VEN A LA ORILLA Y QUÉDATE CONMIGO. PODRÁS CONOCERME A TRAVÉS DE MIS RELATOS Y MI POESÍA. TAMBIÉN CON ALGUNOS DE MIS PENSAMIENTOS Y OPINIONES. SIEMPRE QUE VENGAS ENCONTRARÁS ALGO DE CULTURA Y ARTE. Y TODO AQUELLO QUE CREA QUE TE PUEDE INTERESAR.
SE ME OLVIDABA PRESENTARME: SOY MOS Y ESTA ES LA ORILLA DE LAS PALABRAS; EL LUGAR DONDE SIEMPRE SERÁS BIEN RECIBIDO.

Seguidores

lunes, 21 de junio de 2010

EN RECUERDO DE JOSÉ SARAMAGO

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de nuestra aldea de Azinhaga, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a la cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: "¿Y después?" Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.”


Extraído del Discurso de aceptación del premio Nobel 1998 que leyó José Saramago tras su entrega.

11 comentarios:

josefina dijo...

Precioso texto, estando en este publo me parece que es una historia como las que aqui cuentan.
Un beso Mos

Jorge dijo...

Gracias Cefe. Excelente elección.

Lo que tenía que decir sobre la pérdida de Saramago quedó escrito en tu anterior post.

Un beso.

Luisa dijo...

Precioso este discurso. Y qué bien que aprendiera a leer y a escribir porque él contaba las historias como pocos. Un escritor se hace a sí mismo con memoria y sin olvidar jamás el camino de por dónde vino. Olvidar, eso nunca.

Buen homenaje, Mos.

Un beso fuerte, compi.

Resu dijo...

Un sencillo e importante homenaje para este escritor de palabra honesta y pensamientos humildes. Allá donde esté, estarán contentos por tener a alguien que cuente estas buenas historias.
Gracias Mos por traerlo hasta tu orilla.
Un besazo

Tesa dijo...

Hay tanta belleza en este texto que sobran las palabras para clasificarlo.

Conocía la historia de los abuelos pero al volver a leerla con su propias palabras me he emocionado.

Que el Vaticano prescinda del talento y la condición humana de Saramago y lo descalifique de una manera tan burda aun recién muerto los hace todavía más ruines a mis ojos.


Un placer Mos, el mejor homenaje para Saramago son estos recuerdos.

Un abrazo,

Mos dijo...

Para Josefina, Jorge, Luisa y Resu: Me pareció interesante homenajear a Saramago con el comienzo de su discurso ante los miembros de la academia sueca que le dieron el Nobel en 1998.
El discurso es bastante extenso pero comienza recordando sus vivencias de niño con sus abuelos maternos. Os recomiendo su lectura completa que está en Internet.
Saramago ha sido un escritor coherente con sus ideas, una buena persona, de izquierdas, nada pretencioso, bastante pesimista, muy escéptico con la idea de una Europa de conjunto donde predomina el poder del eje Alemania-Francia, ateo convencido y defensor de la humanidad.
Hacen falta muchos escritores así en este mundo tan mercantilista e individualista.
En sus libros cuenta muchas verdades para l que sepa leer por debajo de los renglones.
Un abrazo a todos desde mi orilla.

Mos dijo...

Así es, Tesa. El Vaticano no ha tenido la más mínima consideración con Saramago tras su muerte. Lo ha tachado de ateo radical y de ir n contra de los dogmas religiosos.
Estoy de acuerdo contigo en que el texto encierra en sí un gran belleza y que él, excelente narrador, nos ha contado su niñez con el gran asombro de ver en sus abuelos unas personas sabias dentro de su humildad.
Un place tenerte en mi orilla. Feliz verano.
Mos.

Ada dijo...

Maravilloso, lleno de ternura, de memoria, ahí es donde se sujetan las raices de los hombres grandes y de donde bebe toda la sabiduría.Lo sencillo siempre será lo más grande.
Qué maravilla que hayas recordado este discurso para ensalzar su recuerdo.
Besos

Mos dijo...

Cierto, Ada: en este discurso hay ternura, hay memoria y, sobre todo, humildad y buen hacer.
Saramago llegó tarde a la narrativa pero llegó a lo más alto. Sin duda un ejemplo a seguir y un referente literrio y humano.
Bienvenida a mi orilla. Un abrazo de Mos.

SOMMER dijo...

Qué grande Saramago...
Para mi, el mejor, mi favorito. Mi escritor de cabecera...

Abrazos amigo.

moderato_Dos_josef dijo...

Qué pena o que tristeza que haya muerto Saramago. Leer este párrafo suyo me ha emocionado tanto. Era un grandísimo escritor. Creo que hacía tiempo que no leía nada descrito tan sencillo y tan abrumadoramente real. Porque es vida, lo que hay plasmado aquí....
Un abrazo.