba, 
me amaba, me odiaba.
                    XIMO SEGARRA “ACAPU”






Me hice rayo de luz,
brisa suave,
manto de lluvia...
Y te acaricié.
Nunca me fui...
                CARMEN



Vuelve el ayer
en vórtices transidos de deseo
y galopan las notas
a lomos del universo
sin espuelas.
              NARCI




Volando hasta lo infinito.
Un instante robado.
Alas abiertas, tiempo que aguarda.
Recuerdos... nostalgias.
                            ANCHY






Palabras que se diluyen antes de plasmarse en versos.
¡Si un piano ya es poesía entre compases etéreos!
Fluyen las sensaciones, las notas se alzan en vuelo
y el poeta, deslumbrado, abdica ante tal suceso.
                                                       DIANA PROFILIO






Ay madre que en mis sueños te contemplo
en la ribera junto al río
envuelta en un aire tibio 
y serena, mirabas en el espejo 
del tiempo.

¡Ay madre cuanto te siento!
¡cuanto te echo de menos!
¡tus palabras -tu consejos!
¡tus caricias enredando mi pelo!
Cuanto -cuanto te siento. 

                  MARINA FILGUEIRA