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jueves, 6 de mayo de 2010

VOLVER

Las copas de los árboles iluminadas por la luna formaban una extensión ondulada. En medio del bosque, se distinguía una pradera. El cielo estrellado iba fundiéndose en la raya del horizonte con el alba. Augusto dormía con respiración acompasada; esperaba llegar al día siguiente a su casa. No sabía cómo empezar de nuevo; pero emplearía aquel dinero intentando cambiar el rumbo de su familia.
Se ha
bía dormido plácidamente mirando las estrellas, percibiendo todos los olores que encerraba aquella tierra que tanto quería y que, un día, tuvo que dejar.
Todo le parecía especial en esos últimos días de julio, en pleno verano de 1962. Recordó a su mujer y a sus hijos. No le esperaban tan pronto. Sería toda una sorpresa para ellos, verle aparecer por la aldea.
Con un poco de suerte, llegaría a Sarón mañana al mediodía. La pequeña aldea montañesa habitada por labriegos dedicados a las faenas del campo y a sus vacas, estaría engalanada como nunca para celebrar las fiestas de su patrón, Santiago Apóstol.
Se despertó de repente, al sentir los primeros rayos de sol sobre su rostro. Bajó hasta un arroyuelo cercano y, con varios manotazos de agua, refrescó su cara. Después, volvió hasta el frondoso castaño donde se había quedado dormido y cogió una maleta de piel marrón y un bolso negro que cruzó de lado a lado sobre su pecho. Era todo lo que traía consigo desde Alemania.
Con paso firme y la sonrisa dibujada en sus labios, cogió la ruta que le llevaría, varias horas más tarde, a encontrarse con lo que más quería: con Susana, su mujer, con Augusto de tres años, el nenuco como gustaba llamarle, y con María, la más p
equeña, que pronto cumpliría un año y a la que ni siquiera conocía.
Poco a poco, iba naciendo el nuevo día. El paisaje que divisaba le hacía sentirse feliz. Caminaba deprisa, alegre, pletórico, incansable. ¡Qué distinta era su tierra, su montaña, su Santander!, al ambiente frío, gris, contaminado de Stuttgart, la ciudad alemana donde había trabajado en los últimos cuatro años.
Ahora disfrutaba, más que nunca, con todos los sentidos de lo que tuvo que dejar: el verdor de los prados, el canto del zorzal, del mirlo, del pinzón; el olor del heno recién cortado, el sonido de los cencerros de las vacas que pastaban por las laderas; el aroma de los eucaliptos, de los alcornoques, de los castaños; de las aguas impetuosas y limpias que bajaban de la montaña. Todo era muy distinto a lo que veía a diario tras salir de la fábrica de automóviles donde trabajaba hasta hace una semana.
Pero aquello ya pasó. El sacrificio de todos tenía que tener su recompensa. Dudaba en qué invertir aquel dinero ganado con tanto esfuerzo, ahorrado con tanta austeridad. Su familia no volvería a pasar más penalidades. A sus veintisiete años, sabía que la vida era dura, que nadie te regala nada; que para salir adelante hay que renunciar a muchas cosas y sacrificarse.
Él, no pudo ver cómo crecían sus hijos, ni estar al lado de su mujer. Susana, su Susana, ¡qué valien
te y sufrida había sido para valerse por sí misma con la crianza de los hijos, la casa y trabajar la tierruca. Eran tiempos difíciles para este país.
Augusto no era demasiado ambicioso, no; pero el dinero que traía consigo, garantizaba un porvenir que todos merecían.
Ensimismado en sus pensamientos repletos de recuerdos, llegó hasta un camino empedrado. Era la arteria principal que comunicaba los pueblos y aldeas de la comarca. Sarón estaba cada vez más cerca. Y Susana, y el nenuco, y la niña. Su corazón palpitaba con más fuerza. El apóstol, su tierra, aquel día luminoso de julio, la aldea. Todos serían testigos de una nueva etapa en sus vidas.


© Ceferino Otálora. (Mos).
13 de Enero de 2002.
Imágenes tomadas de Internet

16 comentarios:

josefina dijo...

Precioso, otro sufrido emigrante de aquellos tiempos tan duros de la Posguerra, luchando por sacar las fámilias adelante.¿cuantos miles y miles nos fuimos buscando trobajo y conseguir un futuro mejor?.
Un beso Mos, el sábado te recordaré

TriniReina dijo...

Espero que así fuera, y al llegar encontrase, multiplicado, lo que tanto anheló.

Abrazos

Jorge dijo...

A veces desde la sencillez se pueden transmitir historias muy profundas, que cuentan mucho más que algo concreto y van más allá. Éste es uno de esos casos. Un ejemplo entre muchos miles que nos situa en una época y en una situación que puede parecer lejana pero que no lo es tanto, ni en el tiempo ni, acaso, en un paralelismo con estos tiempos que corren, donde hay libertad pero donde también hay dificultades.

Uno de los mejores relatos que ha escrito Alberto habla también de algo parecido (seguro lo recuerdas). Volver tras buscar un porvenir lejos del hogar, recuperar viejas sensaciones, viejos recuerdos... sentirse en casa, sentirse en el lugar correcto.

Me ha gustado. Un beso, Cefe.

Tesa dijo...

Uf! menos mal, por un momento temí que llegara a su hogar y se encontrara a su mujer con otro y que todo la ilusión y el disfrute del camino de regreso se tornara en decepción y dolor.

A mí me gusta los finales felices, y seguro que a ti también, por si acaso, nos dejas a Augusto haciendo planes y dejando atrás la grisura del destierro económico por el verde alegre de su tierra y el calor de su familia.

Tienes una manera sencilla y tierna de relatar que a mí me va.

Un abrazo, Mos.

Darilea dijo...

Me ha recordado a mi padre en su juventud, que estuvo trabajando en Alemania para tener un futuro mejor.
Cualquier emigrante además de ropa lleva la maleta llena de sueños.
Besitos Mos. :-)

Luisa dijo...

En la sencillez están a veces escondidos muchos sentimientos. Has descrito muy bien el paisaje. El correlato objetivo tiene mucha fuerza en esta historia entretejida de emociones. Todos nos identificamos con este personaje luchador que lo ha sacrificado todo para procurar bienestar a su familia. De alguna manera, vive en cada uno de nosotros o quisiéramos que viviera.

Buen relato, Mos. Toca fibras.

Un beso muy fuerte, compi.

Mos dijo...

Josefina, tú también viviste la austera vida de los emigrantes. Este relato es un poco homenaje a todos los que habéis estado lejos de vuestras familias para conseguir un porvenir mejor.
Un abrazo de Mos desde la orilla y feliz tarde poética en Lleida.

Mos dijo...

Trini, este relato no juega con la sorpresa final. Simplemente cuenta unos hechos de alguien que vuelve ilusionado a su tierra. Lo que allí encuentra, suponemos que es lo que quiere encontrar. Un final que Augusto se merece después de su vida en Alemania.
Gracias por venir a mi orilla. Mos.

Mos dijo...

Jorge, sí que es un relato sencillo. Intenté plasmar la ilusión de alguien que vuelve a su tierra, con los suyos.
La inmigración no es agradable para el que la vive. Se trata de sobrevivir y buscarte un futuro en otro lugar.
Todos tenemos derecho a vivir dignamente.
Gracias por tu comentario. Sé que te pasas por mi orilla y eso siempre me halaga.
Un beso de Mos desde la orilla.

Mos dijo...

Tesa, de vez en cuando hay que dar un final feliz a las historias. Sé que daba lugar a muchos finales más sobrecogedores e impactantes pero, Augusto es un hombre joven que ha luchado por el bienestar de su familia. Merece un final feliz en esta historia sencilla.
Me alegro que te guste.
Un placer tu paso por mi orilla. Mos.

Mos dijo...

Darilea, historias como ésta hay a patadas. No siempre con final feliz pero lo normal es que se vuelva de un sitio donde has trabajado duro con cierto dinero y la posibilidad de iniciar una nueva vida más cómoda.
España siempre fue un país de emigrantes y buenos trabajadores.
Bienvenida a mi orilla. Un abrazo de Mos.

Mos dijo...

Luisa, gracias por tus palabras de apoyo a mi relato.
Todos, o la mayoría, somos luchadores en nuestro porvenir. Y hacemos filigranas para que a los nuestros no les falte el sustento y darles lo mejor.
Había que premiar el esfuerzo de Augusto, las penurias que pasó en Alemania, devolverle a su tierra con un futuro de esperanza. Me imagino la ilusión con que recorrería los últimos kilómetros hasta su pueblo. Hay que darles un premio de vez en cuando a las buenas personas.
Un beso desde mi orilla, maestra.

La cuentera Idaluz dijo...

Una buena narración, haces que el lector sienta al protagonista cercano, como tantos emigrantes que vuelven a su tierra, con la maleta llena de ilusión. Te sigo en tu blog, enhorabuena, Mos.

Mos dijo...

Cuentera: el protagonista se nos hace cercano porque se parece a muchas historias reales que se han vivido o nos han contado.
Me alegra verte por mi orilla.
Un abrazo de Mos.

Resu dijo...

Muy entrañable este relato, te llega dentro, casi sientes los olores y la alegría con él. Seguro que lleva el corazón en rebosante de ilusiones, que bueno que le dejes llevarlas a cabo. Un beso, la vida del emigrante nunca fue fácil.

Mos dijo...

Así es Resu: le he dejado que lleve a feliz término su viaje. Final feliz (que también los hay).
Un beso, compi.