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lunes, 27 de febrero de 2012

FRÍO EN MADRID




FRÍO EN MADRID

En escena el vestíbulo de una moderna estación. En uno de los bancos allí dispuestos, aparecen sentados una señora mayor con una maleta y un bolso de mano; a su lado, un hombre de unos treinta y tantos años hojeando un periódico.
                                  
JOVEN: (Sacando un paquete de cigarrillos). Perdone                
                 señora. ¿le molesta que fume?
SEÑORA:  ¡No,  no!  Puede  usted fumar  cuanto quiera. Estoy
                 completamente acostumbrada al tabaco.  Mi  difunto
                 marido, Dios  lo  tenga en  su  gloria,  fumó  durante
                 toda su vida. Y cuando murió, hace ahora dos años,
                 no fue precisamente por fumar.
JOVEN:   (Fumando).  De  todas formas,  sería  mejor  que  no
                 fumase.  Muchas  mañanas me  levanto tosiendo sin
                 parar. ( Hace una  pausa ).  ¿Qué  vicio  más  tonto,
                 verdad? . Gastamos  el  dinero  que  no  nos sobra y
                 perjudicamos  nuestra  salud  por  el  mero hecho de
                 sentirnos mejor mientras fumamos.
SEÑORA: Todos buscamos, en cierta manera, sentirnos mejor
                  de  la  forma  que  sea.  (Se quedan  en silencio. La
                  señora  mayor  se  muestra  impaciente; mira hacia
                  todos lados). ¿Puede usted decirme qué hora es ya?
JOVEN:   (Mirando   uno   de   los   relojes   del   vestíbulo   y
                  comprobando el suyo). Sí, cómo no. Son exactamente
                  las siete y veinte, señora.
SEÑORA:  Las siete y veinte; ¡qué barbaridad! (Cambiando  el
                    tono). ¡Este hijo mío...trabaja tanto!
JOVEN:      ¡Qué!, ¿lleva esperando mucho tiempo?
SEÑORA: Desde las siete menos cuarto... He venido en el   
                  AVE, ¿sabe  usted ?  Y  a  este  paso,  va  a  durar 
                  más la espera que el viaje.
JOVEN:   ¿De Sevilla tal vez?
SEÑORA: ¡No, no! De Córdoba. Vengo  de casa  de mi  hija que
                   vive allí. Se llama Amparo; es una morena muy
                   guapa y muy buena. (Silencio). No ha podido 
                   acompañarme hasta el tren y despedirnos como Dios
                   manda. (Con cierto aire de tristeza). Montse, la 
                   chica, pidió un taxi y se quedó conmigo hasta verme 
                   acomodada.
JOVEN:    Seguro que su hija trabaja mucho.
SEÑORA: ¡Oh, sí, sí! Es abogada, como su marido. (Acercando
                   su boca al oído del joven). Están   especializados en
                   separaciones y divorcios.
JOVEN:    ¡Caray! (Sonriendo). No me extraña que no les falte
                   trabajo.
SEÑORA:  No diga eso. El matrimonio es una cosa muy seria.
JOVEN:    Descuide, era una broma. Yo también estoy
                   casado. Y de momento no me puedo quejar. (Pausa).
                  Y dígame, ¿qué tal el viaje en el AVE?; mi madre   
                  llega en el próximo. (Mirando el reloj).  A   las   
                  cinco salía de Sevilla.
SEÑORA: Es una maravilla. ¿No  ha  viajado  nunca  en él? (El
                   joven niega con la cabeza). En dos horas de Córdoba
                   a  Madrid.  Yo  ya  estoy  acostumbrada.  Cada  tres
                   meses voy y vengo de una ciudad a otra, de una casa
                   a otra. Llevo dos años viajando en este tren; los años
                   que hace que  mi  difunto  marido dejó de estar a mi
                   lado.( Hace una pausa, se muestra impaciente). Y yo
                   aquí, esperando  a  mi  hijo. Se llama Ricardo. Es un
                   cirujano muy renombrado. Tal  vez  haya  usted oído
                   hablar del doctor San Esteban. Ha salido incluso 
                   por televisión.
JOVEN:    No, lo siento;  no  me  suena.  Perdone,  (dándole  la
                   mano), no me he presentado. Me llamo Daniel.
SEÑORA: (Alargando la mano).  Y  yo  Esperanza.  ¿Y sabe
                   usted Daniel? Tengo setenta y seis años pero puede 
                   tutearme. Es usted muy agradable y tiene cara de
                   buena persona. ¿Por casualidad tiene usted hijos?
JOVEN:    (Riendo).  Acepto  su  propuesta;  bueno,  tu 
                  propuesta. Siempre y cuando tú también me 
                  tutees. Sí,Esperanza, tengo dos hermosos niños: Raúl    
                 de  cuatro años y José de  dos.  (Saca  la  cartera  y  
                 una  foto  de  ella) .  Mira, (mostrándola), este es Raúl
                  y este otro José.
SEÑORA: Espera, espera que me ponga las gafas. (Se coloca 
                  unas gafas que le colgaban). Sí, sí; son preciosos. El   
                  mayor se parece mucho a ti.
JOVEN: Tan pequeños y lo traviesos que son: No paran
               quietos. A ver si crecen pronto y vuelve la paz a casa. 
               Y  tú, (guardando la foto en la cartera), ¿tienes alguna
               de tus nietos?.
SEÑORA: No; aquí no tengo ninguna.(Pausa). Mi hijo Ricardo 
                  tiene también dos, Óscar   de diecinueve años   y
                  Carolina de dieciséis, pero Dios no ha querido que  
                  mi hija los tenga. De  todas formas,  (con aire de
                  tristeza), aquí  no tengo ninguna foto de ellos.
JOVEN:  Bueno, no pasa nada. Pronto  estarás  con tus nietos
                 y ellos con su abuela y te contarán sus historias y tú   
                 las tuyas. 
SEÑORA:Es posible. (Pausa). Todo el mundo está hoy tan 
                 ocupado. Y los viejos somos  tan  pesados  algunas
                 veces.  No  me extraña que no nos quieran escuchar.
JOVEN: ¡Venga, venga! No será para tanto. Todo es cuestión  
               de entenderse. ¡Con  quién  vas  a  estar  mejor que con  
               tus hijos y con tus nietos!. 
SEÑORA No, si yo los quiero mucho a todos. Y ellos a mí 
                 también.¡Tengo unas  ganas  de  verles!  Con  un  poco
                 de suerte vendrán todos a recogerme.
                (Impacientándose).Ya tardan demasiado, 
                ¿no te parece?.
JOVEN: Hay mucho tráfico a estas  horas  en  Madrid. No
                habrán contado con ello.

   *** ANUNCIAN LA LLEGADA DEL AVE DE SEVILLA POR LA VÍA 2 ***

JOVEN: (Mirando el reloj). Esto sí que es puntualidad.  Te
               tengo que dejar; permíteme un beso. (La besa). Mi
               madre viene en ese tren..., y no desesperes. No pueden  
              tardar mucho más los tuyos.
SEÑORA: ¡Corre hijo!; busca a tu madre. (Dándole las manos). 
                 Me ha encantado haberte conocido. Si quieres puedo 
                 darte una tarjeta de mi hijo,  y podrás  llamarme  en  
                 alguna ocasión y hablar un rato conmigo. (Busca en
                 el bolso). Aquí está. (Se la da al joven).
JOVEN:  (Algo desconcertado) Sí, ¿por qué no? Incluso puedo
               quedar contigo para que conozcas  a  los  míos   
               aunque, (leyendo  la  tarjeta),  te advierto que yo vivo
               en  un   barrio  más  pobre.  Con mi sueldo me tengo
               que  conformar  con  nuestro  pisito  en Vallecas. 
               Bueno,   señora  Esperanza, (despidiéndose), es posible
               que cualquier día le llame.
SEÑORA:  Hasta pronto Daniel.

                       EL JOVEN SE ALEJA. LA SEÑORA SE QUEDA SOLA EN EL BANCO. APARECE EN ESCENA UNA MUJER DE MEDIANA EDAD QUE BUSCA CON LA MIRADA A ALGUIEN. AL VER A LA SEÑORA SE DIRIGE A ELLA.

MUJER:  Señora Esperanza, ¿lleva mucho esperando? (le da
                 un beso en cada mejilla). ¿Se acuerda de mí? Soy
                Conchita, trabajo en la casa de su hijo. El taxista no
                 ha podido correr más con tanto tráfico.                   
SEÑORA: ¿Y mi hijo Ricardo?, (con tristeza), ¿dónde está?
MUJER:  El señor no vino ni a comer. El hospital le trae de 
                cabeza. Sus nietos se han ido al cine a ver una película
                 de esas de miedo con los amigos. La señora en la 
               peluquería. Fue ella quien me mandó que la recogiera.
SEÑORA:  (Con la cabeza baja). Sí, claro.(Pausa)...Siento frío. 
                    ¡Qué día más frío!.
MUJER:   (Cogiendo la maleta). He preparado un caldito
                   estupendo para usted. Verá cómo entra en calor.
SEÑORA:  (En voz más baja). No, no lo creo.
MUJER:    ¿Qué decía?
SEÑORA:  No, nada. No tiene importancia. Vámonos cuanto 
                   antes; me encuentro algo cansada. (Se agarra del
                   brazo de la mujer). ¿Y cómo has dicho que te llamas, 
                    hija?
                       
                                                      F I N


© Ceferino Otálora (Mos). Noviembre de 1998.
     Imágenes tomadas de Internet. 



23 comentarios:

Mos dijo...

Estimados visitantes: He rescatado del fondo del cajón esta pequeña historia de mis comienzos. Llevo una hora intentando corregir los errores de diseño de escritura en la entrada. Esos que se ven y deslucen tanto pero no sé qué pasa que al copiar el texto se copia con esos errores y no me deja subsanarlos. Cosa de brujas, supongo.
Me rindo y lo dejo como está.
Me voy a la cama que mañana madrugo no sin antes agradecer la buena acogida que ha tenido "MI VIDA CON PERA" por parte de todos vosotros.

Un abrazo enorme desde la orilla de las palabras.
Mos.

fus dijo...

Un relato en clave de novela donde pones a discusiòn el olvido de nuestros seres mayores, son esos momentos donde una sola mirada o un abrazo lo hacemos los más felices del universo. Igual esto lo echamos de menos el dia que nos abandonan cuando es tarde para rectificar.

un abrazo

fus

TriniReina dijo...

No, ese frío no se quita con caldito. No hay caldo que entibie el frío del alma.

Al menos, a Esperanza, vino a recogerla Conchita. Otros no tienen esa mediana suerte...

Un abrazo, Mos

Jorge del Nozal dijo...

Hola Mos.
Me estoy acostumbrando a tus historias. Esta se me ha hecho corta, como que necesitaba leer mas.
Esta muy bien narrada y los personajes y su forma de hablar es de lo mas natural.
Un abrazo.

Luisa dijo...

Hola, Mos.

Triste destino el de algunos mayores.
Esperemos que el nuestro no llegue a ser así, y nos entre complejo de maleta perdida en el aeropuerto o de trasto inútil. Quién sabe…

Me ha gustado mucho esta mini obra de teatro. El relato de Pera, también.

Un beso muy fuerte, compi.

Rafa Hernández dijo...

Hola amigo MOS no te preocupes por lo que comentas, el relato te quedó muy bien. Vaya cara de buena persona que tiene la señora.

Un abrazo.

disancor dijo...

Has retratado con gran maestria una de esas situaciones tan humanas, tan tiernas, tan tristes y de tanta soledad, que se dan hoy día. Muy emocionante diálogo.
Un abrazo.

Teresa dijo...

La soledad de nuestros mayores. ¡Qué pena me da! Creemos que con atenderles físicamente ya hemos cumplido. Nunca pensamos en su atención emocional. En ese cariño que cada vez necesitan más y que fingen que lo tienen ante extraños o conocidos. Solo con sentirse escuchados aliviaríamos un poco su tremenda soledad.

Buen relato Mos. Me ha gustado mucho.

Besos.

Ximo Segarra "ACAPU" dijo...

Tiene razón la protagonista, ese caldito no le aliviará ese frío que sobrecoge ahí adentro cuando ves que los tuyos no tienen tiempo para ti. Por lo menos ha tenido ese momento de conversación que seguro le ha permitido no ponerse más nerviosa todavía. Ay las estaciones, qué lugares... hay siempre esa mezcla de frialdad, de anonimato, pero también se pueden encontrar siempre esos pequeños detalles de calidez.

Me ha gustado el relato, tiene mucha agilidad con los diálogos y las mínimas acotaciones del narrador.

Yo también tengo problemas a veces a la hora de editar los textos en blogger, con tiempo y paciencia se puede corregir, pero hay veces que es desesperante.

Un abrazo Mos :)

Concha Signes dijo...

Hola Mos, me ha encantado leer este relato, es un poco triste pero es la realidad. Por desgracia nuetros mayores se ven en esas situaciones y en muchas peores.
Hacía tiemo que no te visitaba, ha sido involuntario,he tenido que estar un poco desconectada, ya sabes que me gusta pasarme por tu orilla y leer tus escritos.
Un abrazo

medianoche dijo...

Tristeza infinita ante este cuadro.

Saludos

Narci dijo...

Eres todo un artista Mos, no dejas de sorprenderme, no hay género que escape a tu buen hacer.

Esta obrita es todo un cuadro costumbrista de nuestros días. Nuestros ancianos acaban por llamar hijas o hijos a cualquier extraño como intento de sentir más cerca a quienes de verdad lo son. Los convertimos en un estorbo, como pelota vieja o patata caliente que va pasando de una mano a otra sin que nadie quiera retenerla más tiempo del estrictamente indispensable, y algo parecido pasa con los niños: o no se tienen, porque el trabajo, es decir, el dinero o la posición social, es mucho más importante, o se tienen pero los crían otros, ya sean abuelos o chachas, empeñados como andamos todos en vivir la vida y triunfar en ella, como si la familia no formase parte de esa vida.

Besos

Mos dijo...

Gracias a todos por vuestros comentarios, queridos lectores.
Lo que más me gustaría es que este cuadro costumbrista se pudiera escenificar en algún pequeño teatro o incluso en algún colegio o centro cultural. Sería fácil hacerlo, ¿verdad?
Los niños y los ancianos están a merced de lo que queramos hacer con ellos. Para mí siempre son personajes entrañables en mis escritos.
En todos nosotros debería primar la humanidad y el afecto antes que el olvido y el egoísmo.
A partir de ahora haré comentarios más genéricos por falta de tiempo.

Un abrazo de Mos desde la orilla de las palabras.

Anónimo dijo...

Qué maravilla Mos, qué triste y qué verdad, lo peor es la verdad.
Un beso

josefina dijo...

Que historia, como la vida misma.
Me ha gustado tu relato y pienso en esas personas que se pasan, a la vejez, la vida de aqui para alla.
Un beso

María dijo...

Ante todo decirte que te comenté la primera (creo) pero la mayoría de mis comentarios se van al limbo (otra vez me tiene Google castigada, menos mal que he vuelto a releer y me he dado cuenta, a ver si este sale).

Te decía en mi comentario que me recordó automáticamente a Paco Martínez Soria, no sé si tú viste una película (cuyo título no recuerdo) en la que parecía que el abuelo estorbaba.

Lamentable esa situación que es la de tantos ancianos.

Besos

patxi(PASCUAL PÉREZ RIBOT) dijo...

Por desgracia los ancianos son siempre los olvidados de Dios,y es que con nuestras mil ocupaciones no nos damos cuenta de que aquellos que hicieron mucho por nosotros a veces nos necesitan.
Un placer leerte.

Gizela dijo...

Y qué bueno tu relato!
Y que bueno que lo rescataste!
Sería tan sanador en estos día que muchos relatos y obras y artículos tratasen el tema
Con las carreras que vivimos, con los apuros que empujan...siempre se olvida lo corta que es la vida, y lo largos que fueron los sacrificios que los viejos hicieron por nosotros.
Y muchos olvidan...que también estarán algún día...con frio en Madrid
Me ha gustado mucho, en forma y contenido
Te apuntaste un lindo y sabio acierto!!!
BESOTESSS

Isabel Martínez Barquero dijo...

Me ha encogido el corazón Esperanza, ay. Creo que, su caso, también sentiría frío, mucho frío, que es para sentirlo: todos en sus trajines y nadie se acerca a por ella a la estación.
Hace pensar tu diálogo, Mos. Nuestros mayores no se merecen nuestra falta de atenciín. Necesitan ternura y cariño.
Un abrazo.

Mos dijo...

De nuevo paso a dar las gracias por vuestros comentarios, amigos.
Haciendo un pequeño análisis sobre los temas y los personajes que empleo en mis relatos, observo que trato de una manera especial a los niños y los ancianos. Me gustan esos personajes para mis historias porque creo que, en el fondo, tienen mucho que aportar y, a veces, son los grandes olvidados con los que uno cuenta muy poco.

Gracias especiales a Diana Profilio por sus consejos para mejorar el diseño del texto que, como habréis comprobado, ya está mejor dispuesto en la entrada.

Estoy contentísimo con vuestros comentarios y visitas porque entiendo que ahí, al otro lado de la red, hay gente que lee lo que escribo y que algo le aporta. Y eso, de verdad, no tiene precio.

Miles de abrazos a repartir.
Mos.

Tesa dijo...

Lo has conseguido de nuevo, Mos, me has emocionado.

Me he encontrado con personas mayores así, que a la mínima que les das conversación te cuentan con sus gestos y la estructura de su relato los solas que están mientras se desviven por decirte con palabras lo que las quieren sus hijos.

Podría ser el guión de un corto.

El frío y el dolor que producen la indiferencia de los hijos no se alivía con nada.

Un abrazo, Mos.

Oréadas dijo...

Mos, comenté hace días este hermoso relato, recuerdo que se me saltaron las lágrimas con él. No sé que pasó, si fue despiste mío o cosa de brujas que pasan por este medio. Bueno el caso es que me estremecio, lamentablemente hay muchas personas que esperan el calor de la familia y se encuentran con la soledad del abandono. Un besito

Marta C. dijo...

Hola, Mos. Me ha gustado mucho el relato. Sin decirlo, dices mucho. A tavés de esa conversación tan simpática, apreciamos que detrás se esconde una gran pena y soledad. Porque a pesar de estar con sus hijo,
Esperanza se siente sola, inexistente. Así es.
Un beso.