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lunes, 19 de marzo de 2012

LA HUIDA

Julio ha llegado a Madrid en un tren de alta velocidad procedente de Sevilla. El viaje ha sido rápido y confortable. Ocupaba una plaza en el coche CLUB, propio de los famosos y los hombres de negocios como él. Ya en Atocha, ha cogido un taxi hasta el lujoso hotel donde se hospeda. Cuando entra en la habitación 503 mira el reloj. Piensa que es pronto aún, que es cuestión de esperar un poco más y deja escapar un gesto inequívoco de satisfacción por su rostro. Una vez dentro, abandona el maletín de ejecutivo sobre uno de los sillones. Se desprende de la chaqueta gris que viste y se afloja el nudo de la corbata en un intento de liberarse de tanta rigidez a la que se ve obligado con su vestimenta. Acto seguido se descalza. Siente la suavidad del suelo enmoquetado sobre sus pies desnudos. “Mucho mejor, sí señor”, se dice ante el espejo del cuarto de baño, a la vez que canturrea algo.
Hoy, 29 de septiembre de 1998, es uno de los días más importantes para él. Hoy, más que nunca, se siente ganador. Julio es un economista muy avezado. Está a un paso de llegar a la cima, de tocar las nubes, de formar parte de los que deciden, de ser miembro del poder.
La erótica del poder. La erótica del poder le subyuga.
A sus treinta y tres años saborea las mieles del triunfo. Y eso le reconforta los años de esfuerzo, de trabajo intenso, de viajes por toda Europa en nombre de la empresa. Ha sacrificado muchas horas de su vida personal y familiar. Atrás han quedado sus parientes, sus amigos de adolescencia, su pequeña capital de provincias. Pero ahora se confirma en que ha merecido la pena sacudirse todo rastro del pasado. Ahora pertenece a otro mundo, donde ninguno de los suyos estará y está dispuesto a permanecer y prosperar en él.
Son las seis de la tarde. Le comunicaron que antes del atardecer le llegaría la llamada con la decisión que tanto espera. Es un secreto a voces su admisión en la junta directiva de la consultora internacional donde trabaja. Sobre  la mesilla derecha deja su móvil. No quiere impacientarse en la espera. Se sirve un whisky y decide tumbarse sobre la cama. “Esto sólo es el principio. Sé que habrá cimas más altas” medita, dando  pequeños sorbos al vaso, mientras fija la vista en la ventana. Desde el lecho observa un cielo azul salpicado con alguna nube dispersa. También un edificio de cristales tintados tan impersonal como tantos otros de otras ciudades. Incluso la habitación, ahora que se fija más detenidamente, es similar a casi todas las visitadas antes. Todas son confortables pero no acogedoras. Se percata  que dispone de hilo musical en la estancia. Para entretenerse en la espera, tantea los canales del aparato en busca de alguna melodía o canción agradable. En uno de ellos suenan las últimas notas de una canción muy popular ese año. Al instante comienza otra con acordes de guitarra y una melodía tranquila. Para Julio es desconocida pero decide que servirá para estar relajado. Cierra los ojos y, tranquilamente, escucha la canción:

                     “Cierto que huí de los fastos y los oropeles,
                       y que jamás puse en venta ninguna quimera,
                       siempre evité ser un súbdito de los laureles.
                 ¿Por qué vivir en un vértigo y no en una carrera?...”

 Cree reconocer a Luis Eduardo Aute por el timbre característico de su voz. Pero no cambia de canal. Quiere escuchar para después burlarse de aquel “loco bohemio” y de su canción un tanto absurda.

                     “…pero quiero que me digas amor
                           que no todo fue naufragar,
                           por haber creído que amar
                           era el verbo más bello.
                           Dímelo, me va la vida en ello…”

Sigue dando pequeños sorbos de alcohol. Algo inexplicable le impide cambiar de canal. A un ritmo veloz se agolpan recuerdos de muy atrás en su mente que no puede borrar en ese momento. Imágenes olvidadas de una película de la que fue protagonista. La canción entra en el estribillo:

                      “…Me va la vida en ello,
                            quiero que me digas amor
                            que no todo fue naufragar
                            por haber creído que amar
                            era el verbo más bello.
                            Dímelo, me va la vida en ello…”


Se ve en el Castañar, el mejor parque de la ciudad donde nació. Tiene diecisiete años. Toca la guitarra en la hierba rodeado de sus amigos. Carlos, Esteban y Susana le acompañan con las palmas. Marieta y Penélope hacen los coros.
Penélope; Penélope era la chica de sus sueños. Escribía pequeños poemas de amor para ella. En sus versos plasmaba, buscando las palabras adecuadas, todo lo que su apasionado corazón le dictaba, intentando definir el encanto y la dulzura de aquella joven que le hacía perder el sueño cada noche. Al recordarlo siente el mismo vuelo de mariposas en el estómago que entonces, cuando caminaban abrazados. Revive el momento cuando ella le dijo que sí,  que saldría con él. Llegó a casa con cara de tonto, extasiado, como en otra dimensión. Los suyos le notaron “el mal de amores”. Se acuerda de cómo cuchicheaban y disimulaban al verle.
La guitarra. La pandilla. Todos cantando canciones de Serrat, de Pablo Milanés, de Víctor Manuel, también de Aute. Incluso alguna de Víctor Jara de las viejas cintas de casete que tanto oía de su hermano mayor.
Su hermano. Ahora apenas se hablaba con él. Ambos se ignoraban. Evocar todo aquello le hace dar tragos más largos. Se incomoda con la canción. También con los recuerdos que se han fijado en su cabeza.
Tenía los mejores amigos del mundo. Se conocían desde pequeños. Pertenecían al mismo barrio obrero repleto de familias luchadoras con ideas progresistas muy marcadas. Vuelve a su memoria el día que murió Franco. Su padre y su hermano fueron a casa de Toñín, el padre de Esteban y, según le contaron, descorcharon una botella de vino reservada para la ocasión. Después continuaron celebrándolo en casa de Marieta. Recuerda a su madre preocupada, rezándole a la Virgen del Camino para que nadie del barrio diera el chivatazo a la guardia civil. Cuando su padre volvió aquella noche entró en su cuarto y, emocionado, le dio un fuerte abrazo. También le dijo que él crecería en libertad y podría elegir la vida que quisiera. Aquel niño de entonces no entendía nada.
La canción ha repetido el estribillo y sigue avanzando. De repente suena el móvil. Es Fabiola, su novia. “¿Alguna novedad?”. Es lo primero que le ha soltado, con voz estridente, desde algún atasco de la Ciudad Condal. “¿Habrás jugado todas tus cartas, no?, ¿quieres que llame a papá y…” Julio interrumpe la llamada. No quiere oír a su Dalila particular en este momento. Después pondrá alguna excusa por la interrupción. Aute sigue cantando en la estancia.

                   “…Cierto que no prescindí de ningún laberinto
                         que amenazara con un callejón sin salida
                         ante otro más de lo mismo creyendo distinto,
                         porque vivir era búsqueda y no una guarida.
                               Pero quiero que me digas amor
                         que no todo fue naufragar,
                         por haber creído que amar
                         era el verbo más bello.
                         Dímelo, me va la vida en ello…”

Naufragar. Piensa que tal vez el éxito profesional le está llevando a la deriva, alejándole de la orilla donde dejó los sentimientos que realmente importan. Está confuso con tantos momentos vividos amontonándose en su mente. Amar. Con esa palabra ha vuelto a pensar en Penélope, en los poemas que le escribía y que ella aceptaba con rubores y sonrisas de niña enamorada. Se pregunta qué será de ella. Ha pasado mucho tiempo. Oyó decir a su madre que aún estaba soltera, que prefería estar segura antes de atarse a nadie. Que se hizo veterinaria y vive dedicada a su profesión recorriendo los pueblos de la comarca. Pero que sigue siendo una mujer muy guapa.
Julio sonríe. Se le iluminan los ojos evocándola. Ha apurado el vaso y no quiere beber más. “¿Hacia dónde voy?”, grita desesperado a las cuatro paredes de su habitáculo. Su cabeza insiste en recordar gratos momentos vividos con sus amigos, la gente que más le quería.
Rememora las acampadas en el cercano cerro del Santo. Todos juntos alrededor de la hoguera. Con lecturas apasionadas de versos románticos que encandilaban a las chicas del grupo. Los primeros escarceos amorosos con el corazón acelerado y la luna por testigo. Las largas conversaciones donde planeaban cómo cambiar el mundo, donde se sentían diferentes al resto de los mortales. Aquel verano, mientras el país vibraba con su Mundial de fútbol,  media docena de adolescentes del norte de Castilla se emocionaban con los versos de Neruda y Bécquer y con las canciones de Serrat. Terminaron fundiéndose en un abrazo y jurándose ser amigos hasta la muerte.
De todo aquello reconoce que no le queda nada. La canción continúa.

     “…Cierto que cuando aprendí que la vida iba en serio
           quise quemarla deprisa jugando con fuego
           y me abrasé defendiendo mi propio criterio
           porque vivir era más que unas reglas en juego.
           Pero quiero que me digas amor
           que no todo fue naufragar
           por haber creído que amar
           era el verbo más bello.
           Dímelo, me va la vida en ello…”

Julio, por primera vez, se siente perdedor como el sujeto de la canción, aunque por motivos totalmente diferentes. Algo le dice que debe dar marcha atrás y abandonar aquel oasis que no es más que un falso espejismo: se va a casar con su prometida, la mujer más ambiciosa del planeta, hija de un alto directivo que ha favorecido su escalada hasta la cima en la que, tras la esperada llamada, conseguirá estar sin duda alguna. Nota una herida abierta en la conciencia. Si sigue estará dando un salto al vacío. No se reconoce. Intuye que se perdió en el camino del triunfo. Es un náufrago olvidado, un solitario en la cumbre; sí. Puede que todavía esté a tiempo de poder ser rescatado. Algo le dice que debe agarrarse al salvavidas de lo auténtico que le proporcionan los recuerdos del pasado.
La canción va decreciendo anunciando su final. El ejecutivo se pone en pie de un impulso y apaga el hilo musical. Se acerca hasta la ventana y ve cómo el sol se oculta sobre Madrid dejando un halo de tonos rojizos antes de dar paso a la noche. Desde allí observa la amplia avenida que tiene ante él: un flujo interminable de automóviles y viandantes. Le gustaría saber cuántos de aquellos seres estarán realmente vivos. El teléfono suena de nuevo rompiendo el silencio. “Enhorabuena Julio, el puesto es suyo. Ya es usted el socio más joven de los directivos de esta firma”. “Gracias, muchas gracias. Es un honor para mí señor presidente, pero ahora debe disculparme. Me va la vida en ello”, le contesta a su interlocutor sin más explicaciones. Después desconecta el móvil y exhala profundamente como si quisiera soltar todo el lastre que le ataba al presente.
Se vuelve a vestir y coge sus pertenencias. Sale de la habitación con una sonrisa muy distinta a la que entró. Cuando entrega las llaves, el reloj de recepción, marca las ocho y veinte.

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Lentamente el convoy abandona el andén. Los que han acudido a despedir a los suyos se quedan atrás agitando los brazos. Julio se asoma por la ventanilla y siente el aire fresco de la noche. El tren parece despedirse también de la ciudad con su potente garganta. Poco a poco Madrid se va quedando atrás y él está más cerca de su gente, de esa orilla salvadora que pronto alcanzará. Ningún viaje le había hecho tan feliz.
Recorrerá los mismos lugares. Rescatará del desván la vieja guitarra española que solía tocar. Intentará retomar las conversaciones que quedaron pendientes. Preguntará qué ha sido de ellos en su ausencia. Y buscará sobre todo a Penélope. Quiere recuperarla; decirle al oído poemas que nunca olvidó y otros escritos  en noches solitarias. Trabajará en algo que le permita vivir sin sentirse oprimido ni explotado. Se olvidará del protocolo y las buenas maneras que aprendió con las alimañas que tenía a su lado, para volver a la sencillez y lo auténtico de sus gentes. Recuerda una cita que repetía  su abuelo: “A la cima de las altas montañas solo llegan los buitres y los reptiles”.
Van pasando los minutos, las estaciones. Julio no puede dormirse, está inquieto por no saber por dónde empezar. Después se calma reconociendo que eso es lo menos importante. A su cabeza vuelve la canción del hotel y la decisión que le ha hecho tomar. Y llega a la conclusión de que lo suyo no es una huida sino un regreso.
Un  joven contempla las estrellas que le acompañan en su viaje. Mientras, una lágrima cae por su rostro. Un tren expreso, camino del norte, le devuelve de nuevo a la vida.

© Ceferino Otálora (Mos)
Octubre de 2006.


   




18 comentarios:

Mos dijo...

Amigos de la orilla: He recuperado del cajón de los escritos olvidados a este relato por varios motivos. Uno de ellos es porque cuando estaba en ESFERAdeLETRAS propusimos como ejercicio literario escoger un relato de un compañero y hacer nuestra propia versión usando nuestra voz y nuestro estilo. El resultado es que "LA HUIDA" de Esteban Gutiérrez (el relato original) y la mía son completamente diferentes. Otro motivo es corroborar una vez más que a mí una canción me puede inspirar para escribir una historia. Este es el caso de "ME VA LA VIDA EN ELLO" a partir de la cual construí la historia de Julio, alguien que, como dice el relato, no huye sino regresa a la vida que no debió dejar atrás.
Y nada, amigos, leed y escuchad la canción. La original es de Luis Eduardo Aute (la que he puesto más abajo), pero a mí me gusta más la de Silvio Rodríguez (el vídeo de arriba), que es la que escuché en aquel octubre del 2006 y provocó que quisiera escribir una historia de ideales y sentimientos.
Gracias por acercaros a la orilla.
Mos.

Yashira dijo...

Gracias a ti Mos por recuperar esta historia tan emotiva, de lo contrario no la habríamos podido leer. Me ha gustado mucho, qué romántica decisión, dejar todo, por lo que se ha luchado tantos años, por la amistad y el amor del pasado que no sabes ni si podrás recuperar.

Un abrazo, desde mi mar,

TriniReina dijo...

Mos, creo recordar haber leído ya en "Esfera de letras" este relato.
Sabes, pienso que entonces cuando lo leí por primera vez, esta historia era posible. Irse de lo que agobia y huir, o regresar a lo verdaderamente importante. Como el amor, la familia, los amigos, la serenidad...
Pero hoy, al leerla, no he podido evitar ser algo más escéptica. Será que tanta serpiente y buitres que nos rodean nos hace incrédulos hasta del amor.
Notarás que hoy estoy vestida de lunes:)

No obstante he de felicitarte por tu relato y me alegro de que los rescates de Esfera de letras y los traigas a aquí.

Abrazos

Jorge del Nozal dijo...

Bueno Mos, lo tuyo es impresionante.
¡Que haces trabajando no se donde!
Déjalo todo y dedícate a escribir
libros.Tienes una forma de escribir que llega a la gente, no lo desaproveches.
Pero sobre todo, ¡ por favor!
escribe la continuación de esta "novela".
Un abrazo

Teresa dijo...

En este caso ha sido una canción quien ha abierto los ojos al "buitre alevín" La vida pone en nuestro camino señales que nos indican la senda de la felicidad, pero no siempre somos capaces de verlas, y si lo hacemos solemos ignorarlas, adentrándonos en un mundo surrealista de falsedad y miedos.

Mis felicitaciones Mos. Este relato, como muchos otros, es genial. Ameno, interesante y muy bien narrado. Estoy con Jorge ¿para cuándo la continuación?

Besos y abrazos.

ion-laos dijo...

Cuanto me alegro del final, ya estaba empezando a pensar que me iba a encontrar con un cobarde.

Besos Mos.

Isabel Martínez Barquero dijo...

Es verdad: a veces creemos que huimos y en realidad regresamos a nuestro ser auténtico.
Un relato muy ameno, Mos. Bien narrado, cuenta la historia del vacío que produce el éxito, o lo que llama éxito la sociedad. Julio nos gana con su opción sensible.
Un abrazo, paisano.

Mati® dijo...

Con tanta fluidez de palabras me siento huérfana de letras. Es un placer leerte y pasearme por tu blog pero mi escased de cultura me hacen acojonarme leyéndote.
Te seguiré de cerquita a ver si se me pega algo murcianico.

Besitos en la distancia

Ximo Segarra "ACAPU" dijo...

Siempre estamos regresando a nosotr@s mism@s y a lo que de verdad importa, si no nos dejamos engatusar por los cantos de sirena, las promesas de lujos y, también, la desidia.

Me ha encantado el post, con esa versión de Aute al final (a mí me gusta más la versión que la original, pero no había escuchado hasta ahora ninguna de las dos). Tu relato describe la tensión a la que está sometido ese hombre que se supone debe de estar feliz pero no lo está, y cómo rompe esa tensión decidiendo seguir el tambor que suena dentro de su corazón.

Hay un detalle que me ha llamado la atención, porque es una coincidencia muy muy curiosa: la hora que marca el reloj de recepción cuando él sale del hotel: las ocho y veinte. Mañana verás en mi post porqué te digo esto, y es que hoy he hecho una viñeta donde esa hora también aparece. Y no había leído tu relato hasta a-hora :)

Cosas de la vida...

Un fuerte abrazo Mos.

Luisa dijo...

Hola, Mos.

La vida tiene estas cosas, aunque creo que no suelen darse a menudo. Creo que si la gente reflexionara más sobre hacia dónde van sus pasos, más de uno recularía.

El poder, a menor o mayor escala, engancha. La reflexión es casi imposible cuando están tocándolo con la punta de los dedos y, como con las drogas, uno no ve más allá de lo que le proporciona la maravillosa sustancia.

Bueno sería que los poderosos se dejaran llevar por la música. Es sabia consejera.

Buen relato.

Un beso muy fuerte, compi.

disancor dijo...

Hubiera sido una pena que hubiese permanecido sin ver la luz un relato tan bueno. No nos prives de las cosas que tienes guardadas en los cajones de tú mesa.
Un abrazo.

Resu dijo...

Me gusta Aute, la sonoridad y limpieza con que envuelven sus palabras.
Es un tema controvertido el que planteas en este relato; no todo es tan fácil o difícil. A lo largo de la vida siempre se dejan cadáveres por el camino que recorremos; no todos te importan de igual manera, pero sí todos tienen su relevancia. Yo creo que hay que estar bien con uno mismo y ser feliz, sea en el lugar de la montaña que sea, donde uno esté.
Muy emotivo el planteamiento que Julio se hace y valiente su decisión; la música mueve hasta montañas. Besos miles.

India Rebelde dijo...

Amar la Poesía es Amar la Vida!!!
y hoy 21 de Marzo, día de la Poesía,
te rindo un pequeño homenaje
en mi blog….

Gracias por ser mi amigo

Un abrazo…

Rafa Hernández dijo...

Magistral relato amigo Mos. Eres un genio tío. Como te han comentado te tenías que dedicar de pleno a escribir. Bonita canción; efectivamente yo ya la había escuchado en la voz de Aute.

Un abrazo.

Marinel dijo...

Decirte que me ha gustado mucho,es quedarme corta.
Me ha parecido un gran relato,una de esas historias de algún buen libro que te deja el regusto dulce en la boca tras la tensión de saber al protagonista caminando por el camino erróneo.
Los regresos son difíciles,lo son porque se precipita todo hacia una nada para comenzar de cero de nuevo,para retomar aquello que se diluyó entre brumas del pasado.
La canción es preciosa y para nada me extraña que te inspirase,aunque no a todo el mundo lo haría tan bien.
Siempre escuché más la de Aute,pero he de reconocer que la versión de Silvio es preciosa.
El conjunto merece mi felicitación sincera.
Besos.

Lola Rubio dijo...

La vida de Julio, de triunfador que ha llegado a la cima es aparentemente la vida que todo ser viviente quiere tener. En tu relato se pone de manifiesto sus dudas, sus incognitas de su futuro, si realmente es un vencedor... o un triste niño rico. Me ha gustado el giro que le das a la historia, en la que retrocede y vuelve al pueblo en el que se crio, en busca de Penélope. Coincido con los lectores de arriba... merece una segunda parte para que sepamos que sucede. Mi más sincera enhorabuena por tu creatividad e imaginación. Gracias por visitarme en mi blog. Un abrazo

Tesa dijo...

El relato está genial, Mos. Tú sabes describir las emociones y los estados de ánimo con una facilidad pasmosa, mientras envuelves al lector y no le dejas que abandone hasta conocer el final.

A mis hijos les he enseñado que su misión en la vida no es tener poder ni acumular cachivaches, sino ser felices.

Creo que es más fácil tomar esta decisión de empezar de nuevo o renunciar a un puesto de trabajo de mucha pasta para las mujeres, lo hacemos a diario para estar más con nuestros hijos.

Conozco pocos hombres que sean capaces de empezar de nuevo cuando ya han tocado el poder. Y no saben lo que se pierden, no hay nada como tener amor, tiempo para ti y los tuyos y disfrutar de la vida, aunque vayas justito con las cuentas.


Aute, siempre.

Un abrazo, Mos.

Diana Profilio dijo...

Una historia narrada magistralmente, con todos los condimentos necesarios para pintarnos a un Julio "humano", -con sus virtudes y sus errores- una escala de valores trastocada por su infinita ambición llegando a conseguir lo que tanto anhelaba: un futuro ¿exitoso?.
Excelente manera -casi casual- de toparse con su propio espejo y darse cuenta del frío hueco que cobijaba en su alma. LA valentía -nunca es tarde- de pegar un volantazo y cambiar de rumbo.¡Genial, Mos! MUY buen relato. Un beso grande!!!