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domingo, 29 de noviembre de 2009

SE LLAMA ZACARÍAS

Zacarías atisbó con interés el horizonte de aquel atardecer. El sol se ocultaba salpicando el cielo de tonos rojos, anaranjados y ocres sobre las aguas de un mar Egeo en calma. Los gastados ojos del septuagenario anciano se humedecieron contemplando tanta belleza depositada en los confines de aquella parte del mundo. Después miró una bandada de aves atravesando el cielo de norte a sur. Él, como las aves, sabía que el otoño estaba cerca. También el otoño de su vida; aunque estaba preparado para recibirlo y lo admitía con la más absoluta serenidad. En ese momento, lo único importante para él era recrearse; disfrutar, una vez más, con la estampa natural que ofrecía el ocaso desde aquella cala solitaria cerca de Seferihisar, al oeste de Turquía. Tenía enfrente la costa griega y multitud de islas que salpicaban esas aguas que, en otras épocas, fueron testigos de múltiples contiendas y que, ahora, invitaban al sosiego. Era el rincón del mundo que había elegido como final de trayecto.
Zacarías, recién cumplidos los cuarenta y tres años, abandonó Madrid y todo lo que le sustentaba hasta entonces. Tenía un buen trabajo como bibliotecario en un centro cultural de la capital. Vivía cómodamente instalado en un piso que ya había pagado, pero seguía buscando. Buscando algo que le llenara su vida fácil y sin sobresaltos. Quería vivir de primera mano lo que la televisión mostraba en la pantalla; lo que los libros explicaban entre sus páginas. Conocer el mundo y su realidad. Mezclarse entre las gentes y aprender. Aprender de sus costumbres y ser testigo de la autenticidad de sus vidas.
Así fue como juntó sus ahorros, vendió su piso y se preparó para descubrir nuevas tierras. Al fin se sentía libre: sin horarios, sin explicaciones, sin la rutina diaria y las conversaciones banales de sus compañeros e incluso de algunos de sus amigos, más preocupados en los resultados de la liga de fútbol y en la forma de ganar más dinero, que en buscarle un sentido a su existencia.
En aquel instante, oteando el horizonte, recordaba su primera etapa; cuando viajó por Portugal, por Francia, por Italia, por Occidente. Lo que todos conocían como mundo civilizado. Fue a principios de 1977. Después vino el norte de África desde Marruecos hasta Egipto; donde conoció a gentes hospitalarias, generosas y con otras formas de vida. Gentes habituadas a sobrevivir con escasez, pero sin perder la alegría. Allí, conviviendo en los países árabes, no pudo evitar pensar lo equivocada, tal vez manipulada, que tenían a la población española con las informaciones que daban y que no coincidía con la realidad que él percibía a diario.
Avanzaban los años. Zacarías sabía amoldarse a todo y vivir con austeridad. Para subsistir realmente se necesitaba muy poco. La sociedad del primer mundo derrochaba demasiado; estaba sustentada bajo los excesos y la opulencia. De espaldas al resto del mundo y sus carencias. Y él, como un miembro más de aquella región, se mantenía con lo indispensable para vivir. Aunque era consciente que había otra clase de alimento que reconfortaba su existencia y su alma: grandes porciones de libertad, aderezada de humanidad y comprensión hacia las personas de otras costumbres y creencias.
Mientras se ocultaba el sol por el otro extremo del Mediterráneo, en su cabeza se agolpaban cientos de anécdotas vividas. Recordaba el encuentro con Yaiza en El Cairo, el descubrimiento del verdadero amor con aquella mujer joven, de grandes ojos verdes y tez morena, de cabellera azabache y labios carnosos. Las largas conversaciones que mantuvo con ella sobre la forma de ver la vida; su inevitable despedida mientras él siguiera buscándose a sí mismo y quisiera ser un hombre errante, un viajero incansable. Acordarse de Yaiza y los días que pasó junto a ella hizo que, por un momento, Zacarías dudase del camino emprendido después. Olvidó ese capítulo vital evocando los tiempos en que convivió con los nómadas del desierto de Libia. Con ellos aprendió la dureza extrema del desierto, la camaradería necesaria, las rutas a seguir guiados por las estrellas; se impregnó, para siempre, de sus conocimientos y sus costumbres. Al igual que cuando aprendió el arte de la alfarería con su amigo Nashim en Túnez y vendían su barro trabajado en los puestos del mercado de Béja todos los miércoles del año. Entre esas gentes había descubierto la verdadera amistad y el saber desprenderse de lo propio para compartir con otro lo que hubiera; con generosidad. La misma generosidad que había encontrado con Qusaima y su familia de pescadores cuando le acogieron a su llegada a Turquía. Fue ella la que consiguió que dejara de seguir buscando en otros lugares y formara un modesto pero alegre hogar. Así fue como él se hizo pescador de sepias y gambas y se instaló en Seferihisar. Meses más tarde, nació su único hijo al que pusieron por nombre Mish´al, que significa faro. Y su llegada iluminó de dicha el modesto hogar de pescadores. Como los faros alumbran en la oscuridad el regreso de los marineros. Después ocurrió la tragedia: Su esposa Qusaima moría al segundo mes del parto a causa de una terrible infección uterina. Con la ayuda del resto de la familia, Mish´al fue creciendo. Fueron años difíciles, a veces amargos. Sólo el tesón de Zacarías y el amor a su hijo hizo que la adversidad no ganara la batalla una vez más: Padre e hijo permanecieron juntos, inseparables. El maduro pescador se encargó de educar lo mejor que supo al pequeño. Incluso le enseñó a hablar español; se les podía ver juntos leyendo “El Lazarillo de Tormes” o las “Rimas” de Bécquer, libros que le acompañaban, junto a otros, desde que abandonó Madrid.
Ahora, después de tantos años, hablaba perfectamente el árabe, su otra lengua; conocía la cultura de aquel pueblo tan denostado en los tiempos en que él era estudiante. Y, desde aquel rincón de la costa turca, tan sólo le quedaba esperar su final de viaje con serenidad.
Pronto el sol daría paso a una noche estrellada de finales de verano. Zacarías encendió su pipa y se recreó fumando; mirando los últimos tonos rojizos del día y el limpio firmamento salpicado de luceros incandescentes. Volvió a cuestionarse los misterios de la vida, el origen de todo, el poder de Dios, la conducta de los hombres, la edad de la Tierra, la grandeza de los mares y lo insignificante que era él en medio de todo aquello. Demasiadas preguntas que permanecían con él sin respuesta. Pensó que tal vez la felicidad consistía en eso, en hacerse preguntas que te mantuvieran vivo; sin esperar en encontrar todas las respuestas y seguir buscando la verdad de todos los misterios. Dios, Alá o cualquier otro ser superior podían servir de guía. Pero sólo uno mismo podía andar el camino. Las bocanadas de humo dibujaban graciosas volutas antes de desaparecer entre la tierra y el cielo.
Su hijo Mish´al se acercó hasta él para ayudarle en su camino de regreso a casa. Al verle, Zacarías dejó escapar una sonrisa y se agarró a su brazo. En el trayecto comentaron que los días eran ya más cortos y lo rápido que pasan los años. A pocos metros de la casa, una niña de unos seis años corría hacia ellos para estrecharse entre los brazos del anciano. Tras el efusivo encuentro la pequeña se atrevió a decir: “Abuelo, después de cenar quiero que me cuentes esas historias tan bonitas del rey moro de Granada y los jardines de la Alhambra”. De los ojos del anciano, suavemente, brotó una lágrima. El aire olía a jazmín y albahaca. El faro de Seferihisar iluminaba, como todas las noches, el regreso de los navegantes. Zacarías daba gracias por estar allí un día más.


© Ceferino Otálora. 10 de enero de 2008.
Foto tomada de Internet: http://www.eigualmc2.com

jueves, 19 de noviembre de 2009

MOS EN LA ORILLA

Estoy en la orilla. La orilla de mis relatos, de mis versos, de mis inquietudes.
Te invito a que vengas y pases un rato conmigo. Intentaré no defraudarte para que quieras volver. Ya sabes dónde encontrarme. Hasta pronto.
Mos.