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miércoles, 21 de diciembre de 2011

UN CUENTO DE NAVIDAD PARA COMPARTIR CON VOSOTROS

El cuento de Navidad de Auggie Wren fue primero un artículo periodístico de Paul Auster publicado en el New York Times el 25 de diciembre de 1990. Al leerlo, el director de cine Wayne Wang le propuso a Auster que escribiera el guión para una película. Así surgió “SMOKE”, cuyo final es, precisamente, “El cuento de Navidad de Auggie Wren”.
Queridos amigos blogueros: Os dejo un extracto del cuento y la parte final de la película donde se visualiza tal cuento. Lo quería compartir con cada uno de vosotros y que el verdadero espíritu navideño siempre esté en nuestro interior.
Brindaré para que el 2012 sea un año positivo para todos.
Mos.


“…A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.”

© Editorial Lumen, Paul Auster




35 comentarios:

María dijo...

Bonito cuento, Paisano, luego vuelvo a ver ese video.

Ojalá nunca hubiese ningún anciano solo, no solamente en Navidad sino en cualquier época del año.

Besos

Mos dijo...

Estoy contigo paisana en que los ancianos y los niños es lo que peor llevo a la hora de las injusticias y el desamparo.
No te pierdas el video porque es el mejor contrapunto al relato.
Gracias por estar siempre ahí, con tanta premura e interés.
Un abrazo de tu paisano Mos desde esta orilla invernal y navideña.

Ximo Segarra "ACAPU" dijo...

Mos, qué buen artículo el de Paul Auster, hay un montón de historias ahí concentradas... claro que hizo bien, y mucho, Auggie (o el personaje inventado por él) de pasar el día con esa mujer a la que no conocía de nada y que estaba sola. Sola como él mismo.
Nadie debería estar solo, pero hay mucha gente que no tiene a nadie, ya no solo en estas fechas... Por eso cualquier acción que permita arropar y dar calor cuando el frío duele más estará muy bien hecha. Pero mucho mucho :)

Bueno, ya sabes: espero que este final de año sea estupendo para ti y los tuyos y que el año que viene comienze mejor todavía y así que siga (hasta el infinito) (y más allá) :)

Un abrazo bien grandote :)

Perlita dijo...

¡¡Holaaa!! Amigo Mos, ¡quien supiera escribir cuentos...!
Estoy vaga...Seca...Y eso que en Radio Murcia andan leyendo en La Edad de Oro unos poemas sobre el rio que hace mucho tiempo escribí. Así mantengo el ego...Volveré pronto pero esperaré todavía porque me ha dado por hacer pachwork (o cómo se escriba) y me cuesta tan caro el curso que se me revuelven mis genes catalanes si pago y no aprendo y he de aprovechar las enseñanzas.
Sigo bien y a ti muy bien que te veo. Os deseo lo mejor para este 2012 y que estas Navidades, sean muy felices y si crees en ellos...los Reyes Magos, vendrán cargados de cosas buenas. Si te toca la lotería, ya será parte de mi augurio y mi deseo.
Montones de abrazos y sé siempre tan amable y amigo. ¡Olé por mis paisanos!
Te agradezco tu recuerdo y

Mos dijo...

La verdad es que dentro de su sencillez, el cuento de Paul Auster encierra muchos mensajes como tú bien apuntas, Ximo.
Todos los buenos deseos que me mandas espero que te vuelvan multiplicados. Y alguno también para Cactuso. (No sé por qué pero le he puesto ese nombre).

Abrazos a mogollón de Mos para Ximo y sus personajes.

Mos dijo...

Esto sí que es sorpresa, paisana Perlita. Me alegra tu paso por mi orilla y saber algo más de ti.
Tu eres una cuentista cualificada y reconocida. Lo que pasa es que con el patchword ese, o como se diga, has cambiado de registro y ahora te ha dado por las telas y los colorines.

Encantado de sentirte cerca, paisana.
Feliz Navidad y mejor año 2012.

Un abrazo de Mos desde mi orilla.

fus dijo...

Mos una genial entrada. Solo desearte Feliz navidad.

fus

Rafa Hernández dijo...

Muy bueno y bonito, pero realmente muy triste, porque estos casos de soledad se dan realmente con mucha frecuencia. Un abrazo Mos y que pases unas buenas fiestas.

TriniReina dijo...

Me gusta Paul Auster, pero no conocía este cuento.
También me gustaría que todos reluciésemos más a menudo el espíritu navideño.

Una hermosa manera de felicitarnos estos días, Mos. Gracias y abrazos múltiples

Feliz Nochebuena

josefina dijo...

Precioso cuento.
Que paseis buenas Fiestas.
Un abrazo

Rosana Martí dijo...

Un entrañable cuento que no conocía, gracias por acercarlo te quedo un post muy lindo.

Un fuerte abrazo y FELIZ NAVIDAD PARA TI Y LOS TUYOS.

Mos dijo...

Me alegro si te ha gustado, Fus. La película no tiene desperdicio y los libros de Paul Auster son una maravilla.
Un abrazo desde mi orilla.

Mos dijo...

Sí que tiene su lado triste pero yo creo que gana el lado de la compasión, del amor al prójimo, Rafa.
Ojalá que no hubiera personas en soledad.

Un abrazo desde mi orilla.

Mos dijo...

Yo creo que este cuento va al pelo con lo del espíritu navideño. Es ese espíritu el que hace que el protagonista se compadezca de la pobre anciana.

Un abrazo desde mi orilla, Trini.

Humberto Dib dijo...

No conocía esa historia de Paul Auster, a pesar de ser uno de mis escritores preferidos.
Gracias por compartirla.
Aprovecho para dejarte un fuerte abrazo y desearte una Feliz Navidad, mi querido amigo de blog.
HD

Concha Signes dijo...

Hacía un poco de tiempo Mos que no visitaba tu orilla, muy acertada esta última entrada, me ha gustado y otras entradas anteriores, que he leido tambiém.
Te deseo para ti y tu familia lo mejor en estas Fiestas Navideñas y que en el Año Nuevo, se cumplan todos nuestros sueños.
Un abrazo

Resu dijo...

Muy buena historia, tiene su punto, y sobre todo cercana en su esencia. Un broche para cerrar el año algo singular. Es cierto que inevitablemente nos volvemos un poco moñas cuando llegan estas fechas, será que se nos va otro año, será que echamos de menos a los nuestros, no se...
tal vez sólo sea un escape a nuestra sensiblería.

Feliz Navidad para ti y tu familia, y esta otra familia tan numerosa que te sigue en el blog.

Besos a raudales para todos.

Resu

disancor dijo...

Muy acertado para estas fechas “El cuento de Navidad de Auggie Wren”. Me ha encantado.
FELIZ NAVIDAD.
Un abrazo.

Jorge del Nozal dijo...

Hola MOS, Presentándonos este precioso cuento,demuestras una vez mas tu sensibilidad.
Estoy encantado de haberte conocido.
Un fuerte abrazo y FELIZ NAVIDAD.

Lugareño dijo...

Hola Mos!! Aquí llega otro paisano...

En primer lugar darte las gracias por esta historia que no conocía. Tampoco la película "Smoke", que desde ya pongo en lista de espera para verla en cuanto pueda.

En segundo lugar gracias también por el comentario de hace unos días, que no he podido contestarlo antes pero lo leí y me agradó tanto como siempre.

Y en último lugar, por supuesto, desearte unas muy felices fiestas navideñas, y un próspero 2012.

Un abrazo.

Mos dijo...

Amigo Humberto: Me alegro de haber dado a conocer este cuento que, para muchos, había pasado desapercibido.
Feliz Navidad para ti y los tuyos.
Mos.

Mos dijo...

Amiga Concha: Me gusta que pases por mi orilla tanto como a mí pasar por tu blog de cocina.
Te deseo lo mejor en estas fiestas.
Mos.

Mos dijo...

Amiga REsu: Es cierto que estas fechas traen mucha ternura. También mucha melancolía y en algunos casos tristeza. Más que sensiblería, que me suena feo, es sensibilidad a todo lo que huele a humano.
Un abrazo y felices fiestas.
Mos.

Mos dijo...

Amigo Disancor: SI te ha gustado el cuento y la historia que encierra, me alegro.
Ojalá que el espíritu navideño dure y dure y dure.
Un abrazo de Mos para ti y los tuyos.

Mos dijo...

Amigo Jorge: Tú muestras tanta o más sensibilidad que yo en tu blog. Por eso te encanta la poesía, el arte, la cultura y disfrutas con la palabra y nosotros con tus obras y tu voz.
Yo también estoy encantado de haberte conocido.
Un abrazo y feliz navidad para ti y los tuyos.
Mos.

Mos dijo...

Amigo Lugareño, paisano: Qué bueno que leyeras el cuento de Paul Auster y te apuntes a ver la película porque creo que lo merece.
Me alegra tu paso por mi orilla y saber de ti ya que estás tan ocupado pero bueno, porque un joven ocupado y con ideales muy humanitarios es digno de encontrar y se le perdona casi todo.

Felices fiestas y un abrazo para ti y los tuyos.
Mos.

impresiones de una tortuga dijo...

Pararme en esta orilla hoy, día de Navidad, en la tranquilidad de la casa, con casi todos ausentes o dormidos ha sido uno de los mejores regalos que podía haber recibido.
Me ha conmovido la historia, siempre me conmueven este tipo de historias, sensibles y posiblemente reales.
Gracias, mi querido Mos por este regalo de Navidad.
FELIZ SEMANA Y FELIZ AÑO NUEVO. UN ABRAZO.

Beatriz Salas dijo...

Ainsss Mos: Qué bella historia! Me has alegrado el despertar.
Un abrazo y Felices Fiestas querido amigo.
Besosss

Mos dijo...

Gracias Tortuga por ser fiel a mi orilla. Me gusta saber que te ha conmovido este cuento porque demuestra lo sensible que eres.
Un abrazo grande de Mos.

Mos dijo...

Hola Beatriz: Un honor tenerte por mi orilla y alegrarte el despertar. Tú también nos alegras muchos días.

Un abrazo desde mi orilla navideña.

Isabel Martínez Barquero dijo...

Buena pluma la de Paul Auster y, de ella, un buen cuento de Navidad, muy en su estilo. Me ha gustado, como siempre me gustan sus personajes que pasean para solventar obsesiones u obligaciones que eluden, esos personajes que se enredan con otros y, a través de ellos, resuelven sus temas.
Un grandísimo abrazo y mis mejores deseos para ti en 2012.

P.S.- Estupendo que seas de Cieza, aunque vivas lejos. Bueno, la murcianía se lleva siempre en el corazón. Yo viví dieciocho años fuera de esta tierra y no descansé hasta regresar aquí.

Mos dijo...

Amiga Isabel: Me agrada que te agrade el cuento de Auster.:):):):):):)

Mis mejores deseos para ti también y decirte que la tierra siempre tira, tira mucho aunque esté lejos.
Un abrazo de Mos.

disancor dijo...

Te deseo una Feliz Nochevieja y Feliz Año Nuevo.
Un abrazo.

Tesa dijo...

Esto sí que es un cuento de navidad de los que me gustan.

Mos, me han entrado ganas de volver a ver la película.

Un abrazo,

Narci dijo...

Bonito cuento navideño en el que, además, nadie sale perdiendo. Los libros a cambio de la cámara y dos soledades compartidas de forma que se tornan en agradable compañía.

Gracias por compartir tan bella historia.

Besos