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domingo, 19 de febrero de 2012

MI VIDA CON PERA

ATENCIÓN: Este relato es extenso y alguno de sus párrafos  puede herir la sensibilidad de ciertos lectores. El autor cree en la literatura, la creatividad y en la libertad de elección a la hora de escribir pero también, cómo no, a la hora de leer. Gracias anticipadas a todo aquel que elija seguir leyendo.
Mos.

                   MI VIDA CON PERA

Conocí a Pera el verano pasado a finales de agosto. En realidad, se llama Pedro Enrique Román Asensio. Lo supe por las veces que un agente de la benemérita repitió su nombre al comunicarlo a la central. Fue de esos encuentros fortuitos, inesperados, impensables. Se había caído por un pequeño terraplén en la AL-5105: la carretera más sinuosa y traicionera de la costa almeriense. Por casualidad, me fijé en algo que resplandecía en el fondo del cortado a la vuelta de mis vacaciones en Mojácar. El reflejo del sol sobre las partes metálicas  de un  imponente Ferrari gris plata, deslumbraba mis ojos e hizo que parara. Detuve mi modesto Ford Fiesta en un risco saliente y bajé a ver la gravedad del siniestro. Un joven de veintitantos años y media cabeza rapada a lo punky, yacía inconsciente sobre el volante; con una enorme brecha en la frente y un reguero abundante de sangre que bajaba hacia sus pies. Recordé el curso de primeros auxilios de mi empresa y no le moví de su posición por temor a ocasionarle daños mayores. Lo que sí comprobé era su pulso: Pera mantenía las constantes vitales. Rápidamente llamé al 112. Una ambulancia y un coche de la guardia civil aparecieron en algo más de quince minutos. Dijeron que había sido un accidente con mucha suerte; que podía haber sido mortal viendo el estado en que había quedado el flamante deportivo. Me enteré que le trasladarían al hospital Virgen del Mar de Almería para un mejor diagnóstico. Me pidieron mis datos personales y que explicara cómo sucedió. Parecían no entender que yo fui un mero testigo del accidente; que estaba tan sorprendido y afectado que casi no podía articular palabra ni demostrar que volvía, de mis merecidas vacaciones, a Madrid.
Ya en la capital, y después de aclararse todo, llamé varias veces al hospital para interesarme por su estado. Según pasaban los días, su mejoría era evidente por la información que me pasaba el personal sanitario. Una de las veces, fue el mismo Pera el que me habló. Se deshacía en halagos y gratitudes hacia mí. Recuerdo que me dijo que yo era un ángel, su ángel guardián. No se cansaba de repetirme que vivía gracias a mí, que sería mi alma gemela para siempre, que tenía una deuda eterna conmigo, etc, etc. Después de ese primer contacto verbal, siguieron otros cuantos. Casi siempre se adelantaba él para hablar conmigo. Me explicó que Pera estaba formado por las siglas de su verdadero nombre y que iba bien con su forma de ser porque era un niño pera.  Insistió en querer verme cuando saliera del hospital. Le di mi dirección en Madrid; bueno, la de mis padres que es donde vivía desde hacía más de veintidós años.

A los pocos días llegó un mensajero con un reloj Cartier de oro de 18 quilates y una nota  en la que decía algo así como Para mi ángel de la guarda de su niño Pera. Reconozco que me quedé perplejo con tanto lujo entre mis manos; incluso me reí con la nota por lo ridícula que me parecía. Yo, David Torres, oficial de mantenimiento en una empresa de ascensores, me encontraba con un reloj que, fácilmente, podría costar los seis mil euros, pero que me parecía algo hortera. No iba conmigo, ni con mi barrio, ni con mi mundo. Entonces, no sabía el giro que daría mi vida en pocos meses.

Pedro Enrique, Pera, se presentó en Madrid a primeros de octubre. Insistió en  conocer a mi familia. No os podéis imaginar la expectación que causó en mi calle, ver aparcado un Lamborghini Diablo de color rojo. Puro lujo rodante de más de cien mil euros en el barrio de Orcasitas. 
Mi madre se deshacía en halagos y sonrisas con el espléndido visitante. Y no era para menos. A ella le trajo un juego de anillo y pendientes con brillantes incrustados. A mi padre una pulsera de oro macizo con unos eslabones enormes. Demasiados oros. Y, por supuesto, quedábamos todos invitados a comer a un buen restaurante. No tuve que preocuparme en buscar nada; Pera se conocía mucho mejor que yo los grandes restaurantes de Madrid. Después de vestirnos lo mejor que pudimos para tan excelsa ocasión, nos fuimos todos en el deportivo carmesí hacia el centro de la ciudad. En el coche sonaba en todo momento Sympathy for the Devil de los Rolling Stones. Y sólo esa canción. Pera me dijo que era una promesa que hizo hace unos años pero, de momento, no me dio más explicaciones. 

Nuestro destino fue el restaurante Horcher, un restaurante alemán de recio abolengo en la calle A lfonso XII. Ni qué decir tiene que mis padres y yo no salíamos del asombro en el que nos veíamos envueltos. El sitio era elegantísimo y la carta tenía unos platos desconocidos para nosotros en su mayoría. Me dejé aconsejar por  Pera. Recuerdo que él, con su acento andaluz y el gracejo del sur tan característico, me dijo: Pisha, tú déjame pedir a mí que te vah a shupar los deos; a la vez que me guiñaba un ojo con una mueca en su rostro que le hacía muy atractivo. Aún tengo grabado el menú de aquella comida. Salmón marinado a la rusa y carpaccio de alcachofas con queso parmesano para los entrantes. Ensalada de brotes de mostaza con carabineros y ragout de corzo para después. Cada plato regado con los vinos adecuados. Y de postre la tarta de chocolate especial Horcher.  Todo fue elegancia y exquisitez en aquella jornada difícil de olvidar. Una jornada agradable, muy agradable. Me ahorraré  más explicaciones para avanzar en esta historia que no sé cómo clasificar. Aquel día comenzó mi vida con Pera. Y hoy sigo atado a él por una cadena de circunstancias.

 Es curioso. Ahora, recordando esta relación, me viene a la cabeza la escena de Forrest Gump en la que Tom Hanks, sentado en un banco, dice que la vida es como una caja de bombones: nunca sabes cuál te va a tocar. Supongo que eso lo fragua el destino. O las decisiones que tomamos en ciertos momentos. ¿Hasta qué punto interviene la casualidad en nuestro caminar por la vida? El caso es que Pera insistió en que fuera a pasar unos días con él a Cádiz, donde tenía su residencia. Y cuando se propone algo es muy persistente, os lo aseguro.

El Altaria que cogí aquel viernes en Puerta de Atocha llegó puntual a la estación gaditana. Sobre las tres de la tarde. Y allí estaba él, en el andén, esperándome; recibiéndome como si hiciera años que no me viese, desbordante de alegría y vitalidad, abrazado a su ángel con la misma efusividad del encuentro en Madrid.
La Tacita de Plata, pasados los rigores del verano, tiene una luz especial y el clima perfecto. A mediados de octubre la brisa que viene del Atlántico, te satura el olfato de un intenso olor a mar rico en sales y yodo. Me seduce ese olor marino; mezcla de algas, de olas batiendo, de peces, de arena, de agua llena de vida: el océano desprende ese aroma por sus poros. Es una fragancia masculina, fuerte, seductora. Tan seductora como la que desprende Pera en su piel, dentro de su Lamborghini, mientras acompaña a Mick Jagger en la sempiterna canción que suena en su automóvil camino de su lujosa vivienda. Por entonces, mi apuesto anfitrión desconocía que, su salvador, comenzaba a sentir cierto magnetismo por él. Sí señores, a estas alturas del relato, es hora ya de confesar mi homosexualidad. Una tendencia sexual muy respetable, pero que oculto a los ojos de todos. Sólo mi madre llegó a comentarme que suponía algo y que respetaba mi decisión de seguir silenciándolo. Por supuesto que ella me dijo que me quería igual, que nada cambiaba entre los dos y todo eso. Supongo que hablaba el amor de una madre hacia su único hijo. Pero hablemos de Pera; él es el protagonista principal de esta crónica.


Su  dúplex estaba situado en la mejor zona de la ciudad, muy cerca de la Avenida del Puerto y en pleno centro histórico. Era enorme: más de cuatrocientos metros cuadrados dispuestos entre los dos pisos últimos de un edificio de prestigio de dicha capital andaluza. Desde allí, la vista de la ciudad y la bahía es impresionante. Todo un lujo para los sentidos. Formaba parte de la herencia de sus padres. Estos, habían muerto en extrañas circunstancias. Al parecer, el matrimonio Román Asensio se despeñó en la serranía de Ronda por un barranco, volviendo de presenciar una corrida goyesca en dicha ciudad malagueña. Los análisis que le hicieron al padre, Tomás Román, en la autopsia, desvelaron un fuerte grado de alcohol en sangre. Llegado a este punto, observé cierta preocupación en Pera según narraba los hechos. Me confesó que su padre nunca bebía cuando tenía que conducir. Las investigaciones policiales no dieron ninguna prueba que apuntara a lo contrario. El señor Román era dueño de una de las mejores cadenas hoteleras de la costa andaluza: los hoteles Arena Costa. Y Pera, con veinticinco años, el único beneficiario de todos los bienes y heredero de una empresa próspera y en constante expansión; uno de los jóvenes más adinerados del país, empeñado en agradecerme de por vida que yo le socorriera en su aparatoso accidente. Yo, un simple trabajador de mantenimiento, un gay sin salir del armario, un madrileño de lo más normalito, sin grandes planes, ni grandes aspiraciones; que le gusta el mar, los deportes de agua, la tranquilidad de una cala perdida, la soledad de la montaña. Que bebo poco, sólo con los amigos del barrio alguna noche de sábado; que me refugio en las lecturas de Vázquez Figueroa y en mis clases del taller literario de una biblioteca de Usera. Yo, el protegido de este apuesto gaditano de piel morena e inmensos ojos color miel, alejado de su entorno. En un ambiente totalmente ajeno a mí. Pero sigamos.
Varias cuestiones me llamaron la atención en mi primera estancia en la casa. Una era lo escrupulosamente ordenado que estaba todo. Era asombroso ver todos los utensilios y prendas de ropa perfectamente colocados en los cajones, las estanterías con los libros milimétricamente dispuestos, los cuadros, las plantas, las figuras, el equipo de música, los discos, todo; en cualquier estancia. Todo guardaba una medida, una simetría, una proporción. Como si se hubiera usado una regla invisible que guardara el equilibrio en la predisposición de cada objeto o utensilio. Y todo ello, con una dosis de pulcritud llevada al extremo. Pobre del personal que se ocupa de limpiar todo esto, pensé. Me preguntaba qué trato aplicaría Pera con su personal subalterno
También él era excesivamente limpio. Se lavaba las manos casi continuamente; después se daba una crema hidratante para contrarrestar la sequedad de la piel.  Dijo que todo estaba a mi disposición, Daví, pisha, tó lo que vé es tuyo tío, me soltaba continuamente. Me preguntó qué quería hacer en toda la tarde. Respondí que prefería charlar más a fondo con él, para conocernos mejor; que al día siguiente, sábado, habría tiempo de salir y conocer la ciudad. Otro detalle fue ver cómo su móvil no paraba de sonar. Él se excusaba en algunas llamadas para hablar con más privacidad. Lo achaqué a sus negocios hoteleros y la responsabilidad que tenía  al frente de la cadena. De todas formas, noté cierta inquietud con alguna de las llamadas.  Supe que hablaba perfectamente inglés por haber estudiado empresariales en Londres; que también dominaba el francés. Esto último me lo dijo degustando una botella de fino y una espléndida ración de jamón ibérico y yo, con el vino algo subido, me dio por reír. Perdóname Pera, no estoy acostumbrado a beber. Lo de que dominas el francés me ha disparado la risa tonta, argumenté. Él rió, más fuerte aún si cabe, con el  doble sentido erótico de las palabras. Le brillaban los ojos tanto como a mí. Muy bueno pisha; sabrás, mi ángel, que el Pera ha probao ya de tó. Que zoy un niño liberal que no se asupta de ná, soltó entre carcajadas y gestos provocadores.
No daba crédito a lo que oía. Entre bocado y bocado seguí bebiendo, mientras mis pensamientos elucubraban con la idea de si habría alguna posibilidad de llegar a practicar sexo con él. Pera también bebía. La segunda botella de fino fresquito fue cayendo. En una de sus llamadas recibidas, miró la pantalla y desconectó el teléfono. Los dos teníamos calor y nos quitamos las camisetas. Fue entonces cuando me fijé en sus brazos tatuados y fuertes. Dos tribales de forma almenada rodeaban cada uno de sus brazos por debajo de las axilas. Pera era hermoso y yo sentía el peligro entre aquellas cuatro paredes del inmenso salón. Y entre mis piernas. Recuerdo que subí  a la terraza del ático para despejarme. Subimos los dos. Me confesó que era muy miope, que tenía ocho dioptrías en cada ojo; que gracias a las lentillas que llevaba podía ver, pero que pensaba operarse muy pronto para no tener que llevarlas. Me dijo que había roto con su novia a raíz del accidente de Mojácar; que las mujeres son unas brujas interesadas, que te chupan todo, hasta la sangre y que luego no están cuando las necesitas. Ni qué decir tiene que bajé de las nubes automáticamente. Había perdido en un momento toda esperanza de hacer algo con él. Volví abajo para llenar de nuevo la copa y matar con alcohol mis penas. ¡Qué bien entra el jamón entre pena y pena! Mi anfitrión, desde arriba, me invitó a coger la tercera botella del frigorífico y subirla hasta el mirador.
Allí arriba estábamos dos tipos muy desiguales, casi desconocidos, lamentándonos de nuestras vidas; cada uno a su manera y por motivos diferentes, pero padeciendo idénticas punzadas dolorosas: las del desamor. Fue entonces cuando Pera mirándome fijamente me preguntó Y tú, niño, ¿tieneh  novia? Mi arma, disfruta tó lo que puedas y ten cuidao con las lobas. Apuré mi copa y lo solté; tenía que decirlo: el vino, el momento y la ocasión eran propicios. No, no tengo novia. Soy un mariquita más de este jodido mundo; que no ha salido del armario por vivir en un barrio obrero y machista. Que tuvo una relación absurda con un amigo y la cagó. Y que espera tener las fuerzas suficientes para que, algún día, todo cambie.
Oyó mis palabras sin mostrar ningún signo de rechazo ni menosprecio. El tono serio de mi confesión fue aplacado por Pera con una intervención espontánea y sorprendente: Ozú, ¿osea que tengo un ángel de la guarda pedaso maricón? Ay qué ver. Como desía mi abuela: Jesú, Jesú y mil veses Jesú. Un ángel gay acojonao y un diablo bissexual en lo arto de Cái, con fino hapta las orejas y mirando a la bahía. Bonita estampa pisha. Anda, vamos pabajo.
Su respuesta desenfadada  quitó, en segundos, la gran carga que llevaba acumulada en mi interior. Estaba desconcertado; con demasiado alcohol por mis venas y empapado en sudor. Le comenté la idea de darme una ducha para refrescarme; él me mostró uno de los grandes y ordenados baños y volvió al salón. Oí que puso el equipo de música con una melodía triste pero con un ritmo lento y pegadizo que invitaba a moverte. Después me enteré que era Diana Navarro cantando “Sola”. 



Entre el sonido del agua al caer sobre mi cuerpo y el volumen de la música procedente del salón, no me percaté de la entrada de Pera. Abrió la puerta acristalada de la mampara, yo me di la vuelta y lo vi. Estaba desnudo; sus ojos de miel brillaban, me miraban con deseo. Se apresuró a besarme apasionadamente. La melodía seguía sonando. Nos abrazamos bajo el agua templada. Mi corazón acelerado parecía estallar; al igual que nuestros sexos. Mi diablo hizo sentir en mí las sensaciones más placenteras jamás vividas. Parecía devorarme con avidez: mi boca, mi lengua,  mis labios, bajando por mi cuello hasta mi pecho, recreándose en mis pezones, apretando mis nalgas, lamiendo mi vientre hasta llegar al extremo de mi pene para luego, con extremada delicadeza, introducir mi miembro erecto en su boca y seguir jugando. Primero con suavidad, luego con frenesí; hasta descargar en él toda la pasión acumulada. Gocé; gocé como nunca antes había gozado. Grité desenfrenadamente y volví a besarle con más deseo que antes. Repetí el mismo recorrido sobre su cuerpo, hasta desembocar  en su sexo. Su orgasmo fue tan intenso como el mío. Luego comenzó a reír al confesarme que, sin lentillas, había visto todo muy borroso. Pero pisha, no me hasía farta ver ná. Me lo imaginaba y ya ehtá. Lo importante es  ssentirlo mi arma, y ssentirlo lo ssentía ¿no quillo? , fue la aclaración que me hizo después de dormirnos un par de horas en la cama de dos metros de ancha que tenía  en su dormitorio.
Es imposible olvidarme de aquel encuentro. Ahí, realmente ahí, es dónde comenzó todo. Le dije que si aquello había sido para pasar el  rato, para aliviarnos sexualmente, o para tener otra experiencia, lo entendería; que no pasaba nada, que los dos habíamos disfrutado. Pera me dejaba hablar y desahogarme. Sólo escuchaba. Luego brotó mi lado sensible y  habló mi corazón. Ya saben, frases como creo que me he enamorado de ti, eres lo más importante que me ha pasado nunca, no te olvidaré jamás, me has hecho muy feliz, te quiero Pera, gracias por comprenderme ,no te voy a poder olvidar en mucho tiempo,..., ¡qué cojones!, era cierto. Estaba completamente enamorado de él. Era esa tontería llamada amor; esa fuerza que nos da vida y que todos necesitamos. Él se levantó de la cama y vino poco después con dos cervezas. Me interrumpió para decirme, con su deje, que me comía demasiado la cabeza; que viviera el momento y que él también compartía esos mismos sentimientos conmigo. Que no estaba seguro que yo quisiera seguir con la relación cuando le conociera más a fondo. Ahora Pera era el que tenía el arranque de sinceridad y quería hablar.
Así fue como me enteré de algunas realidades suyas: Un grupo de empresarios italianos, interesados por la cadena hotelera, habían extorsionado a su padre para que vendiera el negocio a un precio bajo. Éste, nunca cedió a las amenazas. Pera estaba convencido de que la muerte de sus padres, fue propiciada por esos empresarios. Aunque  nunca se pudo demostrar. También me reveló que se habían puesto en contacto con él esos capos para forzarle a la venta. Que insistían incluso con llamadas persuasorias a cualquier hora del día. Que la policía estaba informada y había una investigación en marcha. Y que, al día de hoy, el entramado policial no era capaz de localizarlos por las medidas de seguridad y métodos informáticos avanzados que manejaban los supuestos mafiosos.
Noté como si se sintiera abatido al revelarme todo aquello. Le propuse bajar a cenar algo; le pareció bien. Me llevó a una taberna andaluza cerca del puerto. En el Lamborghini volvió a sonar la misma canción de los Rolling  Stones durante todo el trayecto. Pedimos una fritura de pescado y unas cervezas que no me dejó pagar. Me dijo que tenía que contarme varias cosas más de él y que prefería hacerlo en la casa. Sé que, a veces, las personas queremos abrirnos a los demás. Sólo necesitamos que nuestro interlocutor nos quiera escuchar y no sintamos en él rechazo o desinterés. Intuí que Pera necesitaba de mi comprensión. El diablo no me parecía ya tan diablo. Eh Daví, ehtoy muy aguhtito  contigo ¿ sábeh?, me decía mirándome a los ojos, intentando transmitirme veracidad con sus gestos. Volvimos enseguida a su domicilio. Sympathy for the devil rompió el silencio de la noche de nuevo. Empezaba  a cogerle manía a la dichosa canción. Seguía esperando una explicación a tan excéntrica costumbre.
Ya de nuevo en el dúplex, Pera hizo una llamada al director gerente de sus hoteles para ver cómo había transcurrido la jornada. Al parecer, todo estaba en orden. Acto seguido informó que no quería ser molestado y que desconectaría los teléfonos que tenía. Delegaba en él, como hombre de confianza, la decisión a tomar ante cualquier imprevisto. Ehta noshe sólo voy a esstar pa ti, dijo agarrándome del cuello y acercando sus labios a los míos en un suave beso.
Me chocó que Pera  encendiera casi todas las luces de la casa. Me confesó el motivo: padecía acluofobia, miedo a la oscuridad. No podía dormir a oscuras; tampoco estar en sitios oscuros, ni siquiera en una sala de cine o en ambientes con poca luz, como una discoteca poco iluminada. Tampoco podía conducir de noche por carreteras alejadas de las poblaciones. Estaba en tratamiento con un psicólogo pero aún la terapia no había hecho que superase ese temor. Volvía a mostrarse abatido; noté  que le costaba  expulsar todo su mundo interior. Casi no reconocía en él al joven dinámico, extrovertido y simpático que me encandiló. Siguió con su costumbre de lavarse las manos  y dejar todo impecable después de usarlo. Estaba claro que aquel atractivo gaditano necesitaba soltar todos sus demonios. Y lo hizo. Fue una especie de exorcismo ante mí que se desbordó en un momento. Nos sentamos en dos sillones del salón frente a frente. Le sudaban las manos y le costaba fijar la mirada en mí. Alargué las mías e intenté tranquilizarlo. Odiaba a su padre. En el fondo se alegraba que estuviera muerto. Su progenitor siempre le había subestimado sin mostrar ningún aprecio por él. Pera había  vivido doblegado por el fuerte carácter de un padre tiránico y déspota. Me declaró que seguía sintiéndose una mierda, que le costaba superar la inseguridad que su padre había fomentado en él. Me enseñó un álbum familiar donde comprobé el cambio que ahora había dado su fisonomía. Me contó que llevaba la cabeza medio rapada como acto de rebeldía a la rigidez impuesta por su padre en las maneras de vestir y de ser. De repente, comenzó a llorar desconsoladamente cubriéndose la cara con sus manos. Nunca antes me había visto en una situación semejante. Lo único que se me ocurrió  fue ir hacia él y abrazarle en silencio. Permanecimos así unos minutos. Después le besé varias veces por su rostro humedecido. Al poco tiempo nos fuimos a dormir. Caímos derrotados. Por supuesto, con varias luces encendidas por la amplia vivienda, y una más suave en el dormitorio.
El sábado amaneció soleado y limpio el horizonte. Sabía que Pera había dado el fin de semana libre  al personal que se ocupaba de las tareas domésticas. Así yo me sentiría más cómodo. Supongo que no contaba con mostrarme todo lo que allí salió, su verdadera historia. Me levanté animado. Él seguía durmiendo plácidamente. Lo primero que hice fue ir apagando todas las luces que, en aquella mañana resplandeciente, sobraban. Acto seguido recreé la vista desde la azotea. La ciudad brillaba con sus casas blancas. El mar acariciaba su contorno suavemente. La bahía se llenaba de barcos de todos los tamaños. La vida seguía en aquella ciudad fundada por los fenicios. En la cocina encontré todo lo necesario para un buen desayuno. Quería sorprenderle, pero no sabía sus gustos. Intenté adivinarlo. Un buen café con leche, unas tostadas de pan con aceite de oliva virgen y un generoso plato de jamón ibérico, me pareció, ¿cómo decirlo?, interesante.
Pera acudió al olor del café. Estaba todo dispuesto sobre la mesa. Con el mismo orden que él solía emplear. Le recibí con una sonrisa y él me respondió con un beso. Era un beso intenso, sincero, de enamorado. ¡Joder!, no me podía creer que aquello fuera cierto. El giro que había dado mi vida en tan poco tiempo. Desayunamos tranquilos en la cocina. Pera volvía a ser el joven alegre y despierto que conocía. Parecía que sincerarse conmigo la noche anterior, consiguió en él una catarsis de todos sus demonios. Hablando de demonios, le pregunté por el significado de llevar siempre la dichosa canción de los Rolling en el coche. Titubeó unos instantes. Me explicó que era, también, algo supersticioso; que cuando se sacó el carnet de conducir prometió, que si aprobaba a la primera y evitaba así la bronca de su padre, sólo escucharía en los coches que tuviera, la canción que sonase en aquel momento por la radio. Por las ondas la primera canción que oyó después de la promesa, fue la consabida Simpathy for the devil. Y doy fe que la mantuvo. Le dije que su padre estaba muerto y bien muerto; que podía librarse ya de aquella promesa que más bien era un tormento. Le hizo gracia mi apreciación y soltó una carcajada muy contagiosa. Tenemos que hablar Pera. Sé que lo has pasado mal y que no has llevado una vida fácil. Estaré a tu lado si tú quieres, pero debes corregir ciertas actitudes. Pasar de tus miedos, buscar las mejores terapias y vivir de otra forma la vida a partir de ahora. Yo también sé que tengo que cambiar algunos errores míos, ser más honesto conmigo mismo y con los demás. Salir al exterior y mostrarme tal como soy. Los dos tenemos derecho a la libertad. No pude seguir mi discurso propio de alguien más adulto y más experimentado que yo. Pera se abalanzó sobre mí para abrazarme y besarme hasta la saciedad. Llegado a este punto, no relataré lo que pasó después. Baste decir que hicimos el amor  sobre la alfombra persa del salón principal. Y que el ángel y el diablo ardieron, estallaron más bien, de placer.



No desesperen. Esta crónica está próxima a su fin. El sábado transcurría igual de soleado. Invitaba a salir y disfrutar de todo lo que la Tacita de Plata podía ofrecernos. Le propuse a Pera alquilar alguna motora y recorrer la costa. Le pareció una idea magnífica. Volvió a conectar los teléfonos. Casi al instante sonó su móvil. Era el director gerente anunciándole la captura de dos sospechosos, un español y un italiano, que la policía atrapó mientras manipulaban los frenos del Lamborghini rojo en el aparcamiento del edificio. Ni qué decir tiene que la mañana del sábado fue distinta a los planes previstos. Pera tuvo que ir a declarar, contrastar todas las hipótesis que se barajaban en la investigación; incluso hacer unas declaraciones en la prensa y la cadena autonómica. Yo, mientras tanto, opté por caminar por la ciudad, recorrer sus calles y, sobre todo, saturar mi vista con el azul del mar.
Fue el gran azul el que confirmó mi decisión: me quedaba en Cádiz, junto a Pera. Sabía que había muchos escollos que salvar, que él necesitaría muchas terapias y muchas conversaciones donde desnudarse sin temor. Dudaba si yo podría con todo aquello. Pero esa tontería llamada amor, nos hace ser intrépidos y atrevidos algunas veces. Y eso me gusta porque yo nunca fui demasiado valiente. Tal vez por eso admiro tanto al mar: por su fuerza, por su libertad, por su grandeza.


Cuando escribo estos últimos renglones, ha pasado más de un año desde que llegué a esta ciudad. Todo ha mejorado con respecto a Pera. Ya no pone sólo la maldita canción en los coches. Le ha subido bastante la autoestima; hasta incluso se permite algunas chulerías. Se operó de la vista y ya no lleva lentillas. Ha cambiado su aspecto de punkie por la de un ejecutivo moderno. Pero sigue lavándose mucho las manos y controlando que esté todo en orden.  En cuanto a mí, me armé de valor y hablé con mis padres de mi sexualidad. Mi padre no lo admitió, mi madre sí; aunque sé que él terminará entendiéndome. Los amigos que tenía se redujeron a la mitad cuando supieron que era gay. Me han quedado los verdaderos. Me apunté a un taller de escritura conocido en el ámbito cultural gaditano, Tacita de Cuentos, y sigo intentando escribir. Pera me ha propuesto que me encargue de la parte cultural de la cadena hotelera. En fin, que todo ha cambiado a mejor para los dos. Hemos decidido casarnos en primavera en una ceremonia discreta e íntima, con pocos invitados. Queremos formar una fundación de ayuda a niños y jóvenes con problemas de integración de cualquier tipo. Y el futuro puede que nos depare muchos más proyectos.
En Tacita de Cuentos nos propusieron hacer un ejercicio en cierto modo autobiográfico. Nos dieron libertad para escoger la etapa sobre la que quisiéramos hablar, mejor dicho, escribir. Yo escogí mi vida junto a Pera. Y el resultado es esta crónica, que  termina con esta cita sobre la felicidad:

                  La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar  y alguna cosa que esperar. (Thomas Chalmers. 1780-1842)

© Ceferino Otálora Rubio (Mos)
17- 20 diciembre de 2007.

Imágenes tomadas de Internet.
© Sus autores.




                                                  









46 comentarios:

Mos dijo...

Es muy extenso, ya lo sé, pero es que apenas tengo ya relatos más cortos.
Casi todo lo que guardo es extenso y entiendo que pueda cansar a través de la pantalla. Aunque pienso que sin lectores los escritos, la creación literaria, no tiene razón de ser.
Los que también os dedicáis a escribir seguro que me entendéis.
Más adelante desvelaré el porqué de este relato con ciertas características tan "raras". Ahora sólo puedo decir que estoy orgulloso del resultado porque no fue fácil montar esta historia y darle al "coco" para que tuviera cierto sentido.
Gracias, mil gracias, a todo aquel que se pare a leer hasta el final.

NOTA: He sido incapaz de igualar el formato de letra porque la entrada se volvía loca en algunos tramos cuando intentaba copiar el relato.

María dijo...

Estupendo relato, paisano, me ha encantado. Yo no lo veo largo porque soy una lectora voraz, te diré que he llegado a leerme un libro en una noche y que no bajo de dos o tres a la semana, así te puedes hacer una idea.

Me gusta la naturalidad con la que has tratado el tema de las relaciones sexuales, genial a mi juicio.

Besos

P.D. ¿Has probado a, una vez todo copiado en la entrada, seleccionar todo y cambiar el formato de letra, justificar márgenes, etc.?

Más P.D. No puedooooooo con lo de las palabritas estas que salen en negro para comentar, no las veo bien grrrrrrrrrr.

ion-laos dijo...

El amor triunfó por encima de todas las cosas, tan infeliz era Pera con todo el lujo, como el pobre de Orcasitas sin tener nada. Hubo equilibrio y armonia entre los dos, además del amor, por supuesto, dos almas necesitadas de ser escuchadas, de tener afecto y comprensión.

Me ha encantado Mos, y es tu espacio, no tienes por qué dar explicaciones.

Primero pon el texto y cuando lo termines bajas las fotos, así no se formatean las letras a su antojo.

Buena semana, besos.

Teresa dijo...

Pues ha merecido la pena darle al coco como dices. Es un relato estupendo, muy bien hilado, no aburre para nada, muy romántico a pesar de los demonios interiores de los protagonistas, y con un final que me ha encantado.

Enhorabuena Mos. Un placer leerte.
Besos.

Mos dijo...

Amiga María: Gracias por estar siempre aquí tan rápida.
Ya me hago cargo de lo devoradora de libros que eres.
He probado la forma a copiar como dices en otras ocasiones y no sale como quisiera. Creo que, a veces, se satura el sistema y no deja que lo hagas bien. Eso creo.
Más adelante desvelaré el "cómo se hizo" MI VIDA CON PERA.

Un abrazo, paisana, de Mos.

Mos dijo...

Amiga ion-laos: Buen apunte el tuyo: dos almas necesitadas de amor y comprensión que se juntan y triunfa el amor. Una historia de final feliz.
Cierto que es mi espacio y no tengo por qué dar explicaciones pero prefiero advertir aunque desee que vosotros, mis seguidores, os paréis unos minutos en mi orilla y hagáis vuestro lo que yo os ofrezco.
He probado a poner las fotos después del texto y es un cachondeo para moverlas por él.

Un abrazo grande de Mos.

Mos dijo...

María, Pisana: A mí también me fastidian esas palabras en vuestros blogs porque muchas veces cuesta un huevo verlas bien. Yo también me cabreo por eso. Grrrrrrrrrrr.
Mos.

Mos dijo...

Amiga Teresa: Me alegra un montón saber que a gente que escribe como tú, le haya gustado y haya encontrado lo que en sí encierra esta historia. Gracias por leer y comentar.

Tengo varios relatos largos y los iré colgando si veo que éste tiene aceptación y se lee hasta el final. De momento, parece que sí.

Gracias por venir a leer a la orilla de las palabras.
Mos.

Isabel Martínez Barquero dijo...

Es un relato con muy buen ritmo narrativo. Atrapa desde la primera línea y sus dos personajes se hacen entrañables en un abrir y cerrar de ojos.
Está bien construido, Mos, tiene fuerza.
Quizá, lo que menos me ha gustado ha sido la cita y el párrafo final o las alusiones del narrador al hipotético público que lo lee. Creo que te quedaría perfecto sin esas alusiones, más trabado, como una confesión de quien narra, sin presuntos lectores u oyentes. También creo que mejoraría sin las alusiones a un taller de escritura. Que el narrador narre por el placer de narrar, sin que pueda llegar a presumirse que sea el resultado de un ejercicio de narrativa impuesto (ag, será mi manía a estos talleres que sacan clones fácilmente identificables).
Por tanto, y exceptuando las salvedades expuestas, considero que es un buen relato.
Espero que no te disguste mi opinión, ya que la hago desde la sinceridad y con el deseo de mejorar algo que es bueno y que, a mi juicio (que puede muy bien no ser el tuyo), afea el conjunto. También te diré que no hago este tipo de apreciaciones ante textos que no valen nada; pero si les veo valor, sí (el jaboncillo bloguero no debe servir en estos casos).
Un abrazo, Mos.

Gizela dijo...

¿Extenso?
Puede ser, para el uso de bloguer, pero te juro que se lee de un solo tirón!!
Excelente trabajo!!!
Con toda sinceridad, sin halago por amabilidad, te digo que me ha encantado!!
Escribes muy bien Moss, hilas con maestría,imprimes sentimientos de una forma tan sencilla y bella, que hasta las escenas con carga erótica, se leen desde el amor
FELICITACIONES SEÑOR ESCRITOR!!!!
Un beso y linda semana!

Verónica dijo...

¡Hermosa historia! con final feliz, me ha parecido muy interesante.
Y a nadie importa con quien uno se acueste, tan solo a los interesados.
Un abrazo, un placer leerte...

TriniReina dijo...

Ya conozco otros relatos tuyos, pero creo que en este te has superado.
Todo el tiempo me temí que esta historia de amor acabase mal, ya sabes que "las cosas hermosas duran poco", pero eso es lo bueno de escribir, que puedes alargar la felicidad cuanto quieras.

Te felicito, Mos. Largos o cortos, no dejes que eso te impida seguir posteando y mucho menos explayarte escribiendo.

Abrazos

JESUS y ENCARNA dijo...

Buenos dias Mos, vengo del Blog de Fus, donde hay tanto tertuliano interesante, no soy de letras mas bien de imagenes y nada mas comenzar tu relato me ha venido al pensamiento una historia de la vida misma, cosas que suceden, cuestiones de amores encontrados, quizas dificiles. Desde luego escribir, sobre la realidad que nos envuelve es un ejercicio fantastico, personalmente suelo dibujar y en ocasiones pintar mis circunstancias. Es un mundo paralelo y reconozco que en ocasiones escribir me satisface.
Aunque ultimamente estoy algo afligido por la situacion critica en la que vivimos y no soy muy asiduo por aqui, pero tambien de vez en cuando saco la cabeza y me doy un voltio.
Felicidades.
Saludos cordiales.
Jesus

disancor dijo...

Aunque quizás un poco larga la narración, pero tan maravillosamente interesente que es imposible dejar de leer antes de llegar el final.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Preciosa historia Mos, me ha encantado. FELICIDADES!!!!!!!!!!

Mos dijo...

Amiga Isabel, paisana: Tus apreciaciones son para mí muy útiles y estimadas. Es posible que haga esos cambios que mencionas porque sé de tu buen oficio y de tu sinceridad ante este relato. Te lo agradezco de veras y para nada me disgusta tu opinión.
Sé que, a veces, demasiadas veces, viene muy bien dejar reposar los escritos y revisarlos después. En otras, nos dejamos llevar por la euforia de lo que aparentemente te gusta cómo queda y se hace difícil cambiarlo.
Gracias de nuevo. Tu valoración es importante. Seguro que sí.
Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Mos dijo...

Hola Gizela: Gracias por tu comentario y expresar en él que no se ha hecho largo.

Es muy importante para mí vuestras opiniones.

Un abrazo desde mi orilla.

Mos dijo...

Hola Verónica: Gracias por pasarte por la orilla y quedarte a leer y comentar después. Tienes razón con lo que dices pero, ay,ay,ay! creo que hay prejuicios en este país que todavía no se han superado.

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Mos dijo...

Amiga Trini. Ya veo que cuento incondicionalmente contigo. Y eso es de agradecer porque, la verdad, hay que ponerse y leer y eso requiere interés y tiempo.

Gracias por tus palabras de apoyo.

Un abrazo desde la orilla de las palabras.
Mos.

Mos dijo...

Hola Jesús: gracias por pasarte por la orilla y ver lo que se cuece por aquí.
He visitado tu espacio y volveré porque es interesante.
El arte y la cultura al poder!

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Mos dijo...

Estimado anónimo-a: No sé quién eres y eso no me da pie a saber de ti. De todas formas puede que intuya algo y creo que puedes ser alguien de la provincia de Toledo aunque, siempre me quedará la duda.
Si decides ponerte nombre, aquí estaré para recibirte con los brazos abiertos.
De todas formas, gracias por tu apoyo y tu lectura.
Mos desde la orilla de las palabras.

Rafa Hernández dijo...

Hola Mos. Yo no creo que a estas alturas tus palabras escandalicen ni hieran la sensibilidad de nadie, ya que están muy medidas y muy bien expuestas. En cuanto a lo que comentas de que el relato puede ser largo yo creo que no, porque está muy interesante desde el principio al final. Además en tú espacio puedes hacer los escritos como te venga en ganas, él que quiera que los lea, y quién no que pase. Un placer y un fuerte abrazo compañero Mos.

fus dijo...

Una historia de amor diferente y con toda la carne en el mismo plano donde has sabido mezclar la amistad, el amor, el placer y el futuro. Admiro tu seguridad ante todo el texto.

un abrazo


fus

Narci dijo...

Cuando un relato tiene una prosa fluida, crea cierto grado de suspense y bucea en el interior de los personajes, rara vez resulta aburrido, ni demasiado largo, Mos, y desde luego, este tuyo, no es una de esas raras veces. Me ha encantado y he disfrutado leyéndolo y mirando por ese agujerito que tú has abierto, el alma de los protagonistas.

Besos

M.Jose dijo...

Querido Mos, la anónima soy yo, pero como soy un poco inepta con esto de la informatica, no sé que he hecho y no me ha salido nombre. Un abrazo desde Esquivias

Mos dijo...

Amigo Rafa: Te digo yo que sí, que hay gente para todo y se escandalizan por cuestiones que no han superado al pasar de los tiempos. Aunque, cierto es, pueden no leer y ni siquiera venir por la orilla. porque, aquí, amigo rafa, se viene a leer e intentar pasar unos minutos amenos algunas veces y con reflexión en otras.
Un abrazo y gracias por leer hasta el final.
Mos.

Mos dijo...

Amigo Fus: encantado de verte por la orilla. Si te ha gustado esta historia de amor diferente y has llegado hasta el final, para mí es todo un honor.
No creas en tanta seguridad; tuve que organizar mi cabeza para montar esta historia tan diversa.
Gracias desde mi orilla.
Mos.

Mos dijo...

Amiga Narci: eres otra de mis visitantes preferidas. No en vano, sabes escribir y sabes de sentimientos y almas porque los vuelcas en tus poemas y escritos.
Agradezco firmemente tu comentario y me afirmo más con la idea de que al lector, un lector acostumbrado, no debe importarle la extensión de lo que lee.

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Mos dijo...

Amiga M.Jose: Tuve buena intuición al pensar que eras tú desde Esquivias.
Gracias por pasarte por la orilla de las palabras.
Mos.

Mos dijo...

EL PORQUÉ DE "MI VIDA CON PERA"

Queridos lectores: A finales del 2007 pertenecía a un grupo literario llamado ESFERAdeLETRAS (todo junto). Entre las varias actividades del grupo la más importante era escribir. Solíamos decidir entre todos qué ejercicio en prosa o poesía podíamos presentar a la siguiente semana. Esa vez optamos por crear un personaje entre todos con una serie de características de lo más dispares que fueron las siguientes:
1) Su nombre es Pera. 2) Lleva media cabeza rapada.
3) Lleva dos tribales tatuados en los brazos. 4) Tiene
connotaciones con la mafia. 5) Es directivo de una
empresa. 6) Es atractivo o atractiva. 7) Es supermiope.
8) Tiene una manía: es escrupulosamente ordenado y
limpio. 9) Tiene una fobia. 10) Es supersticioso.
11) Tiene complejo de inferioridad. 12) Tiene 25 años.
13) En su coche sólo oye “Simpathy for the devil” de
los Rolling Stones.

Puedo asegurar que el reto era importante pero a la vez te animaba a escribir y hacer una historia medianamente coherente con todos esos rasgos dados.
Así creé "MI VIDA CON PERA" algo que que no se me hubiera ocurrido escribir si no es por esa circunstancia y la "obligación" de presentar mi ejercicio puntual como el que más. Ni qué decir tiene que en aquel grupo había gente con muchas tablas literarias y mucho oficio y que todos ellos presentaron un relato diferente con esas mismas características requeridas.
Ahora, años después, estoy en MESA DE ESCRITORES con varios de los compañeros y compañeras de aquel grupo entre los que destaca LUISA FERNÁNDEZ que ya ha publicado en varias antologías y está pendiente de la edición de una de sus novelas.

Curioso "porqué", ¿verdad, amigos?

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Jorge del Nozal dijo...

Bueno Mos , cada día me sorprendes mas.¡¡Ha sido fantástico!!Has conseguido atraparme desde la segunda linea.Lo he leído entero,
en dos veces, pero entero.Aunque eso parezca normal,para mi no lo es. Y lo digo porque nunca tengo tiempo para nada.Bueno la verdad es que hago demasiadas cosas y tengo que repartir mi tiempo.
Con todo esto, te quiero decir que si has conseguido que lea tu relato entero, es que para mi es muy bueno y lo bueno puede robar tiempo a lo demás.
Un abrazo.

Lola Rubio dijo...

La verdad, Mos, no se me ha hecho nada largo el relato. El lector se mete en la piel del muchacho homosexual, de lo que siente, del mundo que se abre en ciernes sobre él, de su relación con Pera. Los episodios eróticos estan relatados con buen gusto. Y siempre está la emoción de leer, y leer y no saber qué se va a encontrar según se lee. Desde luego yo me he sorprendido de la elaboración de los personajes y el texto que te ha salido redondo. Mi admiración, tú lo sabes.

India Rebelde dijo...

He nadado por tu orilla....y que crees?? he quedado empapada de tus aguas...bello relato.

Calidos saludos caribeños.

Ximo Segarra "ACAPU" dijo...

Excelente relato, Mos, al principio parece que la historia va a ir en una onda destructiva, porque Pera da impresión de mucha inestabilidad cuando entra en escena, pero poco a poco vas entrando en ese corazoncito que tod@s tenemos, y descubrimos que detrás de esa apariencia de ricachón consentido y caprichoso se esconde... eso, sencillamente una persona.

No me ha parecido largo el relato, sí es cierto que a mí por lo menos leer en la pantalla me cansa, pero en este caso ha merecido la pena.

Mi enhorabuena.

Un abrazo.

P.D: Ya estoy confeccionando aquellas chaquetas y chaquetones de las que hablamos hace más o menos un mes, sí, esas que también salen del armario... en unos días las verás, a ver qué te parecen :)

Marina Fligueira dijo...

¡Hola Mos!

Lo has plasmado a las mil maravillas con tacto y sutileza: pobre Pera, no me extraña que odiara a su padre. Este es un tema que desafortunadamente... aún para algunos es un tabú.
Menos mal que ya somos muchos los que lo vemos normal.
Gracias por compartir tus letras.
Te dejo mi gratitud y mi estima. Un abrazo y se muy feliz. Lo peor son estas letritas negras...

Mos dijo...

Gracias amigo Jorge por tu interés. Bueno, pues si lo has leído porque te ha atrapado, mejor. Ya sé que eres muy polifacético y el tiempo no perdona.

Un abrazo desde mi orilla.

Mos dijo...

Querida Lola: Contigo lo tengo fácil porque todo lo que escribo te parece bueno. Gracias por leerme.
Un abrazo desde mi orilla.

Mos dijo...

India: Me alegra verte por mi orilla desde la otra orilla del mar.
Un abrazo de Mos.

Mos dijo...

Amigo Ximo: Comprendo que la pantalla pueda cansar para leer. Te agradezco el esfuerzo y tu comentario positivo sobre la historia que cuenta.
Gracias a todos vosotros sé que los relatos que invento tienen aceptación.

Como buen "sastre" que eres sé que te saldrán unos chaquetones extraordinarios.:):):):):)

Un abrazo desde la orilla de las palabras.

Mos dijo...

Hola Marina: Bienvenida a esta orilla desde tan lejos.
Nos une la palabra escrita y las ganas de compartir nuesttros mundos.
Un abrazo desde mi orilla.

Diana Profilio dijo...

¡Magnífica historia! Que no se ha hecho larga en ningún tramo, sino que cada detalle nos hizo bucear en el mundo de sus protagonistas y conocer sus vidas, sus sentimientos, sus miedos y actitudes. Dos almas entrelazadas por la casualidad o el destino, que han tenido la valentía y el amor suficiente para rescatarse el uno al otro. Bravooooooooo!!!! Un beso grande, Mos, y felicitaciones!!!!!!!!!

Tesa dijo...

Hola, Mos, la he leído primero de un tirón y luego he vuelto a escuchar las dos canciones que incluyes, pero no porque se me hiciera largo, que no, sino por mi habitual caos que aprovecha huecos para visitar a los amigos.

Me temía lo peor, o sea que has conseguido engancharme hasta el final.

Es tan positivo el desenlace que en esto tiempos que corren se agradece que el amor, la relación, el liberarse de complejos y el trabajo acabe tan bien.

A mí, que quieres que te diga, me gustan los finales felices.

Y Rolling y Diana Navarro suenan muy bien dentro de la acción.


Un abrazo, Mos

Ah, ya visité a Ximo, muy ingenioso e irónico.

Boris Estebitan dijo...

Hola, ha sido un enorme gusto pasar por tu genial blog, te felicito mucho, tienes un buen blog, te invito de manera cordial a que visites el Blog de Boris Estebitan y leas un escrito mio titulado “Caminando bajo la luz de la luna”, te espero ahí, que pases un buen fin de semana.

Mos dijo...

Amiga DIANA: gracias por acercarte a la orilla y leer este extenso relato que, según la opinión más generalizada, no ha cansado y se ha hecho ameno.
Gracias desde mi orilla para la tuya.
Mos.

Mos dijo...

Amiga Tesa: Temía que algunos de vosotros no os enganchárais a la historia por lo extensa que es. Ya veo que habéis gastado unos minutos pero que os ha merecido la pena.
Sí, es cierto: Un final más o menos feliz alivia mucho al lector que, a veces, no quiere dramas inquebrantables. Habrá que tenerlo en cuenta a la hora de escribir nuevos cuentos.

Un abrazo incondicional desde la orilla.
Mos.

Mos dijo...

Hola Boris: Bienvenido a este espacio de letras escritas, de palabras para todos. Ya he visitado tu blog y veo que eres un ecuatoriano amante de la poesía y las letras.
Bienvenido al club.
Un abrazo.
Mos.