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jueves, 26 de enero de 2012

TRES CITAS SOBRE ESPAÑA Y LOS ESPAÑOLES Y DOS CANCIONES

1. "El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir algo que es bueno dicen: Es envidiable"
     JORGE LUIS BORGES (1899-1986). Escritor argentino.

2. "El español siempre sabe todo. Y si de algo no sabe nada, dice:    De esto hablaremos más adelante"
      JOSÉ LUIS ARANGUREN (1909-1996). Filósofo español.

3. "Un trozo de planeta / por donde corre, errante / la sombra de Caín."
      ANTONIO MACHADO (1875-1939). Poeta español.


jueves, 19 de enero de 2012

EL FERRY

 “Si no cambias, cualquier día me iré en ese ferry para no volver jamás”, espetó Vera a su marido mientras planchaba un pantalón de él encima de la mesa de camilla. A través del ventanal del comedor, la mujer observaba en ese momento la estela blanca que dejaba la embarcación al abandonar la bahía de Santander. Él,  apuraba con grandes bocanadas un Ducados antes de apagarlo en el cenicero. Ante las palabras de ella, se incorporó del sofá y, acariciándole la espalda, optó por decirle “Pero qué tonterías. ¿Dónde vas a estar mejor que conmigo? Ya te dije esta mañana que no volvería a ocurrir. Te lo juro por lo más sagrado”, a la vez que acercaba dos dedos en cruz hasta sus labios para confirmar su juramento.
                  La noche anterior Fermín volvió a pegar a Vera.
                  Llegó ebrio, dando trompicones, con la bragueta mojada y maldiciendo su mala suerte. Ese día, 24 de junio de 1975, era el día del cobro en la compañía ferroviaria de vía estrecha donde trabajaba. Fermín era engrasador de vía y, cuando llegó el pagador a la dependencia, propuso tomar unos vinos y echar unas partidas a los demás después de su jornada. En el bar de Mingo, cercano a la estación, estuvieron bebiendo y jugando hasta avanzada la noche. Perdió casi dos mil pesetas de las doce mil que le dieron por su sueldo con los amigotes y compañeros. Pero tal vez lo que más le molestaba, era oír las burlas y risas de ellos  y de algún otro cliente que paraba por allí.

Mientras Vera, ajena a todo, disfrutaba de una estrellada noche de San Juan recreándose con el firmamento y llenando sus pulmones de la brisa fresca que llegaba del Cantábrico. A los pocos minutos se marchó a la cama relajada y tranquila donde entró en un profundo sueño. Sueño que se vio roto con la llegada ruidosa del hombre de la casa. Vera le conocía muy bien y no quiso importunarle. Por eso cuando él encendió la luz del dormitorio y, balbuceando, le dijo “¡me cago en Dios, he vuelto a perder!”, ella intentó consolarle con un “no pasa nada Fermín, acuéstate. Unas veces se gana y otras se pierde”. Le fue inútil. El hombre descargó su furia y su malestar en ella a puñetazos, llegándole a partir el labio de un manotazo. “No, no. No me pegues más, te lo suplico”, repetía Vera entre sollozos al tiempo que protegía la cabeza con sus brazos. Fermín, a sus cincuenta años, era un hombre corpulento, grande, del que era difícil de escapar a pesar de su embriaguez. Tras la descarga de varios golpes sobre ella, se quedó tumbado sobre la cama con la respiración entrecortada. Minutos después, Vera le oía roncar plácidamente. Fue entonces cuando, dolorida y magullada, se incorporó del rincón del cuarto donde había quedado maltrecha. Con paso lento caminó hasta el baño. Presenció en el espejo las mismas heridas de otras veces, las mismas marcas, idénticos moretones, iguales signos de violencia sobre su cuerpo a los que estaba ya tan acostumbrada a padecer. Aquella visión tan repetida hizo que rompiera a llorar desconsoladamente, que enrojecieran y se hincharan sus agrietados ojos verdes.
Pasado un tiempo se lavó la cara y se curó el labio partido. La cabeza parecía estallarle. Se tomó un Optalidón antes de volver con su agresor. Los dolores le impedían conciliar el sueño. Tal vez por eso, sus pensamientos hicieron que recordara el barco. El ferry que todas las tardes veía partir desde su ventana.
Sabía que dicha nave hacía la ruta Santander- Plymouth. Puede que aquella noche, según se decía un tanto mágica, provocase en Vera el firme propósito de escapar, de irse a Inglaterra. Su prima Carmina, conocedora de la situación, le insistía en sus cartas que se fuera con ella a Londres. Que le sería fácil encontrar trabajo de planchadora o de cocinera en algún hotel lujoso de la ciudad. También podría cuidar de alguna anciana dama de los barrios residenciales o simplemente trabajar en cualquier fábrica.
Pasaban las horas. Vera se imaginaba en la cubierta del ferry dejando atrás una vida de sinsabores y lamentos. Parecía sentir desde su lecho el mismo aire fresco y reconfortante que sentirían los ocupantes del barco al dejar la bahía. Con esa sensación placentera consiguió dormirse.
Por la mañana se despertó sobresaltada. Fermín continuaba roncando entre fuertes bufidos. Recordó que ese día a su marido le tocaba librar en el trabajo y dejó que continuara durmiendo. Le inquietaba saber que para viajar sola hasta Inglaterra necesitaba obtener el pasaporte con la autorización de su marido. Y eso tenía claro que no sería posible. Se levantó con los mismos dolores pero aún así, sacó fuerzas para aviar lo más pronto posible la casa. Se empolvó el rostro para tapar las huellas de la paliza e hizo algo de compra en el mercado de abastos. Después, fue a ver a su amiga Enriqueta. Tras contarle lo sucedido la pasada noche, le explicó el complicado plan que tenía en mente.
Sin perder tiempo fueron hasta el consulado inglés y la comisaría central, donde recabaron la información y las solicitudes necesarias. Vera explicó a los funcionarios con absoluta naturalidad que debía ir a Inglaterra para cuidar de una prima enferma que vivía en Londres. A media mañana las dos amigas rellenaban los impresos en la mesa de un kiosco de la playa de la Magdalena. Enriqueta imitó la firma de Fermín con muy buen resultado. Más tarde, brindaron con limonada para que todo saliera bien y se fundieron en un intenso abrazo. Quedaron en tramitar la documentación al día siguiente. Vera prefirió que su amiga se llevara los papeles a casa para evitar que se malograra el plan urdido.
Sería la una del mediodía cuando la ilusionada mujer entraba por la puerta de su casa. El marido continuaba en la cama. “Mejor. Así no tendré que darle explicaciones de dónde he estado”, meditó dibujando una sonrisa en su rostro. El resto del día entre los dos transcurrió de la siguiente manera:
Ella preparó una sopa de verduras y pollo al ajillo para comer. Él se levantó como si no hubiera pasado nada. Ella quitó las sábanas de la cama y las puso en remojo en la pila. Él se afeitó y se aseó. Juntos comieron en silencio. Ella recogió la mesa y la cocina. Él encendió el televisor. Ella le sirvió un café con un chorro de anís. Él se fumó un cigarrillo. Ella terminó de limpiar la cocina. Él vio el telediario. Ella cogió de las cuerdas la ropa tendida. Él continuó sentado en el sofá. Ella dobló la ropa para guardarla. Él volvió a fumar. Ella encendió la radio de la cocina. Él cogió un periódico atrasado y apagó el televisor. Ella fregó y guardó el vaso y la cucharilla del café de él. Él empezó un crucigrama del periódico. Ella zurció dos pares de calcetines. Él pegó una cabezada en el sofá. Ella escuchó su radionovela favorita. Él se despertó y volvió a fumar. Ella se puso a planchar en la mesa de camilla. Él volvió a encender el televisor. Ella vio el ferry por la ventana y continuó planchando. Él estiró los brazos para desentumecerse. Ella le dijo que si no cambiaba, cualquier día se iría en aquel ferry. Él se levantó del sofá para acariciarle la espalda. Ella continuó planchando. Él le contestó que dónde iba  a estar mejor que con él y le juró que no volvería a pegarle. Ella siguió con la mirada la marcha del ferry. Él cogió otro Ducados. Ella guardó la ropa planchada. Él se arregló para salir diciendo que volvería pronto. Ella fue cogiendo todo lo que él dejó por medio. Él paseó tranquilamente camino de un parque cercano. Ella lavó a mano las sábanas que dejó en remojo. Él se acercó a la zona donde unos conocidos jugaban a la petanca. Ella peló unas judías verdes y las puso a cocer. Él volvió a fumar mientras comentaba la partida de petanca. Ella limpió unas sardinas que eran para cenar. Él se despidió del grupo del parque y marchó hacia el barrio pesquero. Ella regó los geranios que adornaban su balcón. Él entró en una taberna de pescadores y se tomó un vino. Ella repasó las sábanas por si necesitaba meterlas en azulete. Él degustó su vino a la vez que fumaba de nuevo. Ella optó por tender las sábanas. Él miró el reloj y pensó en volver a casa. Ella se volvió a curar el labio. El cogió el camino de vuelta sin demasiada prisa. Ella intentó descansar un rato en el sofá acompañada del televisor. Él apareció a los pocos minutos. Ella se sorprendió que llegase tan pronto. Él comentó que quería cenar, que el paseo le había dado apetito. Ella volvió a la cocina y dispuso la mesa. Él se sentó en su sillón para descansar mientras esperaba la cena. Ella le sirvió las judías verdes y le indicó que ya estaban puestas en la mesa. Él se acomodó frente al plato y comenzó a comer. Ella, mientras, frió las sardinas. Él terminaba la verdura cuando ella se sentó a la mesa. Él casi se come todas las sardinas, luego le pidió una manzana. Ella se levantó y le trajo varias para que escogiera. Él se llevó la manzana al sillón para seguir viendo la televisión. Ella terminó de cenar poco después y recogió la mesa. Él reía con una película de Cantinflas. Ella fregaba en la cocina. Él fumaba relajado. Ella se acordaba del ferry. Él estaba atento a la película. Ella sonreía viéndose en la cubierta del barco. Él le pidió que viera con él la película. Ella se sentó en su sitio del sofá. Los dos reían ante el televisor por motivos diferentes.
Al terminar la película se fueron a la cama. Fermín le insinuó hacer algo antes de dormirse. Vera se negó a sus intenciones porque todavía sentía los dolores de los golpes recibidos la noche anterior. Él pareció conformarse, tal vez compadecerse, y se dio media vuelta dándole la espalda.
Vera cayó en ese momento en la cuenta de que había sido mejor no haber podido darle hijos. Aunque nunca se demostró la fertilidad de él. No podía soportar la idea que también hubieran sufrido los maltratos de ese padre. Después su cansancio hizo que se durmiera, no sin antes rezar sus oraciones de todas las noches.
Fermín madrugó para irse al trabajo. Horas después, como acordaron, Enriqueta y ella entregaron la documentación requerida. Todo siguió su curso normal. Volvieron a recordarles que el pasaporte tardaría algo más de un mes en poder recogerse. Vera calculó que para primeros de agosto podría irse. Era cuestión de esperar un poco más.
A finales de julio tenía el pasaporte en sus manos. Volvió a pedirle a su amiga que se lo guardara para no ser descubierto por Fermín. A sus cuarenta y nueve años se la veía más entusiasmada que nunca, dispuesta a cambiar el destino de su vida. Del fondo de una lata metálica de Cola Cao sacó una bolsa de plástico que contenía algunos billetes. Era todo lo que había podido ahorrar en varios años sisando de aquí y de allá. Cerca de veinticinco mil pesetas estaban escondidas bajo el cacao de aquella lata esperando a salir y circular  libremente por el mundo. En eso se parecían a su dueña.
Vera volvió a esconder el dinero y se ocupó, como siempre, de las tareas del hogar. Primero la limpieza, luego la comida, después… Ensimismada en sus labores se reconfortaba pensando en la carta que escribiría  a su prima comunicándole su inminente partida. Debería escribirle antes que él volviera. Por la tarde iría con Enriqueta a la estación marítima para sacar el pasaje del ferry. Se marcharía a primeros de agosto.
No le fue posible. Su marido apareció por casa antes de lo habitual; bebido, apestando a vino y tabaco. Faltó al trabajo y jugó a las cartas perdiendo de nuevo. A ella sólo le dio tiempo a decir “¿qué haces aquí?”, antes de que él descargara sobre ella toda su ira; golpeándole en la cabeza con el atizador de la cocina de carbón mientras le gritaba “¡te importa tres cojones lo que yo haga y cuándo venga!”.
Una fractura en el cráneo, dos costillas rotas a puñetazos, varios hematomas por todo el cuerpo y diversas heridas fueron el resultado del mayor ataque violento provocado por Fermín. Ella estuvo convaleciente y postrada  en el hospital hasta mediados de septiembre. Él tan sólo estuvo quince días en el calabozo por aquella agresión.
EPÍLOGO:

Aunque  Santander este año ha sido más caluroso que de costumbre, la época estival va llegando a su fin. El sol se esconde antes y los días, lentamente, van siendo más cortos. Ya es habitual ver a decenas de bandadas de aves cruzar el cielo de norte a sur, en busca de tierras más cálidas.
Vera, al levantarse de la siesta, camina hasta la cocina con paso inseguro, arrastrando las piernas. Tras beber un poco de agua, se coloca las gafas y se acerca hasta el calendario que hay colgado en la pared. Sabe en el día en que está porque aún no lo tiene tachado en el almanaque. Comprueba que es viernes, 22 de septiembre de 2006. Después vuelve a su cuarto y se viste para salir. Sobre las seis vendrá Pilar, la cuidadora social, para prestarle el servicio diario. Prefiere que hoy no haga nada en la casa y ocupe su tiempo en dar un paseo con ella. Prefiere que la lleve hasta el muelle. Quiere ver cómo zarpan los barcos.
Los barcos.
Son las seis y media de la tarde  del último día del verano. Una mujer anciana solloza viendo partir un ferry que se aleja en lontananza.


 © Ceferino Otálora (Mos).
Enero de 2007
Imágenes tomadas de Internet.

sábado, 14 de enero de 2012

"DESPEDIDA" EN LA VOZ DE JORGE DEL NOZAL




Una vez más la generosidad de Jorge del Nozal y su buen hacer han hecho que me sorprenda y me emocione oyéndole declamar este poema mío de hace unos años. Gracias Jorge, amigo.
Os invito a escuchar a Jorge y su potente, viril y profunda voz. Para ello basta con pinchar en el cuadrado azul del reproductor de más arriba.

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

viernes, 6 de enero de 2012

FUEGO EN EL CUERPO

Aquel matrimonio pasaba ya de los cuarenta. Llevaban varios años queriendo tener descendencia sin conseguirlo. Ni las técnicas más modernas ni los mejores especialistas, lograban su objetivo. Sabían que el problema estaba en él y su escaso número de espermatozoides. Sin embargo, ella nunca le reprochó nada aunque, a decir verdad, era consciente que el tiempo jugaba en su contra en aquel menester.
Él, como último recurso, acudió a una vieja curandera que se anunciaba en una revista esotérica. La anciana le habló de un dragón alado, símbolo del vigor y la fertilidad masculina. Le mostró la figura de aquel ser mitológico y le aseguró que, con el dragón tatuado en su bajo vientre y el pertinente conjuro, serían padres muy pronto. Ella misma grabó sobre la piel del hombre aquella criatura legendaria, no sin antes advertirle que el tatuaje no debía ser visto por su esposa hasta quedarse embarazada.
El desesperado marido curó, a escondidas, la herida del  dragón grabado en su cuerpo por encima del pene. En pocos días aquella porción de piel tatuada tomó un aspecto sano e hidratado. Fue entonces cuando, llegada la noche, el hombre hizo el amor con más ganas que nunca. Su esposa  notó cierto cambio: como más brío, más fuerza en las embestidas de aquel apasionado varón que le hacían enloquecer hasta explosionar en sus entrañas. Incluso, sin saber por qué, amanecía excitada por eróticos sueños donde la figura de un dragón jugaba con su sexo en cientos de caricias inimaginables.
A partir de ese día la pareja se entregó a la encomiable tarea de ser padres con el mismo fuego y el mismo deseo que años atrás; o quizá más. Parecía que vivieran una eterna luna de miel, de esas de aquí te pillo aquí te mato. En una de esas sesiones de placer amatorio ella vio algo parecido a un dragón en el pubis de él, pero prefirió no pedir explicaciones. Al fin y al cabo gozaba más que nunca con su hombre y, por si fuera poco,  encima tenía  los más  voluptuosos sueños con aquella figura legendaria.
Una emoción sin igual se apoderó de ambos cuando a ella se le retrasó la regla. Sin embargo, dicho sentimiento les duró poco: los análisis y el dictamen médico aseguraban que no estaba encinta.  El especialista dejó caer la posibilidad de que estuviera entrando en los desarreglos menstruales propios de la menopausia. Eso no bajó el ritmo sexual de la pareja en los días siguientes sino  todo lo contrario. No puedo describir el afán, el ardor, la pasión que para tan digno fin se procuraron los dos entre aquellas cuatro paredes.
Pasaron tres semanas y la fémina no notaba que ovulase; tampoco le venía la menstruación. Se compró un predictor en la farmacia y dio negativo. La mujer no entendía nada; es más,  juraría que algo con vida estaba creciendo en su interior. Llegó a pensar que se estaba obsesionando demasiado con todo aquello, que lo mejor era darse por vencidos y desistir en la idea de tener un hijo propio. Esa noche decidieron no hacer el amor.
Ella se despertó antes del amanecer con malestar en el vientre. Observó   pequeñas manchas de sangre en la braguita e intuyó que, por fin, le bajaba la regla. Fue hasta el cuarto de baño y su sorpresa fue ver cómo, de su dilatada vagina, asomaba algo. Antes de que cayera al suelo pudo coger un huevo  del tamaño y el color de una hermosa chirimoya. Sí, sí, como una considerable chirimoya cubierta de escamas con algo en su interior que se movía queriendo romper el aceitunado cascarón. A continuación se pudo oír un potente grito femenino.
Disipado  el estupor inicial y tras algunas horas de valorar los pros y los contras, unos padres entusiasmados ríen con el pequeño dragón que humea entre sus manos, fruto de su intenso amor. 
El recién nacido parece no extrañar a aquellos seres que le acarician y le hacen carantoñas al decir del aleteo con que se mueve y los gruñidos suaves que suelta de vez en cuando.
Ahora mismo, en algún hogar ignoto, hay un matrimonio que juega con su verdoso retoño alado. Y los tres, creedme, forman una familia feliz.


© Ceferino Otálora (Mos). Noviembre 2011
Imagen tomada de Internet.