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lunes, 14 de diciembre de 2009

SECRETOS

¿Qué tal estás Manuel?, dame un beso, ¿te acuerdas de mí? Tienes buen aspecto; no parece que te traten muy mal las monjitas de esta residencia. Sí hombre, haz memoria; soy Laura, la nieta de Amparo la del carbonero. Yo, a pesar de los años que hace que no nos vemos, no te he olvidado. Cada mañana, apenas despuntaba el día, pasabas por la casa de mi abuela para recogerme. Según entrabas por la puerta siempre decías gritando “a ver, ¿dónde está mi pequeña ayudanta?”. Al oírte, yo dejaba el tazón de leche a medias y salía corriendo a tu encuentro. Tú me cogías en vilo y me rodeabas con tus brazos. Después me mirabas guiñándome un ojo y, como si fuera un secreto entre los dos, me susurrabas al oído “vámonos, que seguro que hoy viene”. Claro, claro que te acuerdas. Mi abuela refunfuñaba por no terminarme la leche y tú le decías que tranquila, que llevabas comida de sobra para los dos. Luego cogía a Susi, mi muñeca de trapo, y caminábamos deprisa por la alameda hasta llegar a la estación. Tendría entonces algo más de cinco años. ¿Lo recuerdas?
Sí, s
oy Laura, tu ayudanta. Algunas veces era yo la que daba la salida a los trenes en Fresnedilla. Eran tres los convoyes que paraban en el pueblo. Me colocabas tu gorra y me dejabas soplar por el silbato. A los maquinistas y fogoneros les hacía gracia que una mocosa les diera la salida. Enseguida me quedé con sus nombres. Algunos me daban caramelos o chocolate, otros la calderilla de sus bolsillos; todos intentaban animarme por cada día que pasaba sin que volviera mi madre. Te preguntaban, ahora sé que era una pantomima, si había alguna novedad al respecto. Tú me mirabas y entre todos inventabais mil excusas para que yo no perdiera la esperanza. Con el último tren, ya de noche, me devolvías con mis abuelos. En el trayecto de vuelta te hacía toda clase de preguntas sobre su paradero. Montabas una historia diferente cada día para mí; totalmente creíble para una niña de cinco años que necesitaba a su madre y que no comprendía por qué ella no volvía. Luego, me distraías con historias aventureras donde siempre Susi y yo éramos las protagonistas. Tus historias, querido Manuel, me hacían reír y disipar toda la tristeza que alojaba en mi interior. Al llegar a casa, mi abuela volvía a refunfuñar por las horas a las que regresábamos. Mi abuelo, siempre cabizbajo, nunca decía nada; se limitaba a abrazarme entre lágrimas contenidas que tampoco entendía.
Llegó el otoño y el invierno. Y otro año más. Bajaba contigo a la estación día tras día. Los mismos maquinistas, los mismos trenes; idénticas esperanzas de encontrarla en cualquier momento sin ningún resultado. Recuerda Manuel. Fue Roberto, el fogonero, el que hizo aquel comentario. Mi madre trabajaba en un club de alterne de Madrid. Al parecer, tiempo atrás se quedó preñada de algún cliente y su chulo le obligó a abortar. “¡Qué tetas tiene y qué
bien se mueve la muy zorra!”, terminó diciendo entre risotadas. Tus puñetazos le hicieron callar al instante. Yo no comprendía nada pero por los golpes que recibió de ti, intuí que algo desagradable y molesto había soltado por su boca.
A raíz de aquel incidente evitaste, con decenas de excusas ridículas, que bajase contigo a la estación. Incluso hablaste con Remedios, la maestra, para que me acogiera en su clase y estuviera ocupada a partir de entonces. Mis abuelos y tú hicisteis un pacto de silencio y me ocultasteis lo mejor que supisteis toda la verdad.
No te lo vas a creer, pero durante mucho tiempo continué esperando a mamá. Cuando oía los pitidos de la locomotora y veía a lo lejos la estela de humo que dejaba a su paso, miraba hacia el camino de la alameda deseando que su silueta apareciera ante mis ojos. Imaginaba que nos fundiríamos las dos en un abrazo eterno. Tú sabes que ese momento nunca llegó.
Demasiados secretos en nuestras vidas Manuel. Mi abuela me confesó todo en su lecho de muerte. Estarás de acuerdo en que la verdad nos hace daño pero también nos libera. Ella me contó que mi madre siempre fue, digamos, una chica algo ligera y alocada; que tonte
aba con los mozos de media Fresnedilla y que tenía aires de grandeza. En uno de sus escarceos se quedó embarazada de mí y fue la comidilla de todo el pueblo. Por eso se marchó al poco de nacer yo dejándome con ellos. También me reveló que tú estabas perdidamente enamorado de ella; que le ofreciste casarse contigo y darme tus apellidos para evitar habladurías. Sé que, por supuesto, no aceptó; aunque después, cuando yo tenía tres años, regresó durante una temporada bastante larga en la que estuvisteis juntos hasta que volvió a marcharse. Eso debió ser después de mi quinto cumpleaños.
Y aquí
me tienes Manuel. Me ha costado encontrarte y no, no quiero perderte como a ella. Eres el único resquicio que me queda del pasado y te he buscado para que te vengas conmigo; para devolverte todo el cariño que tú me diste hace tanto tiempo. ¿Sabes una cosa?, paso de los cincuenta y aún sigo soltera. Tal vez mi subconsciente haya hecho que rechace a los hombres que se han cruzado en mi vida. Quizás tenga que ver el trato que le dieron todos a mamá. Todos menos tú. Dirás que soy una tonta pero todavía hoy, cuando entro en alguna estación, miro entre los trenes que llegan esperando que ella baje para darle un fuerte abrazo. ¡Eh, eh, fuera esas lágrimas Manuel!; lo importante es que a ti sí te he encontrado y tenemos mucho que contarnos. Tranquilo, aquí ya saben que te vienes a casa; no, no te muevas, quédate sentado que yo preparo el equipaje. ¡Qué cosas tienes!, ya no queda nadie conocido en Fresnedilla. Claro que podremos ir si tú quieres. Mejor en verano. ¡Qué va!, hace años que los trenes no paran y la estación se cae a trozos. Ahora vuelvo; voy a pedir un taxi en recepción.
Copyright: Ceferino Otálora (Mos). Diciembre 2009.

7 comentarios:

carlota dijo...

Jolín, Mos, me he emocionado. Preciosa historia. De esas que te hacen renovar la esperanza.
Un beso

TriniReina dijo...

Este podría ser el cuento de Navidad de muchos ancianos. Un ángel que los rescate del olvido.

Preciosa historia Mos.

Abrazos

Luisa dijo...

Muy buenea historia. Se te da bien la segunda persona. A través de los ojos de la "pequeña ayudanta" (no tan pequeña ya) vemos a los personajes. Nos presenta a un Manuel tan cálido y acojedor que dan ganas de rescatarlo del asilo. Es dura esta historia, pero con la esperanza necesaria para que el futuro de Manuel tenga algo de calidez. Él que tanto dio, recogerá ahora los merecidos frutos. Así debería ser para con nuestros mayores.

Un beso, Mos.

Resu dijo...

Es una buena lección de humanidad. Con demasiada frecuencia nos olvidamos de los nuestros, esos que en su día decidieron traernos al mundo. El que sienta añoranza al recordarlos que no le pase inadvertido este detalle.
Muy entrañable.
Besos miles hacia tu orilla

Narci dijo...

Preciosa historia y muy bien contada.
He disfrutado leyéndola.
Besos
Narci

mos dijo...

CARLOTA: Me alegro que te haya gustado esta historia. Creo que me salió una historia tierna y merecía ser colgada aquí. Gracias por pasarte por mi orilla.
TRINI REINA:No sé si llega a cuento de Navidad pero te agradezco que la hayas leido con interés. Tú vales mucho, Trini.
LUISA: Valoro mucho tu evaluación de esta historia que, para el que no lo sepa, fue el último ejercicio que hicimos en nuestro grupo.
Tú eres la experta y tu análisis hay que tenerlo muy en cuenta.Gracias, amiga.
RESU: Me salió un relato cargado de humanidad y muy ferroviario. Te agradezco tu comentario y tus críticas, siempre positivas, en clase. Sabes que entre unos y otros, podemos mejorar nuestros trabajos. Un abrazo, compi.
NARCI: Yo también disfruto en tu blog con lo que cuelgas. Eres una buena poetisa de los sentimientos. Gracias por visitarme. Pronto pasaré por tus blogs.
Un abrazo de Mos desde la orilla.

María dijo...

Me has hecho llorar, puñetero, te lo perdono porque últimamente uso rimel resistente al agua porque mis lágrimas se escapan con mucha facilidad, con demasiada, diría yo.

Eres buenísimo, un magnífico relato.

Besos