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domingo, 7 de febrero de 2010

EL CIELO PUEDE ESPERAR

El pasado 14 de septiembre el presidente americano, Barack Obama, firmó la renovación de las sanciones comerciales impuestas a Cuba desde 1963. Según sus palabras, mantener dicho embargo es una cuestión de interés nacional para el pueblo estadounidense. No piensan igual los más de 11 millones de cubanos que depositaron toda su confianza en el primer presidente de color que ocupaba la Casa Blanca y que se han visto decepcionados con tal medida.
Valeriano Céspedes, natural de La Habana, fue uno de esos cubanos que al oír la noticia por la radio maldijo al negro yanqui de mielda” por no derogar la ley que tanto asfixiaba económicamente a sus paisanos. Acto seguido sufría un infarto
que, después de arrepentirse y recibir la extremaunción, le llevó a la tumba.
Valeriano, mulato de 35 años, jornalero en una plantación de tabaco, creyente y buena persona según sus vecinos, amigos y familiares, dejaba mujer y tres hijos de 9, 7 y 6 años respectivamente para ir, como era de esperar, hasta las puertas del Cielo.
“Pasa hermano, bienvenido seas a ésta tu morada eterna de paz”, le dijo San Pedro, desde la entrada, mientras abría para él las puertas del Paraíso. El mulato, a la vez que San Pedro le empujaba hacia dentro, oyó música de salsa a sus espaldas que le hizo volver la cabeza. Le pareció ver a lo lejos a otro hombre que se disponía a entrar en una especie de cueva gigante, con luces intermitentes y del que se oían carcajadas entre un enorme bullicio. Una morena de grandes curvas contoneaba sus caderas al son de la música mientras invitaba amablemente a pasar al desconocido. “Oye chico, ¿tú sabes qué es aquello?”―le preguntó, algo desconcertado, al Portero Celestial. “No hagas caso, fiel Valeriano; aquello que ves es la entrada al Infierno ―dijo San Pedro con gesto de desprecio―; Satanás siempre intenta captar nuevos adeptos usando miles de argucias. Él sabe q
ue eres cubano y trata de embaucarte mostrándote lo que a ti te gusta. Pero tú ―pasándole la mano por el hombro― eres un cristiano honesto, que has conducido tu vida por el camino del Bien y mereces la eternidad que te brinda tu fe. Entra y alégrate de estar entre nosotros.”
Tras pasar al interior, las grandes puertas del Cielo se cerraron. Allí, efectivamente, el joven mulato comprobó que aquel Paraíso era de lo más idílico: Inmensas estancias con paisajes bucólicos, llenas de gentes sonri
entes y respetuosas que parecían felices. Por ejemplo, en una zona miles de personas escuchaban a una gran orquesta interpretando “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. En otra, cientos de niños jugaban al escondite en plena naturaleza, rodeados de cascadas de agua y verdes bosques. Más allá infinidad de jóvenes cantaban en un coro canciones de Godspell llenas de mensajes de paz. En otro rincón, una multitud de ancianos tomaban el sol en una playa gigante mientras conversaban plácidamente entre ellos. Valeriano, que comenzaba a tener hambre, preguntó a un anciano de la playa que allí, cuándo se comía. El octogenario le respondió que en el Paraíso todo funcionaba por deseos, que sólo tenía que desearlo y ante él aparecería el alimento necesario. Eso, para un cubano de hoy día, era el mayor de los premios. A nuestro caribeño se le hacía la boca agua mientras se concentraba para pedir un buen plato de frijoles negros, costillas de cerdo con piña y de postre cascos de guayaba. Al instante se le presentó un camarero que le sirvió dichas viandas pero en unas porciones demasiado reducidas. “Oye chico, con esto no tengo yo ni pa empezal, broder” ―le recriminó, algo molesto, al mozo que le atendió. “Hermano, se nota que acabas de llegar. Estás en el Cielo y aquí el alimento que recibimos es frugal. Dios, nuestro Padre, ha hecho de ésta su morada un lugar libre de tentaciones, donde todo se rige por las virtudes más sagradas, el recogimiento y el decoro; donde cualquier pecado, por ínfimo que sea, está desterrado al olvido. Y recuerda que la gula es uno de los siete pecados capitales.” El hambriento isleño asintió con la cabeza y saboreó los manjares que, aunque algo escasos, estaban exquisitos. Minutos después siguió descubriendo cada una de las estancias que el Cielo le proporcionaba. Encontró un pintoresco poblado de cabañas de madera donde sus habitantes, con pinta de granjeros, bailaban muy animados al son de guitarras y acordeones. La escena le recordaba las alegres fiestas de colonos irlandeses que había visto en alguna película; aunque le extrañó que no corriera el güisqui entre la multitud, como sería lo normal. Se acercó a ellos y se saludaron mutuamente. Una guapa mujer, rubia, de ojos azules, vestida hasta los tobillos y con un gorro que le tapaba casi toda la cabeza le ofreció un vaso de limonada. Valeriano le agradeció el gesto pero le comentó que prefería una cerveza bien fresquita. “Lo siento, amigo; aquí no hay bebidas alcohólicas ni sustancias que aturdan la mente. Todos somos felices llevando una vida sana, libre de excesos.” ―le explicó la recatada y guapa rubia. A Valeriano tanta corrección, tanta pulcritud en todos los actos, le pareció muy exagerado y bastante aburrido; todo ello dicho bajo el máximo respeto a Dios.
Tras deambular por el eterno Paraíso Celestial y no encontrar un lugar donde sentirse plenamente ubicado, volvió hasta la entrada. Allí seguía San Pedro dando la bienvenida a los nuevos “socios” de tan selecto club. Cada vez que se abrían las puertas se fijaba que, allá a lo lejos, en el supuesto Infierno, recibían a la gente con entusiasmo, sin ningún reproche. Eso, a nuestro cubano, le tenía intrigado y se le ocurrió una idea que, ipso facto, transmitió al Portero: “Hermano Pedro, este humilde mulato querría pedilte un favol. Me gustaría darme una vueltica por el Infierno, ¿tú sabes? Quiero vel ese mundo de tinieblas con mis propios ojos y confilmal después a los nuestros lo espantoso que es el Avelno.”. “Fiel Valeriano ―contestó el Santo con cierto recelo―, es la primera vez que me plantean algo así pero, viendo que la idea puede ayudar a nuestra Comunidad, te concedo el permiso para abandonar el Cielo por unas horas. Ya nos contarás tu experiencia. Vete en paz hermano.”
Valeriano se despidió con una reverencia del discípulo Pedro y, acto seguido, anduvo deprisa hacia las puertas del Infierno guiándose por las luces y sonidos que provenían de él. Según se acercaba le pareció ver cómo alguien desconocido le miraba a través de unos prismáticos y después se metía para adentro. En ese momento salió otra persona para ocupar su puesto. Cuando estaba a escasos metros de ella, comprobó que era una mujer despampanante la
que le recibía con una sonrisa de oreja a oreja. “Hola chico, ―le susurró dulcemente la fémina al oído― bienvenido a este otro lado de la Eternidad mi amol; aquí lo pasarás chévere”.
Valeriano Céspedes, mulato de La Habana, 35 años, recolector de tabaco, casado, fiel y creyente, imaginó por un momento a aquella maciza desnuda en su cama, fornicando y gozando con él toda la noche. En pocos segundos apartó dicho pensamiento y siguió avanzando por aquel lugar llamado Infierno del que siempre le habían hablado tan mal. Bajó la amplia escalera de la entrada entre luces rojas intermitentes y música de salsa que le invitaba a bailar. Al llegar al piso inferior, un cartel que decía PASA Y DISFRUTA CUANTO QUIERAS, en dorado neón y con forma de flecha, señalaba hacia una puerta gigantesca. Valeriano no daba crédito a lo que apareció ante sus ojos al empujar dicho portón. Un largo malecón que se perdía en el horizonte con una enorme mesa alargada repleta de manjares de su tierra. Paisanos de su misma edad comiendo sin límite sopa de boniato, arroz con langosta, camarones enchilados, frijoles negros con maíz, cerdo asado, lengua estofada, pudin de piña, guayabas, mangos, … Justamente sus platos preferidos y los que apenas podía probar. Por debajo del paseo, una playa de arena fina y aguas cristalinas llen
a de tumbonas y chiringuitos con barra libre donde degustar el mejor ron, mojitos y daiquiris por doquier. Bellas cigarreras ofreciendo los mejores habanos a todo el mundo. Orquestas tocando salsa y merengue a un público entregado con frenesí a los ritmos calientes del Caribe. Morenas, mulatas, negras ofreciendo su cuerpo por puro placer, sin cortapisas. Gemidos intensos por acá y por allá. Alegría, pura felicidad en sus caras, una fiesta sin fin para los sentidos. Eso es lo que nuestro joven caribeño constató en su visita al reino del demonio.
Sin saber cómo, volvió a encontrarse en la puerta principal del Infierno. La portera macizota de la entrada le guiñó un ojo y le plantó un sonoro beso. “¿Qué te pareció papito mío?; chévere, chévere, ya te dije. Si te animas a volvel, estaré contigo más de un ratico. Soy puro asúcar mi amol, tú sabes ―le confesó la diablilla entre achuchones.
Valeriano volvió sobre sus pasos aturdido y con la boca abierta; con un regusto en el cuerpo que ni pa qué por todo lo percibido en el Reino del Mal. Él que siempre fue tan honesto, trabajador y católico, que soportó una existencia llena de penurias, que evitó todas las tentaciones mundanas y, sobre todo, ahogado como el resto de los cubanos por el embargo económico a su isla, debía ahora contentarse con la recompensa celestial que le garantizaba una vida eterna de lo más aburrida e insulsa. Mientras avanzaba hacia las puertas del Cielo, en su mente se agolpaba
n todas las imágenes recientes de su visita a los infiernos: Comida, mojitos, tabaco, baile, fiestas, chicas, playa, relax, alegría, diversión,…eso sí que le parecía pura vida.
Llegó hasta San Pedro algo cabizbajo. “Valeriano, pareces abatido. Ha tenido que ser horrible para ti haber experimentado in situ el mundo que rige el Maligno. Pasa y descansa.” ―le insistió el santo mientras abría las Puertas del Cielo.― Al levantar la vista, los ojos del mulato contemplaron de nuevo la imagen idílica del Reino de los Buenos. De repente, miró hacia atrás. La mujer cañón seguía al otro lado contoneando sus caderas. Le había asegurado que estaría con él si volvía. Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del cubano. “Oye Pedro, ¿tú sabes?, ―le manifestó al discípulo que aún no había cerrado las puertas― el Cielo puede esperar.” Dicho esto, corrió veloz hacia el Infierno. El apóstol, desde atrás, le gritaba que volviera; que no se dejara atrapar por el Diablo. Valeriano siguió corriendo al encuentro de aquella infernal hembra que, estaba convencido, le estaba esperando.

Llegó hasta la guardiana despampanante algo fatigado por la carrera. “¡Qué bien mi amol que has vuelto acá!, ―le dijo ella a la vez que le achuchaba la cara sobre sus enormes pechos.― Nu
estro mulato, entre jadeos, imaginó la velada que tendría con aquella mujer tan ardiente. “Venga chica, vámonos pa dentro. Mira lo que tiene este cubano pa ti.” ―se atrevió a decirle mientras llevaba una de las manos de ella hasta su entrepierna. “Ahorita mismo voy contigo, papito sabrosón. ―le aseguró la voluptuosa hembra― Hasemos una cosa: baja tú y avisa en resepsión para que vengan a relevarme, ¿OK?” Valeriano, cada vez más excitado, se apresuró a bajar por la escalera. La mujer le tiró un beso sensual, muy sensual. Después cerró las puertas.

Al cerrarse la entrada, la música de salsa dejó de sonar y las luces intermitentes se apagaron. Valeriano dio un traspié y bajó unos cuantos escalones rodando. Luego, en la oscuridad más absoluta, sintió como si descendiera por un túnel; como si hubiera dado un salto al vacío desde un acantilado. No entendía nada. Al llegar al fondo, se topó con un portón y un cartel que decía: PASA, TE ESTOY ESPERANDO. Eso le animó a entrar. “Bienvenido al Infierno; ―soltó una figura masculina horripilante entre sonoras carcajadas― Vas a conocer mi reino
, el reino del Mal, estúpido”. Ni qué decir tiene que el que hablaba en esos términos era el mismísimo Satanás, con su larga cola acabada en triángulo, sus cuernos en la cabeza, el tridente y su aspecto maléfico. Al momento, dicha figura demoníaca se esfumó; desapareció sin más. Valeriano, sin tiempo para reaccionar y obligado por las circunstancias, se encontró en mil y una situaciones a cual peor: picando en una mina de carbón, volando canteras, abriendo zanjas kilométricas, faenando en alta mar, limpiando cloacas, reciclando basuras, cortando caña de azúcar, etc, etc. La comida era pura bazofia y escasa, al igual que el descanso. Por las noches no podía dormir con los gritos y peleas tan habituales en aquel antro gigantesco. Incluso hubo varios compañeros de fatigas que intentaron violarlo en alguna ocasión por lo que tuvo que refugiarse en los lugares más insospechados. Nuestro protagonista no soportaba pensar que todo fuera así eternamente.
Al cabo de unos meses de estar allí apareció Satanás en una visita rutinaria de inspección. El mulato salió a su encuentro para satisfacer una duda que le reconcomía por dentro y que nadie le había sabido aclarar. “Oye jefe, (había oído que le gustaba mucho que le llamaran jefe), ¿para cuándo las comidas ricas, la playica, los mojitos, las mujeres sabrosonas y todo lo demás?” El diablo volvió a reír estrepitosamente antes de contestarle. “Que un cubano me pregunte eso. ―soltó mientras jugueteaba con su cola― Tú mejor que nadie deberías saber que no es lo mismo venir de turista que ser residente; así que déjate de patrañas y sigue currando”.

© Ceferino Otálora (Mos) 2009.
Imágenes tomadas de Internet

10 comentarios:

Mos dijo...

Amigos blogueros: Ya sé que he colgado un relato demasiado largo. Espero que lo leáis con calma y os haga sonreír.
Me apetecía colgarlo y ver el resultado en vuestros comentarios.
Había que escribir un relato con el tema de "Vender el alma al diablo". Un chiste que oí hace tiempo me dió la pista para escribir una historia graciosa con ese tema de fondo.
A mis compañeros de "Mesa de Escritores" les gustó.
Gracias por vuestra paciencia y el tiempo que empleais en leer.

Un abrazo de Mos desde la orilla.

TriniReina dijo...

Pues para nada me ha parecido largo y sí, en cambio, muy bueno y me ha sacado una sonrisa, cosa que no era fácil hoy.

"El infierno está aquí" dice una vecina y por un momento, pensé que Valeriano había sido devuelto a la tierra:) Pero veo que no. De todas maneras, el paraíso me ha parecido algo soso y pienso que como en todo, en el término medio está la virtud, así que deberían de dejar mitad y mitad y ya nosotros decidiriamos cuánto tiempo pasar en cada orilla:)

Muy bueno Mos

Abrazos

Narci dijo...

Estoy de acuerdo con Trini, no resulta largo y la sonrisa está asegurada aun conocienco un chiste muy parecido a esta historia en el quien visita el infierno es un político y cuando regresa y se encuentra un escenario distinto, recibe la explicación de que el día anterior estaban en campaña, pero ahora la elección ya ha pasado y todo vuelve a la normalidad.

Me he divertido mucho. Gracias por compartirlo.
Besos
Narci

Luisa dijo...

Muy, pero que muy bueno. Para que luego digan algunos que las "clases" de los viernes no dan sus frutos.
Me he reído lo mío con este relato. Su protagonista me inspira ternura y, claro, como toda buena moraleja, nos enseña que las cosas no son lo que parecen y que lo fácil se paga caro.
Pues yo te digo una cosa, el cielo es soso y el infierno... pues eso, un infierno. ¿No habría un sitio intermedio? ya, ya sé que está el purgatorio, pero dicen que allí sólo se pena y no es plan.

Un beso, Mos. Y ¡Hala!, a seguir currando.

josefina dijo...

Me ha gustado mucho, es como el dicho de que las apariencias engañan, ó no es oro todo lo que reluce.
Gracias por comentar, cuando estuviste en Lleida te escuche recitar una bonita poesía que creo era para tu esposa.
Un abrazo

Resu dijo...

Me he divertido de nuevo al releer este trabajo y tiene el tamaño que requiere, o sea perfecto. La moraleja que yo me aplico es: hay que vivir el ahora y disfrutar lo que se pueda, ya que el mañana es imprevisible. Que bien poder seguir con las reuniones de los viernes en "Mesa de Escritores". Besos grandes.

Darilea dijo...

En estos tiempos que nos está tocando vivir, un relato con un toque de humor es muy agradecido.
Lamentablemente para los cubanos es una realidad como la copa de un pino, no es igual para ellos que para los que llegan allí buscando turismo.
Hasta en el infierno hay esa distinción.
Un besito, y aprovecho para agradecer tu paso por mis espacios, es un verdadero placer contar con tu visita.
Pd: Creo que tengo el gusto de conocerte personalmente en el recital de Lérida(corrígeme si me equivoco)

Idaluz dijo...

Interesante relato. Narrado de forma amena para el lector. Seguí con intereses hasta el final el relato para esbozar al final una carcajada. Realmente, muy bueno Mos. Mi enhorabuena por tu imaginación del cielo y del infierno.

Tesa dijo...

Muy bueno! Mos, y muy divertido.

¡Cómo dominas lo cubano! Tengo amigos allá y acá y seguro que se sientirían muy reflejados con las expresiones que utilizas y también con la respuesta final de Satán.

Se han cargado un sueño, y ya sólo queda la pesadilla.

Cuando era pequeña y las monjas me hablaban del cielo, ya me parecía aburrídisimo. Me imginaba sentada en una nube comtemplando a Dios, al Padre, majestuoso y distante...Uff, que peñazo!

¿Qué tal el Limbo? les pregunté. Porque quemarme tampoco era la ilusión de mi vida. Imagina lo que me dijeron

Un abrazo,

Marta C. dijo...

Buenísimo, Mos. Por un momento a mí también me has engañado con ese infierno idílico al que el pobre cubanito no se puede resistir. Un relato estupendo, Mos, inteligente, bien escrito y con ese final sorpresivo que te provoca la carcajada final. Te felicito. Volveré a leer más relatos tuyos. Besos.