VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

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martes, 29 de junio de 2010

VERANO EN LA ORILLA

El verano ha llegado a mi orilla. Es tiempo de descanso, de relajarse, de leer y dejar la escritura para más adelante. Tiempo de darle una vuelta a la casa y poner un poco de orden en ella. Tiempo de quedadas con amigos y familiares. Tiempo de chapuzones y barbacoas, de siestas y aires acondicionados; de gazpachos y helados. Tiempo de revisar escritos y ordenar carpetas. Tiempo de calor y vacaciones; de menor actividad y mayor holganza. Siempre tendré un momento para visitar vuestros blogs y comentaros vuestros post. Y nada, aquí os dejo un video refrescante y bailongo para llevar mejor el calor estival. Pasadlo bien y un abrazo a todos, queridos visitantes. Nos vemos en mi orilla en septiembre.
Mos.



lunes, 21 de junio de 2010

EN RECUERDO DE JOSÉ SARAMAGO

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: "¿Y después?" Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.”


Extraído del Discurso de aceptación del premio Nobel 1998 que leyó José Saramago tras su entrega.

jueves, 17 de junio de 2010

LECTURAS DESDE MI ORILLA (1)

LA CIUDAD DE LOS HEREJES. FEDERICO ANDAHAZI.

RESUMEN DE LA CONTRAPORTADA:
En la Francia medieval, el duque Geoffroy de Charny ha hecho uso de su maléfica inteligencia para urdir un plan que le asegurará gloria y poder. Dominado por la ambición, se propone revivir el carácter milagroso del Santo Sudario, la perfecta excusa que justifique la construcción de una iglesia para su propio provecho. Mientras tanto, su hija Christine va a protagonizar junto al joven monje Aurelio una tormentosa historia de amor. Oponiéndose a los planes de su padre y dejando al desnudo la licenciosa vida de los conventos, Christine organiza una revuelta religiosa. Juntos fundan una ciudad tan perfecta como efímera, donde la libertad, el amor y el sexo luchan por encontrar un destino.

Aquí os dejo dos fragmentos del libro:

“LIREY, FRANCIA, 1347. Geoffrey de Charny contemplaba extasiado su nueva adquisición. Había extendido el manto sobre el amplio salón y caminaba en torno a él examinándolo con una mano en el mentón. Era una tela de tres pasos de largo por uno de ancho, presentaba un aspecto extrañamente agrisado y la luminosa figura de Jesús le confería un fulgor sacro. (…) De pronto, el duque golpeó las palmas de sus manos y antes de que dejara de reverberar el sonido contra las alturas del techo y las espaciadas paredes de piedra, se presentaron tres criados. El duque les ordenó que vieran el sudario y que luego le dieran su impresión: el primero se persignó y de inmediato comenzó a susurrar unas oraciones. El segundo había caído de rodillas y tocaba el manto como un náufrago que se aferrara a un madero flotando en medio del mar. El otro había quedado anonadado y no atinaba a moverse. Geoffrey de Charny tuvo que ordenarles tres veces y a los gritos que se retiraran del salón. (…) Volvió a mirar la figura sobre la tela y se dijo que, si siendo aquella sábana una pésima falsificación, una pintura hecha por alguien que ni siquiera merecía ser llamado pintor, aún así conseguía suscitar semejantes arrebatos de fe, una confeccionada por el mejor de los artistas podría convocar multitudes.”


“ASTURIAS, ESPAÑA, 1348. El grupo de hombres y mujeres liderado por Aurelio y Christine llegaron por fin a la pequeña villa de Velayo, en Asturias. (…) Las casas del pueblo eran blancas y sencillas y albergaban a gentes del campo y también del mar, agricultores y pescadores, ya que la villa estaba abrazada por el río que desembocaba en las costas del Cantábrico. Aurelio desplegó el mapa y, mirando en derredor, tardó en comprender que el castillo que dominaba el valle (…), era el suyo. Aurelio tomó posesión de su herencia presentando los documentos de propiedad ante el conde de Gijón, don Alonso, hijo bastardo de Enrique II, dueño de la mayor parte de las tierras (…) Acostumbrados todos a la introvertida existencia que llevaban unas en el convento y otros en la abadía, habituados a la vida religiosa, el grupo ocupó el castillo y dispuso de los ámbitos como si se tratase de un monasterio laico. (…) Durante los primeros tiempos las mujeres debían ocuparse de todas las labores: encender y mantener el fuego para cocinar y dar calor al hogar, coser, tejer, bordar, (…) moler los granos, hacer la harina y amasar el pan.(…) Pero a instancias de Aurelio, que tanto padecía en el monasterio la holganza disfrazada de misticismo, poco a poco los hombres comenzaron a asumir algunas tareas: cortar y almacenar leña, …aprendieron algunos rudimentos de herrería,…coser cuero,…fabricar calzado,…la producción de los quesos.(…) Y así, procediendo de acuerdo con los dictados del corazón, cohabitaban los hombres junto a las mujeres, compartiendo el trabajo y el descanso, las conversaciones y el silencio, las lecturas y las escrituras, el techo y el lecho.(…) Era aquel un mundo perfecto.”

jueves, 10 de junio de 2010

RESPUESTAS

Ayer me preguntaste quién soy
con tus ojos clavados en los míos.
Esperabas una respuesta
que te aclarase viejas dudas.
El momento mágico que habitaba
en ese instante, se disipó;
se desvanecía como las volutas
de humo tras salir de mi boca.
Tú insistías, yo callaba.
No tenía sentido tener que explicarme
después de tanto tiempo. No.
Déjalo, te dije, veo que no me entiendes.
Volvamos a la vida real.

Y ahora, pasadas unas horas
desde entonces, en la soledad
sonora de mi espíritu, te respondo.
Calco mi radiografía en estos versos
de música callada.

Soy un continente sin descubrir,
un océano en calma
sembrado de islas del tesoro,
una alforja cargada de deseos
incumplidos.
A veces, la nota triste de una sonata
de piano; otras, el estruendo vivaz
de los timbales.
Tu bálsamo y tu veneno,
tal vez un indecente.
Un hombre del arte
en un mundo sin belleza.
Una contradicción, un absurdo;
un aprendiz sin experiencia
en este universo de victorias
y utopías. Alguien que busca
el eco del silencio y la palabra
que no viene en los libros.

La bestia herida de sentimientos,
un golpe de locura, un inconsciente,
la panacea de tus mentiras,
el guardián de tus verdades,
un perro. El perro que te sigue.
Un mulato, una geisha,
lo que tú quieras que sea
en los rincones del placer
y más allá, donde empieza el amor.
Un mercader de sueños rotos
que viaja en el tren de tu regazo;
una voluntad perdida,
un corazón con agujeros.
Todo esto soy y tú, tú sin enterarte.
Creía que sobraban las preguntas;
también mis respuestas.
Ya poco importa…
Vuelvo contigo a la vida real.
© Ceferino Otálora (Mos). Mayo 2010.
Imagen tomada de Internet.

jueves, 3 de junio de 2010

TRES CITAS SOBRE LA CREATIVIDAD

1. "La creación intelectual, el más misterioso y solitario de los oficios humanos."

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ . Escritor colombiano.


2. "Se podría describir la actividad creativa como un tipo de proceso de aprendizaje en el que el profesor y el alumno se hallan en el mismo individuo."

ARTHUR KOESTLER (1905-1983). Novelista y periodista inglés.


3. " Mientras sea creador -por bajo que sea el nivel de su creación- un hombre puede considerarse verdaderamente libre".

GABRIEL MARCEL (1889-1973). Filósofo francés.


Imágenes tomadas de Internet.