VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
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sábado, 31 de diciembre de 2011

UNA ORILLA INUNDADA DE MÚSICA (9): UN AÑO MÁS. MECANO

Con esta entrada musical quiero despedir el año 2011. Del grupo Mecano poco hay que decir a estas alturas; sobre todo a los que ya tenemos unos cuantos años encima y los hemos oído hasta la saciedad desde sus comienzos. La verdad es que la letra de esta canción es tan real como la vida misma.
Os deseo un feliz Año Nuevo, visitantes de mi orilla. Brindaré esta noche, lo repito, por cada uno de vosotros para que el 2012 sea muy positivo para todos.
Mañana, como pasa el tiempo, estaremos viviendo UN AÑO MÁS.
Salud, amigos.
Mos


UN AÑO MÁS

En la Puerta del Sol
como el año que fue
otra vez el champagne y las uvas
y el alquitrán, de alfombra están.
Los petardos que borran sonidos de ayer
y acaloran el ánimo
para aceptar que ya, pasó uno más.
Y en el reloj de antaño
como de año en año
cinco minutos más para la cuenta atrás.
hacemos el balance de lo bueno y malo
cinco minutos antes de la cuenta atrás.
Marineros, soldados, solteros, casados,
amantes, andantes y alguno que otro
cura despistao.
Entre gritos y pitos los españolitos
enormes, bajitos hacemos por una vez,
algo a la vez.
Y en el reloj de antaño
como de año en año
cinco minutos más para la cuenta atrás.
hacemos el balance de lo bueno y malo
cinco minutos antes de la cuenta atrás.
Y aunque para las uvas hay algunos nuevos
a los que ya no están le echaremos de menos
y a ver si espabilamos los que estamos vivos
y en el año que viene nos reímos.
1, 2, 3 y 4 y empieza otra vez
que la quinta es la una
y la sexta es la dos y así el siete es tres.
Y decimos adiós y pedimos a Dios
que en el año que viene,
a ver si en vez de un millón
pueden ser dos.
En la Puerta del Sol
como el año que fue
otra vez el champagne y las uvas
y el alquitrán, de alfombra están.

© Nacho Cano. 1988

miércoles, 21 de diciembre de 2011

UN CUENTO DE NAVIDAD PARA COMPARTIR CON VOSOTROS

El cuento de Navidad de Auggie Wren fue primero un artículo periodístico de Paul Auster publicado en el New York Times el 25 de diciembre de 1990. Al leerlo, el director de cine Wayne Wang le propuso a Auster que escribiera el guión para una película. Así surgió “SMOKE”, cuyo final es, precisamente, “El cuento de Navidad de Auggie Wren”.
Queridos amigos blogueros: Os dejo un extracto del cuento y la parte final de la película donde se visualiza tal cuento. Lo quería compartir con cada uno de vosotros y que el verdadero espíritu navideño siempre esté en nuestro interior.
Brindaré para que el 2012 sea un año positivo para todos.
Mos.


“…A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.”

© Editorial Lumen, Paul Auster




sábado, 17 de diciembre de 2011

"DEGUSTACIÓN" EN LA VOZ DE JORGE DEL NOZAL

De nuevo tengo el honor, el privilegio, de escuchar otro poema mío en la voz del artista y amante de la poesía Jorge del Nozal. En esta ocasión se trata de "Degustación": un poema erótico y sensual donde intervienen todos los sentidos en  la culminación del placer, el lado más festivo del amor. Os invito a escuchar a Jorge en
http://duendepoeta.blogspot.com/2011/12/degustacion-mosenlaorilla.html
Espero que os guste, amigos.
Un abrazo de Mos desde mi orilla erótica.


Pintura: Desnudo de espaldas. Autor: Jorge del Nozal.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

TRES CITAS SOBRE LA RIQUEZA


1.) "Todo el mundo cuenta cómo ganó sus primeras cien pesetas; nadie cuenta cómo ganó el último millón"
Noel Claraso (1905-1985). Escritor español.

2.) "Lo difícil es ganar miles honradamente. Los millones se amontonan sin trabajo"
Nicolai Gogol (1809-1852). Novelista ruso.

3.) "La riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da"
Arthur Shopenhauer (1788-1860). Filósofo alemán.

viernes, 9 de diciembre de 2011

"CON TROZOS DEL ALMA" EN LA VOZ DE JORGE DEL NOZAL

[IMGP2296.jpg]Estimados visitantes de mi orilla. Hace poco tiempo que conozco el blog de Jorge del Nozal, (http://duendepoeta.blogspot.com), pero os lo recomiendo. De paso podréis comprobar todo lo artista que es este hombre en todos los  campos donde da rienda suelta a su creatividad. El caso es que al oír su voz me animé y le envié unos cuantos poemas que él ha tenido a bien recitarlos e ir colgándolos en su blog. Es para mi un honor y una satisfacción que los lea y los transmita a través de la blogosfera. Gracias Jorge.

Os dejo el enlace al poema "CON TROZOS DEL ALMA"

sábado, 3 de diciembre de 2011

MIENTRAS DORMÍAS

Me he despertado inesperadamente por algún impulso que ahora ignoro. Alzando la cabeza, he mirado el reloj luminoso que hay a tu lado; marcaba la una y diez. Después, he intentado averiguar la forma de tu cara en la penumbra de la habitación. He notado como mis labios sonreían al sentirte dormir tan plácidamente con tu brazo rodeando mi cintura. Me han desvelado mis pensamientos girando en torno a ti. Mi cabeza se ha inundado con tu nombre y con recuerdos de los dos; del tiempo que llevamos juntos construyendo nuestra historia.
Muchas veces me has dicho que te escriba algo bonito como hacía antes. Tienes toda la razón, he dejado pasar mucho tiempo sin dedicarte unos renglones que expresaran el amor que me das y el que siento por ti.
Te he vuelto a mirar mientras dormías, pegado mi cuerpo junto al tuyo y, bajo el calor de las sábanas, te he abrazado dándote un beso suave sobre el cuello. A continuación, silenciosamente, me he levantado para escribirte.
De camino al salón, me he detenido unos instantes en el dormitorio de las niñas. Contemplarlas en silencio es una experiencia gratificante. Estaban destapadas, serenamente dormidas. ¡Cómo crecen!, Cristina es casi una mujercita. Al paso que va  tendremos que comprarle una cama más larga. Estoy muy orgulloso de ella, de sus notas escolares, de la madurez que demuestra para los once años que tiene. Si sigue así, llegará a ser una mujer admirable. Siempre que sea capaz de frenar ese genio que saca en algunas ocasiones y que tanto puede perjudicarla a lo largo de su vida. ¡Ah!, y si se lava más los dientes e intenta no morderse las uñas por culpa de los exámenes. Cuando pase algún tiempo se acordará de estos consejos que le repito tan a menudo.
Y de Silvia qué te puedo decir que tú no sepas. Tenemos un torbellino de cinco años en casa que siempre me saca una sonrisa con sus gracias; que me engatusa constantemente y, lo confieso, me cuesta negarme a la mayoría de sus requerimientos. Me encantan las explicaciones que da con su lenguaje pequeño.
Ambas son mi más preciado tesoro. Y te lo debo a ti, cariño mío. Como todo lo demás que me has dado en estos dieciocho años que te conozco.
¿Recuerdas?, juntos despertamos al amor fundiendo nuestros cuerpos adolescentes. Aprendiendo un poco más en cada unión. Superamos nuestra timidez inocente con el deseo de amarnos y complacernos. Y así, lentamente, hemos cumplido años juntos; siempre juntos. En los buenos y en los malos momentos. ¡Me ayudas tanto estando a mi lado!; compartiendo y apoyando mis proyectos, suavizando mis errores; entregándote a nosotros día a día, sin vacilaciones.
Sabes que enseguida me derrumbo cuando algo va mal, pero tú con tu optimismo no me dejas caer. Buscas siempre el lado positivo de los problemas. Cuánto envidio la vitalidad, la perseverancia, la fuerza de voluntad que posees.
Sí, ya sé; dirás que me valoro poco, que yo también valgo mucho. Que me dejo llevar algunas veces por mi pesimismo pero es igual: sigo pensando que eres la pieza más valiosa que conforma nuestro hogar.
Llevo ya dos cigarrillos escribiendo estas líneas. No puedo evitar este estúpido vicio que tanto me recriminas. Y no sé cuando seré capaz de dejarlo pero lo seguiré intentando por ti, luz de mis días, mi norte, mi acierto, mi suerte, mi descanso, mi guía, mi recompensa, mi alma; por ti, alegría, pasión, entrega, cariño, sonrisa, aliento, esperanza. Bellas palabras que apenas marcan tu encanto, que apenas te definen, mi amor.
Vuelvo ya contigo, a nuestro lecho. Dentro de unas horas sonará el despertador avisando que son las seis de la mañana. Y me dirás tiernamente que arriba. Y tú lo harás conmigo. Para prepararme el café, para despedirme con un beso y decirme que me abrigue. Y yo te diré que no hace falta, que te quedes en la cama. Y contestarás, como siempre, que no te importa hacerlo.
Mientras dormías, te he escrito esto mi vida. No he encontrado otra forma más sincera de decirte que te quiero.


© Ceferino Otálora (Mos)
Noviembre de 1995