VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

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jueves, 27 de mayo de 2010

DESTINOS

“El destino se ríe de las probabilidades”.
E.G.BULWER LYTTON (1803-1873)



Rosaura salió exultante de la clínica. Los análisis demostraban que no había restos de células cancerígenas después del duro tratamiento recibido durante todo un año. El doctor que la trataba le dio el alta definitiva. Su rostro brillaba como el sol de mayo que lucía en Madrid. Había ganado, de nuevo, otra batalla a las vicisitudes que le presentaba la vida. Optó por comprar unas flores y ofrecérselas a la Virgen de la Almudena. Esa es la razón por la que, después de orientarse mentalmente, se dirigió con su Ford Fiesta hacia la catedral. Minutos después, pasaba por debajo del Viaducto de Segovia.
Su´ud llegó hace dos años en una patera. Antes de abandonar la aldea mauritana de donde procedía, prometió a su mujer y sus tres hijos que la vida cambiaría para ellos; que trabajaría duro en España y les mandaría dinero; que incluso, más adelante, podrían venirse con él. No fue así. Los primeros meses estuvo deambulando por la costa vendiendo gafas, relojes y abalorios; más tarde bolsos falsos en mercadillos y terminó en Madrid de mantero de películas piratas. Nada pudo mandar a los suyos. Ahora malvivía entre los arcos del viaducto junto a otros sin techo. Por eso, antes de tirarse al vacío desde el puente, renegó a gritos de su nombre. Su´ud significa “con buena suerte” en árabe.
Las primeras en dar la noticia fueron las emisoras locales de radio: “una mujer de mediana edad, que responde a las siglas R.M.S., ha fallecido hace escasos minutos al caer sobre su vehículo el cuerpo de un hombre de origen magrebí que se ha lanzado desde el Viaducto de Segovia de nuestra ciudad. Según ha informado la policía local, el impacto hizo que el presunto homicida atravesara el parabrisas del Ford Fiesta siniestrado. Su propietaria falleció en el acto provocando un aparatoso accidente en la zona. Según confirman varios testigos oculares, el supuesto suicida sólo presenta fractura de las dos piernas por lo que ha sido trasladado de urgencia al Hospital Clínico”.

© Ceferino Otálora (Mos). Mayo de 2010.
Imagen tomada de Internet
Viaducto de la calle Segovia (Madrid)





jueves, 20 de mayo de 2010

DE LA MANO DE LUISA FERNÁNDEZ

Es mi amiga y mi compañera de letras. Es una pedazo de artista completa aún por descubrir. También pinta, dibuja, crea muñecas y hace recetas de platos suculentos. Sin olvidar sus postres, siempre exquisitos. Es una mujer de la cabeza a los pies, os lo aseguro, que no se calla ante nadie. Disfruta y vive todas sus creaciones. Es alegre, valiente y sincera. Nada tacaña ni aprovechada. Fumadora empedernida. Cuida de los suyos como leona de su camada. Le encanta lo que hace y no parará hasta publicar. Tiene varios premios que honran su esfuerzo. A veces, puede parecer algo soberbia y pretenciosa pero es una defensa ante lo que cree un ataque. También ante lo injusto de menospreciar su trabajo, su esfuerzo y su mundo, algunas veces incomprendido. Se apunta a un bombardeo si eso le va a llenar por dentro. Sin ella, la MESA DE ESCRITORES sería muy poca cosa; tal vez ni existiría. Y no os digo nada con respecto a sus novelas. Domina, tiene, varios registros y eso no lo hace cualquiera. Difícil mundo éste de la literatura, Luisa. Pero tú tienes la fuerza, puedes con esto y con más. Hasta siempre amiga. Cefe (Mos).
Aquí os dejo una muestra de su valía y la dirección de su blog:

http://tierras-de-alquimia.blogspot.com/


LÁGRIMAS DE TINTA


Te hice llorando,
como la hembra que pare
a su cría entre dolores.
Te creé de la nada,
como ese Dios, que dicen
obró el mundo en siete días.
Y te hice libre, valiente,
soberbio entre los brazos de la Tierra.
Firme como un crucero de ojos grises
que vigila las piedras del camino.
Y te hice de barro,
del reclamo del agua,
de la luz, de los huesos, de las hojas,
de los dientes de leche que le crecen
a las horas.
Y te fuiste cubriendo de un pelaje
de sueños y metáforas, de renglones,
de tinta.
Cazador de palabras, te hice.
Como a un hijo. Y te hice verso.

© Luisa Fernández.



EN EL VERTEDERO


Solía acudir al vertedero. Siempre encontraba cosas que todavía podían tener uso. Allí conseguí el colchón dónde duermo y la radio, cuya voz acompaña mi soledad. A veces hay algo de ropa camuflada entre los desperdicios. La comida, no. Esa la busco en los cubos de los supermercados.
Aquella mañana percibí un intenso olor a flores. Era penetrante como el de las violetas. Traspasaba el pañuelo que me cubría la nariz y la boca. Provenía de una bolsa de basura corriente. La abrí con avidez movido por la curiosidad. Fue cuando el rostro de un recién nacido emergió a la luz. Me miró sin ver, y un vacío sin nombre se apoderó de mí al comprobar que todavía tenía el cordón umbilical unido a la placenta. Me quité el abrigo y le arropé, acunándolo entre los brazos. Un dolor sordo me ahogaba. El olor a flores lo inundaba todo.
Y supe que, de todos los lugares de la Tierra, aquel era el más olvidado por la mano de Dios, porque permitía que sirviera de tumba para sus Ángeles.

© Luisa Fernández.

miércoles, 12 de mayo de 2010

DECLARACIÓN DE INTENCIONES

El día en que cumplía sesenta años, Julio Morales se despertó con una idea que le rondaba hace tiempo por la cabeza: recuperar la juventud que nunca tuvo.
Soltó la noticia en plena celebración. Se apoyó en el hombro de su mujer y pidió silencio. Les acompañaban sus tres hijos casados, las nueras y los nietos; también su perro.
Les comentó que, para ello, se raparía el pelo y lo teñiría de rojo; no descartaba ponerse un piercing y fumarse algún canuto, emborracharse alguna vez, ir a conciertos de rock, formar una pandilla y compartir botellón, hacerse de una ong que enseñaba a leer a los africanos del barrio, ayudar a los okupas del portal de al lado, recoger firmas para que volvieran las tropas de Afganistán, desprenderse de casi todo, viajar por el mundo con lo puesto y un amplio etcétera de intenciones más.
Alguien de los suyos hizo una llamada. En pocos minutos se presentó una ambulancia psiquiátrica. Sólo el perro trató de impedir que se lo llevaran.



© Ceferino Otálora (Mos). Mayo de 2010
Imagen tomada de Internet.

jueves, 6 de mayo de 2010

VOLVER

Las copas de los árboles iluminadas por la luna formaban una extensión ondulada. En medio del bosque, se distinguía una pradera. El cielo estrellado iba fundiéndose en la raya del horizonte con el alba. Augusto dormía con respiración acompasada; esperaba llegar al día siguiente a su casa. No sabía cómo empezar de nuevo; pero emplearía aquel dinero intentando cambiar el rumbo de su familia.
Se ha
bía dormido plácidamente mirando las estrellas, percibiendo todos los olores que encerraba aquella tierra que tanto quería y que, un día, tuvo que dejar.
Todo le parecía especial en esos últimos días de julio, en pleno verano de 1962. Recordó a su mujer y a sus hijos. No le esperaban tan pronto. Sería toda una sorpresa para ellos, verle aparecer por la aldea.
Con un poco de suerte, llegaría a Sarón mañana al mediodía. La pequeña aldea montañesa habitada por labriegos dedicados a las faenas del campo y a sus vacas, estaría engalanada como nunca para celebrar las fiestas de su patrón, Santiago Apóstol.
Se despertó de repente, al sentir los primeros rayos de sol sobre su rostro. Bajó hasta un arroyuelo cercano y, con varios manotazos de agua, refrescó su cara. Después, volvió hasta el frondoso castaño donde se había quedado dormido y cogió una maleta de piel marrón y un bolso negro que cruzó de lado a lado sobre su pecho. Era todo lo que traía consigo desde Alemania.
Con paso firme y la sonrisa dibujada en sus labios, cogió la ruta que le llevaría, varias horas más tarde, a encontrarse con lo que más quería: con Susana, su mujer, con Augusto de tres años, el nenuco como gustaba llamarle, y con María, la más p
equeña, que pronto cumpliría un año y a la que ni siquiera conocía.
Poco a poco, iba naciendo el nuevo día. El paisaje que divisaba le hacía sentirse feliz. Caminaba deprisa, alegre, pletórico, incansable. ¡Qué distinta era su tierra, su montaña, su Santander!, al ambiente frío, gris, contaminado de Stuttgart, la ciudad alemana donde había trabajado en los últimos cuatro años.
Ahora disfrutaba, más que nunca, con todos los sentidos de lo que tuvo que dejar: el verdor de los prados, el canto del zorzal, del mirlo, del pinzón; el olor del heno recién cortado, el sonido de los cencerros de las vacas que pastaban por las laderas; el aroma de los eucaliptos, de los alcornoques, de los castaños; de las aguas impetuosas y limpias que bajaban de la montaña. Todo era muy distinto a lo que veía a diario tras salir de la fábrica de automóviles donde trabajaba hasta hace una semana.
Pero aquello ya pasó. El sacrificio de todos tenía que tener su recompensa. Dudaba en qué invertir aquel dinero ganado con tanto esfuerzo, ahorrado con tanta austeridad. Su familia no volvería a pasar más penalidades. A sus veintisiete años, sabía que la vida era dura, que nadie te regala nada; que para salir adelante hay que renunciar a muchas cosas y sacrificarse.
Él, no pudo ver cómo crecían sus hijos, ni estar al lado de su mujer. Susana, su Susana, ¡qué valien
te y sufrida había sido para valerse por sí misma con la crianza de los hijos, la casa y trabajar la tierruca. Eran tiempos difíciles para este país.
Augusto no era demasiado ambicioso, no; pero el dinero que traía consigo, garantizaba un porvenir que todos merecían.
Ensimismado en sus pensamientos repletos de recuerdos, llegó hasta un camino empedrado. Era la arteria principal que comunicaba los pueblos y aldeas de la comarca. Sarón estaba cada vez más cerca. Y Susana, y el nenuco, y la niña. Su corazón palpitaba con más fuerza. El apóstol, su tierra, aquel día luminoso de julio, la aldea. Todos serían testigos de una nueva etapa en sus vidas.


© Ceferino Otálora. (Mos).
13 de Enero de 2002.
Imágenes tomadas de Internet